tribuna

Un mes para la gloria, el abismo … ¿o qué?

Un mes, menos algunas horas. Es lo que queda para la marcha a las urnas del 20 de diciembre. Mariano Rajoy, Pedro Sánchez, Albert Rivera, Pablo Iglesias y unos centenares de políticos se juegan su futuro profesional, vamos a llamarlo así. El resto de los españoles nos jugamos mucho más: el modelo territorial, social, económico, la estabilidad o inestabilidad en el rumbo político, el prestigio exterior -o no- de España, la modernización o el estancamiento del país. Nos jugamos -y se juegan- que nos sintamos incorporados a la vida política o seguir considerándonos ajenos a ella. Estamos al borde del comienzo de la campaña electoral oficial -la oficiosa comenzó hace ya mucho- y nos quedamos con la impresión de que precisamente esta campaña ha saltado, en lo que de mejor podría tener, por los aires.

Los desafíos secesionistas de Artur Mas y su cada vez más escuálida camarilla, por un lado; y, por otro, y en muy otro plano, por cierto, la inestabilidad mundial evidenciada de nuevo por los asesinos fanáticos islamistas, han hecho que las propuestas de los programas electorales, que vamos conociendo en una suerte de goteo, hayan quedado relegadas a un segundo grado de importancia. Tampoco es que las propuestas, en lo que vamos conociendo, sean como para tirar cohetes, esa es la verdad; pero seguramente pocas campañas para unas elecciones tan importantes como las del 20D han estado tan huérfanas de debate sobre cuestiones tan claves como la economía del futuro, la justicia del futuro, la sanidad y la educación del futuro, o sobre la Constitución que saldrá de una reforma inevitable en su articulado, como esta que ahora afrontamos.

Lo que no consigo interpretar es si esos acontecimientos que lastran el debate sobre otras cuestiones -el independentismo catalán, el nuevo statu quo de la seguridad global- van a frenar o más bien acelerar otros cambios en los campos antes enumerados. Tengo para mí que lo que está ocurriendo en Cataluña está produciendo unos efectos tan profundos en el cuerpo social español que tardaremos muchos meses en analizarlos a fondo; y lo que está cambiando en Europa a raíz del atentado del pasado día 13 en París también ha de tener efectos importantes sobre la legalidad y las libertades en el conjunto de la zona UE. Lo que ahora mismo ignoro es si alguno de los cuatro grandes candidatos que concurren a las elecciones legislativas del 20 de diciembre va a ser capaz de ofrecer al electorado, en estos veintinueve días, las propuestas adecuadas a cuanto está sucediendo y va a suceder.

Pero está claro que todos los campos, desde la economía a la justicia, desde la seguridad hasta la identidad territorial, desde los códigos penales hasta los civiles, están afectados por las grandes líneas de lo que sucede. Y no resulta extraña la pereza de los partidos a la hora de proponer soluciones programáticas, cuando ya ni siquiera estamos seguros de acertar cada día en los diagnósticos de lo que nos pasa. Mal, muy mal, momento para emprender una campaña electoral que abrirá una época de seguras mudanzas, reformas, regeneraciones, si usted así lo quiere.

Particularmente, a mí, hasta ahora, me conforta la prudencia con la que las formaciones políticas nacionales, y algunas nacionalistas (PNV), afrontan la incertidumbre de lo que viene: qué duda cabe de que esta virtud que, junto a otras varias carencias, le adorna, favorece las posibilidades electorales de Rajoy. Pero, obviamente, también me desconcierta la incapacidad que nuestros dirigentes, todos los dirigentes, empezando por Rajoy, muestran a la hora de plantar cara a lo que viene. Sea lo que fuere; yo no lo sé. Pero a ellos les pagamos y les votamos para que buceen en las tinieblas, evitando contradicciones, balbuceos, pasos en falso y nos ofrezcan seguridades que vayan más allá de garantizarnos que todo irá bien en el partido del año en el Santiago Bernabéu, pongamos por caso.