la entrevista

Pepe Dámaso: “La decisión más importante de mi vida fue quedarme en Canarias”

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Fotos ARCADIO / CANARIAS7

Pepe Dámaso no sabía que tenía 82 años -que cumple el 9 de diciembre- hasta que en junio le vio las orejas al lobo en la UCI del Hospital Doctor Negrín, en Gran Canaria. Rodeado del dolor de los enfermos hizo inventario y, salvo el temor de la salud, solo sintió la necesidad inherente de pintar que le acompaña desde hace casi 70 años. A solas, habló mucho consigo mismo y con los ausentes, con César Manrique, su amigo esencial, y con Dios, que creyó en él. Al cabo de esos días de penumbra, volvió a su casa luminosa de la calle Tauro de La Isleta, a subir y bajar la escalera de Jacob de su taller, donde el otro día el presidente Fernando Clavijo se agachó a atarle los cordones del zapato, para que no se cayera, y la foto corrió por las redes sociales y obtuvo premio en Fotonoviembre.

En esa casa transitada por amigos discurre esta entrevista, mientras le visita el alcalde de su pueblo natal, Agaete, el músico socialista Juan Ramón Martín.Una de las primeras cosas que ha hecho el Premio Canarias de Bellas Artes de 1996, tras ser dado de alta, es anunciar que dona a Canarias todo su balance artístico y la memoria documental de una vida frenética (miles de cuadros propios y ajenos, la correspondencia medular con Manrique y el archivo fotográfico de los viajes y estancias), a condición de que se instale en un museo archipielágico sin precedentes con ocho sedes, incluida La Graciosa. Un museo imaginativo a la altura de los sueños de Dámaso que el Gobierno canario ha acogido con entusiasmo. Carmensa de la Hoz, la gestora cultural que mejor conoce los lazos de César y Dámaso, llega con la noticia de que ya hay un sitio donde concentrar todo el oro para proceder a pesarlo, y se suma de observadora a este dialogo con el pintor que regresa del trasmundo del hospital.

Tiene cara de indio, pero no es indio, decía José Saramago, que lo apadrinó cuando hizo la exposición de Pessoa. Ese rostro ha cambiado mucho, se ha vuelto menos cetrino y más diáfano. Nunca perdió la buena cara en estos dos años de médicos. En la placita que Pepe Dámaso dedicó al poeta portugués, junto al Parque García Sanabria, de Santa Cruz, reproduce unos versos de Pessoa sobre la muerte, donde el poeta no muere.

-¿Hablaba con César Manrique en la paz del hospital?

“Le rezaba todas las noches. Me acordaba de él y de Pepi Gómez, su esposa, que murió de cáncer. Me acordaba de mis padres. Fue una reflexión religiosa con todos mis seres queridos, muy solidaria. Recordaba cuando a César lo operaron de las piedras del riñón. Pero no sentí que César me llamara todavía. En una carta que me ha dado Lázaro Santana, César escribe como si lo hiciera desde el futuro y yo estuviera en el pasado, conectado con la historia, y él viviera subido a la modernidad y yo fuera detrás. Creo que César desde el futuro sigue queriendo que yo siga aquí”.

-¿Tampoco sintió que Dios le señalara con el dedo de Agaete?

“Todavía no. No, no lo sentí. He estado en la boca de la muerte, claro, me iba y no me iba, pero no me fui”.

-¿Es cierto que ha diseñado su propio entierro?

“¿Por qué no? Yo le pregunté a Manrique: César, ¿tú quieres que te incineren?, y me dijo, ‘no’. Y él está enterrado en la humildad del cementerio de Haría. Él quería participar, aunque fuera con los gusanos, a que saliera una flor o una palmera en la tierra donde estuvieran sus restos. Decía que el crematorio no era ecológico. Y yo también pienso lo mismo. Yo ya tengo un ángel pergeñado, el ángel de mi tumba, para el día que me muera. No tiene alas, porque si las tiene igual se va, inicia el vuelo como un guirre, y me deja solo”.

-¿La notó cerca?

“¿A la muerte? Claro. Muy cerca. Yo no me preocupé de la muerte real nunca. Pinté mucho a la muerte. Pero era estética pura. No me había dado cuenta de ella hasta ahora, cuando me operaron y hubo complicaciones. Tengo cáncer, pero me lo quito de la cabeza, y he tenido dos infartos. Estoy saliendo. La muerte que espere. Solo tengo piropos para los médicos y enfermeras del Doctor Negrín, que pasan las 24 horas salvando a la gente. Como yo estaba lúcido, me di cuenta del dolor humano. Y de mi edad, de que tengo 82 años. Yo no lo sabía. Porque ha sido una especie de sacerdocio de trabajo dese las 9 de la mañana. Por eso tengo 7.000 obras. Sí, sentí la muerte cerca”.

-¿Y en qué pensaba?

“Me vino esa parte religiosa. Yo soy creyente. La serie que estaba haciendo cuando me llevaron a operarme era sobre el yoga, que no se ha expuesto. Me vino la espiritualidad, sí, la paz. Yo que tengo amigos ateos les he contado que comulgué y cómo brotó mi lado espiritual. He analizado las reacciones. Y ha habido mucho respeto por parte de ellos. Hay gente que se ha echado a llorar, me han dicho “Pepe, qué maravilla, la espiritualidad, la paz”. He querido hacer partícipe a la gente de que la espiritualidad es una ayuda. A mí me ayudó muchísimo. Tuve la sensación clara de que podía irme y la sensación clara de que no me iba a ir”.

-¿Qué es la muerte, Pepe?

“Yo le preguntaba a Manrique, y está escrito en las cartas, y él me hablaba del cosmos, de un ser creador. No íbamos a la iglesia, pero reflexionábamos sobre la espiritualidad”.

-¿Dónde estará Pepe Dámaso en el año 3000?

“¡En mi museo archipielágico! La pintura me llevó a ver lo no visto, lo irreal, el paraíso. Yo soy bastante insensato sobre la muerte, porque soy pura vitalidad”.

-César comparaba la muerte con la anestesia.

“Sí, decía que esa vez se quedó en la nada. Cuando lo operaron en Madrid. Y que era como resucitar. Me lo contó por escrito. Y cuando lo intervinieron de la retina me pintó un ojo precioso y me contó la experiencia que suponía para un artista no ver”.

-Su museo interinsular es un reto macropolítico.

“Lo interesante es lo archipielágico. Hemos visto que no hay en el mundo un museo en ocho islas como el que deseo para mi obra. Es un legado de unión. Estamos en ello. Estoy sorprendido de cómo lo han tomado. Han superado las expectativas de Pepe Dámaso, que ya es decir, quizá porque estoy debilucho. Sí, es un reto. Lo primero va a ser catalogar la obra, para que el pueblo canario y el Gobierno sepan qué es lo que yo dono”.

-¿Prefirió guardar a vender obra?

“Por eso no tengo dinero. Yo aguanté todo lo que pude, porque no necesitaba para vivir, estando con Manrique y siendo solo, un celibataire. Una de las cosas que yo diría a la gente de hoy es que no necesitamos tanto para vivir, sino ser más justos, más sociales. De lo mío para el otro y del otro para el otro”.

-¿No pudo ahorrar?

“Yo nunca supe las perras que tenía. He sido un desastre para los bancos y todo ese mundo. Tampoco he sido un bobo, he tenido unas perritas para poder ir sacando. Y era un hombre solo. Cuando veo a un joven que quiere crear y está casado y tiene que quitar la cama para pintar apenas los domingos, digo: qué maravilla, estoy a su lado, me conmuevo. Yo tuve la suerte de tener a mi gran maestro y genio que era Manrique, que me dijo, “Pepe, lo primero es la casa, el taller”. Él tenía en Madrid la gran casa del artista, para trabajar, recibir y promocionarse. Yo tenía alquilado un taller y vivía en una casa chiquitita, y dije un día, coño, lo que necesito es un estudio personal, como dice César. A mi vecina Nena, de la Isleta, le debo que me sugirió esta. La vi y al día siguiente ya era mía”.

-¿Cómo ve a Canarias?

“Tocas mi punto débil. Yo a Canarias la veo siempre tan bien… Y en eso soy partidista. Me viene de Néstor y de Manrique el concepto de la tropicalidad. Creo que los canarios somos una excepcionalidad. Dicho sin triunfalismo, y si es triunfalismo no importa, es verdad. Yo creo que Canarias tiene ese lujo de nuestro clima y de la belleza de nuestro mar. Por eso me quedé aquí que fue la decisión más importante de mi vida. Durísima, puesto que yo podía haber vivido en Nueva York con Manrique, o en Madrid o en China. Pero yo no me podía sustraer del recuerdo de la infancia en la escuela, salía corriendo por la carretera de las Nieves desvistiéndome por el camino para tirarme al mar”.

-¿De haberse ido, habría elegido Pekín o el Nueva York de los rabiosos años 60?

“Los chinos son fríos. Tengo una chinita ahijada de cinco años, bisnieta de Francisco Navarro Artiles. Entre China y Nueva York hubiera preferido Nueva York, que conocí con César en la época de las fiestas de Andy Warhol”.

-¿Cómo era el mito del pop art en la corta distancia?

“El desaborío de Warhol, que terminé diciendo cómo un gilipollas como este es capaz de ser tan genial y acertado con el síntoma de la contemporaneidad. Me dio la mano como un fantasma, mirando para otro lado. Hubo una fiesta muy interesante, cuando él hizo la portada del disco de Rolling Stones con un plátano, en un gimnasio, en la época del cinemascope, con escenas en un empaquetado con una chica desnuda saltando. Allí estaba el todo Nueva York. Warhol tenía gusto y gancho. Gustándote o no, no cabe duda de que era el paradigma de la modernidad. Íbamos en el metro y vi a dos mariquitas con guantes de cabritilla, y le dije, César, verás que van a donde vamos nosotros. Y, en efecto, después los vi allí. Sí, Warhol era un desaborío, enfermizo, paliducho, no se cuidaba”.

-Lo llamaban el lunar blanco, y protegía al malogrado Basquiat, el joven artista afro como usted.

“Sí, yo siempre vi lo africano. Lo que tiene Basquiat es la autenticidad. Warhol lo ayudó mucho, como a mí me ayudó César Manrique. Mi vida está unida a César, como Basquiat a Warhol”.

-César era su corresponsal’en Nueva York.

“Sí, escribía unas cartas larguísimas, hasta de 12 páginas por delante y por detrás, que ni he podido leer yo mismo en su totalidad. Se aburría en Nueva York. Me contaba todo lo que hacía”.

-¿Usted era intelectual y él era intuitivo?

“Como buen genio, no le hacía falta. Llegábamos a Nueva York y yo sabía qué compañía estaba poniendo un Edipo, y César, encantado, decía, ‘para eso tengo a Pepe”.

-¿Qué hubiera sucedido de no haber salido de Agaete?

“Fue la otra decisión clave en mi vida, irme de Agaete, donde dejé a mis padres, yo era hijo único. Me fui a hacer la mili con un amigo que estudiaba ingeniería, a Madrid, a Cuatro Vientos, en Aviación. Un día me dijeron, hay un capitán de La Laguna. Fui y le dije, mi capitán, soy canario y artista; tengo muchas guardias, me tiene que ayudar. Y me puso de crono para el control de los aviones”.

-¿A qué edad empezó a pintar?

“Creo que a los 14 años. Cantaba, recitaba…, no estaba artísticamente definido. Yo soy artista nato. En mi familia no había antecedentes. No lo he dicho nunca, pero esa vena artística me venía de Agaete, que es un pueblo mágico con instinto cultural, con una tradición de cantantes, el tríptico flamenco, La Rama, el padre Teide enfrente, coño, es que si ante todo eso no soy artista, no sé qué voy a hacer. Mi padre tenía una pensión y Miró Mainoula recomendó en Moya, en La Fonda, a donde iban los pintores, porque allí no había mar. Un día entró Manuel García Panadero, que quería pintar marinas, yo dije, huy, esto es lo mío. ‘Usted me deja que le lleve la caja’, le dije. Hicimos una buena amistad y empecé a copiarlo. Luego vino un periodista, Eduardo Carque Gil, de Diario de Las Palmas, y me ofreció exponer en Las Palmas. Fue otra suerte de esas mías. Metí los cuadros en el coche, en el asiento de atrás y así empecé. Se vendió todo. Luis Doreste Silva, que era amigo de Néstor y fue secretario de Fernando León y Castillo cuando era embajador en París, escribió un artículo, La pintura sorprendente de Pepe Dámaso, en 1951 o 1952. Luego pasó otra cosa clave que es importante decirla. Cuando vi unos dibujos de Juan Ismael y descubrí con sorpresa que había una manera de interpretar el paisaje distinta a la que yo copiaba del otro pintor. Ahí empezó mi modernidad. Y ahora me copian a mí”.

-¿Ah, sí?

“El otro día me dijeron, vi un cuadro tuyo, el Dedo de Dios. Y dije, ¿cómo está hecho? Al óleo. Bien. Pedí más detalles. Me dijeron, el Dedo de Dios con gaviotas. Yo no he pintado el Dedo de Dios con gaviotas. Ya me falsifican”.

-Hace diez años que el Delta tiró el Dedo. La profecía cumplida del Roque Partido.

“Ese era su nombre originario. Cuando el Delta tiró el Dedo en 2005 escribí un artículo, Si lloran las piedras. Me eché a llorar aquella vez. Estaba en Tenerife y todo el mundo gritaba en el avión porque despegó en medio del temporal. Yo tengo una idea que nunca dije, cuando una comisión de expertos desaconsejó recuperar el Dedo: una intervención como hizo Chillida con el Peine del Viento en San Sebastián. Tengo los dibujos hechos, y no lo voy a decir para que no me la copien, pero se puede, en honor a Fray Lesco, que fue quien lo bautizó el Dedo de Dios”.

-¿Pepe, usted se siente querido en toda Canarias?

“Yo estoy vivo por lo que me ha querido la gente. No me hagas emocionarme. El marido de Carmensa, Aureliano Yanes, dice que une el mar. Yo creo que une el amor. El amor natural que siento por Canarias y que Canarias siente por mí, que me ve como un miembro más de la familia”.

-¿Y el sentimiento es recíproco?

“Sí, yo las quiero a todas igual. Lo que pasa es que las pequeñas me pueden más. Y cuando voy a Fitur, se me arranca el alma y voy al mostrador de El Hierro, que ahora tiene ese volcán maravilloso bajo los pies”.

-La isla que se abre paso.

“A mí me impresiona. Somos volcánicos. No pude ir en su día al de La Palma. Fue César. César era un volcán. Me acuerdo que le pregunté, que fue lo que más te impresionó, y me dijo, ‘el jadeo, como de un animal bíblico, del volcán’. Pero lo que a mí me impresiona, y lo reflejo en mi pintura, es el Teneguía sobre el mar, el terreno ganado, esa tierra que el mar echa, y salen unas plataneras con unos verdes maravillosos. Ahora, en el Hotel Santa Catalina, que celebra el 125 aniversario, el Ayuntamiento quiere rescatar un mural mío del 97, Vida, pasión y muerte de una palmera. Son cuatro estaciones, y en la primavera están esos verdes de tierra ganada al mar”.

-Cosa que no tiene Nueva York.

“Esta es la razón por la que me quedé, porque el contexto dice quién soy. Yo estaría en Nueva York y sería como Basquiat o como Warhol. He sido un moderno como ellos. Como Óscar Domínguez hizo Cueva de guanches, que vi el otro día en la Fundación de Cristino de Vera. O como Néstor hizo el Poema del Mar. Y Manrique con la materia hizo de su mundo natural toda una obra. Yo creo eso, que nuestro patrimonio está en las medianías, en la orilla del mar y en San Borondón”.

-¡Que hermosa exposición hizo de la isla encantada, con filodendros, flores rosas y azules!

“Una isla inventada por los canarios. Sabas Martín, que sabe muchísimo de San Borondón, casi se ha atrevido a decir en una conferencia que la ha visto. Creo que es de mis exposiciones mejor pintadas. Carmenza de la Hoz fue la comisaria. La hice para llevarla a todas las islas. Es el antecedente de lo que sería el museo”.

-En ese catálogo Manrique habla de la muerte damasiana, que no es “morbosa”, sino surrealista.

“Comenzó con la Carcajada blanca que hice a la muerte de Óscar Domínguez por encargo de Maud Westerdahl. La película de Lucas Fernández es una obra singular que irá ganando con el tiempo, como me pasó con La Umbría. Yo me enteré de la muerte de Óscar en Agaete y me afectó mucho. Paco Nieva, el dramaturgo, me dijo que vio la luz que dejó encendida Óscar en su casa de París la última noche de aquel 31 de diciembre de 1957. Se cortó las venas y, como buen surrealista, la sangre traspasó por el plafón a la habitación de abajo. Jesús Hernández Perera, gran orotavense, dijo en el texto de la muestra que, de todos los pintores, el que había estado cerca del mundo de Óscar había sido Dámaso con sus calaveras. Perera comprendió que yo pinté a la muerte, que se abrió paso en mi obra. Fue cuando ya hice los grandes cráneos, expuse en Madrid y di un salto. He pintado una muerte panteísta y tropical, ese ha sido su atractivo, y así lo vio Westerdahl”.

-Hace ahora medio siglo usted participó en una exposición histórica en África.

“El primer Festival Mundial de las Artes Negras de Dakar, que ahora hemos recordado en Casa África, con una antológica mía sobre el continente, fue un hito en mi vida. Yo era el único pintor de este país presente en esa gran exposición. Me gustaría llevarla al Cabrera Pinto, de La Laguna. Yo fui el primero que creyó en África, pero Canarias le dio la espalda, siendo nuestra tricontinentalidad un hecho innegable. Es uno de los fracasos del CAAM. En aquella ocasión, Haile Selassie, el legendario emperador de Etiopía, que era chiquitito y llevaba unos zapatos muy grandes, venía por el pasillo el día de la inauguración, junto con el presidente de Senegal, el poeta Léopold Sédar Senghor, y le dije a mi amiga, la coreógrafa Ángela Plá, con la que había hecho el viaje, que era rubia y llamativa: ‘Ángela, que se le fueron los ojos por ti’. Fue una travesía inolvidable. Mi amiga tenía un amante que era el capitán del barco. Yo tenía 33 años. Viajamos en tercera. Recuerdo que me fui a duchar y un negro dejó un amuleto de metal maravilloso, que guardé con temor, pero me dio mucha suerte”.

-Los talismanes son una constante en su vida.

“Sí, sí. Mi vida está siempre pende de un hilo que es el azar, la suerte, el hallazgo. Siempre he ido por ahí buscando caminos. He sido un personaje raro en la cultura de Canarias. No fui de ninguna generación. Me quedé solo, y eso me benefició. Inventé mi mundo”.

-Incluyó la negritud.

“Casa África proyectó la otra noche Orfeo negro, de Marcel Camus, tras la clausura de mi muestra, y me transporté a Senegal, cuando conocí a Senghor y a Aimé Césaire, los poetas de la negritud. La actriz protagonista, la bellísima Marpessa Down, vino aquella vez a la Embajada de España en Dakar, donde colgué mis Trípticos de la Crucifixión Negra. Es la exposición de arte negro más importante de la historia. Alquilaron barcos, porque no había hoteles. Picasso donó cuadros, que se rifaron para sufragar gastos. César me mandaba fotos de los periódicos con la repercusión que tuvo, sintiendo no estar allí en una ocasión única. 34 años más tarde, en 2000, volví invitado al país, a la bienal de Dakar, y la embajada me ofreció exponer en la fortaleza de Gorée, la isla de la esclavitud. El ministro de Cultura Mamadou Diop se emocionó al ver de nuevo mis trípticos, porque él había estado en aquel festival mítico de cultura negra en el 66”.

-¿Qué es la cultura?

“Es la vida”.

-¿Qué significó para usted César Manrique?

“Un todo necesario. Aun no pareciéndonos en nada, formábamos un conjunto astral y humano”.

-¿Cómo no preguntarle por la identidad, su tema matriz?

“Ha sido una necesidad vital. Todo lo que he contado en esta entrevista acerca del mar lo es. Yo tuve conciencia pronto de Tomás Morales, ‘el mar es como un viejo camarada de infancia,/a quien estoy unido con un salvaje amor,/yo respiré de niño su salobre fragancia/y aún llevo en mis oídos su bárbaro fragor”.

-¿Cómo ve el futuro de su tierra?

“Veo el sentimiento que hay de cambio con alegría. Yo cambio constantemente sin dejar de ser yo. A mi tierra le va a ir bien”.

-El presidente le ató el zapato.

“Me hizo gracia su gesto fantástico y que hayan premiado en el TEA al fotógrafo, que lo quisiera conocer. Lo vi humilde, igual cambia, pero lo veo dialogante y que escucha. Me causó una buena impresión. Es lagunero, de las medianías, zorrocloco. Agradezco todas las visitas, la del alcalde de mi pueblo, Juan Ramón Martín; el presidente del Cabildo de Gran Canaria, mi amigo Antonio Morales; el alcalde de Santa Cruz de Tenerife, José Manuel Bermúdez, que me ofreció hacer el cartel del Carnaval de 2017; Encarna Sánchez, del Ayuntamiento de las Palmas, que me trajo dibujos, y muchos otros. Les debo parte de mi curación. Porque necesito pintar. Una de las cosas que pensaba en la UCI es cómo voy a hacer para pintar”.

-Tiene una agenda apretada, me han dicho.

“El 23 expongo en Mallorca obras sobre Ramón Llull, el filósofo y científico del que se cumple el 700 aniversario de su muerte. Han aparecido en Betancuria unos códices originales de Llull, y los van a prestar para este acercamiento con Mallorca que promueve mi galerista Joan Guaita. Ramón Llull fue un gran personaje, fue capaz de comprar un esclavo para aprender árabe. Viajó por todo el mudo, lo recibieron los papas, y entró en una iglesia en un caballo detrás de una mujer. La exposición va a ser en una iglesia”.

-Usted siempre me ha dicho que su homosexualidad no es traumática. Ahora le ha contado a Marisol Ayala que hizo el amor con una mujer.

“No olvido la mirada de aquella mujer cuando funcioné y vio que servía para eso. Yo estoy en el cosmos, y me como un caqui todos los días y me comería dos”.

-¿Cómo era Pepito el de Elvira?

“Yo era un niño como hoy. Mi madre me tenía muy bien vestido. Ese refinamiento mariquita me viene de cómo me tenían encantado. Tuve una infancia fantástica. Mi padre no quería que pintara, era vulgar en ese sentido. Sin embargo, se emocionó cuando pinté mi primer mural y me pagaron. Mi madre era adorable, como todas las madres. Vivió sesenta y pocos años. Ahora la gente vive más. Lo que dices tú, estaremos en alguna parte en el 3000. Yo estaré comiendo caqui en Marte y pintando, en un viaje sin retorno! Me apunto. ¡Que divino sería!”.

-Ya lo dice Stephen Hawking, que nos mudaremos a otro planeta.

“Lo vi en las fotos como un turista más en Lanzarote. César habría sido el hombre más feliz del mundo encontrándose con Hawking y pudiendo hablar con él”.

-¿Se llevará algún secreto a la tumba?

“No, yo no tengo nada oculto. He vivido y quiero morir en Canarias. Nada más”.

“¿TE HA ESCRITO MANRIQUE?”

Dámaso y Manrique, dos canarios desinhibidos, le han llevado la contraria a la etiqueta de esta tierra introvertida y no han tenido nada de aplatanados, salvo estéticamente, como Warhol. Son iconos de un siglo en las Islas, aunque la mayoría de sus paisanos no se les parezcan en vehemencia ni en locuacidad. Como en Lorca y Dalí, hay encuentros en el mundo del arte que impactan en una sociedad determinada. Fundaron una extraña generación de dos, de enorme trascendencia social hasta nuestros días. Se respetaban y admiraban mutuamente, no competían estando en el mismo negociado, dos artistas con las vanidades sin desenfundar. Y desde que se conocieron, en los años 50, en Madrid, necesitaron saber el uno del otro hasta que la muerte de César los separó abruptamente en septiembre de 1992. “Mi madre, cuando me veía triste, me decía: “¿Te ha escrito Manrique?”. Ella tenía conciencia de que era mi refugio. En las 800 cartas del legado de Dámaso a la comunidad autónoma figura su densa relación epistolar con el artista conejero. César le tenía al tanto de Nueva York; en la resma de cuartillas por las dos caras de esa correspondencia hay palabras de cariño, “querido Pepe, dos letras nada más para que no creas que me olvido fácilmente de ti”. Fue una amistad predestinada, que convocó a Pepe Dámaso por azar en el pasillo de una pensión de Madrid, donde dormía en una cama ocasional cuando hacía la mili en Cuatro Vientos. Alguien le pasó una radio a galena y hablaba Julio Trenas en RNE. “Mi sorpresa fue que, de pronto, anuncia una exposición de César Manrique en la galería Clan de Madrid”. Dámaso tenía 21 años y había visto a César pintando en shorts los murales del Parador de Arrecife, en una revista turística, y se dijo: “Yo quiero conocer a ese hombre”. Pepe entró decidido en la galería de arte y se dirigió a él: “César, he venido a conocerte y ser tu amigo”, le dijo ese día de hace 60 años. Manrique contó siempre como un fogonazo aquella aparición de Dámaso, que no parecía un canario cohibido, sino otro volcán como él: “Este es de los míos”, pensó, y más tarde se referiría a la “analogía mental” de ambos. En aquella ocasión se marcharon juntos a caminar, bajo el hechizo del encuentro, hasta Rufino Blanco, donde vivía Manrique. Dámaso recuerda allí un mural de César de camellos en celo soltando espumarajos por la boca, que ha desaparecido. “Me sinceré ante él y César me dijo, ‘Pepe, serás amigo mío para toda la vida’.

No hubo sexo entre los dos, lo debo subrayar, y pienso que de estar alguien enamorado, quizá era Manrique más que yo. Fue un amor platónico”. Un día, acostados en la misma cama, se dijeron: “¡Si la gente nos viera!”. De la sinapsis que los amarró hasta la muerte de César, quiere ahora Andrés Santana hacer una película documental, que empezará a cobrar cuerpo este mes. César y Dámaso, dos revólveres sin silenciador, tejieron una red devocional entre las islas que se pusieron de acuerdo para quererles por encima del bien y del mal. En los años disidentes del franquismo, un policía dijo que El Almacén -una factoría de vanguardias que ambos abrieron en Arrecife de Lanzarote- era un antro de “putas y maricones”. “Un día, lo trinqué en un cóctel, fui derecho a él como una fiera y se lo eché en cara. Estaba jubilado y se me arrugó”. Ahora, el consejero de Cultura del Cabildo de la Isla ha visitado a Pepe con el proyecto de reabrir El Almacén, el templo’cultural de los años prohibidos. Ese mérito transgresor no se debería olvidar en la feliz legalidad de hoy. La primera vez que Dámaso llevó a César a su belvedere, Agaete, lo vistió con una camisa de colores y un sombrero, y él se sintió en la gloria: “¡Pero si esto es lo que yo soñaba!”. Vivía entonces en Madrid. Los dos tenían la misma “majadería” del amor a ciegas a Canarias, y Pepe lucía un bigote galo a lo vercingétorix, en la descripción de Saramago. En la playa de las Conchas de La Graciosa, meditan desnudos sentados en la arena. En la foto se dan la espalda, cosa que nunca se hicieron en la vida. Siempre estaban juntos, pero hace casi un cuarto de siglo, César murió, y Pepe Dámaso se quedó solo. “Debes casarte, estás solo”, le había dicho mucho antes Eduardo Westerdahl. Solo como una isla tras la pérdida de César, y como el Teide que veía de niño desde Agaete y que pintó con un cometa para sobrevolarlo. Estos últimos meses se ha acercado a la orilla, como en el sueño surrealista que le contó Pérez Minik: “El surrealismo”, le dijo el crítico de Gaceta de Arte,”surge cuando el canario va a la orilla del mar y quiere seguir caminando y al no poder continuar, se vuelve hacia sí mismo, hacia la mismidad, y surge el sueño. Ese sueño es el surrealismo”. Con ese marbete en la espalda, Dámaso dio media vuelta, y se ha puesto a pintar y del mismo modo se ha puesto a vivir. “¡Déjala que espere!”, le dice guiñando al azar.