superconfidencial

El pesado de avión

1. De entre las subespecies de personajes que pululan por esos mundos es de mucho temer el pesado de avión. Individuo plomo inmisericorde que se sienta a tu lado y te coloca un tremebundo rollo, impidiéndote la lectura de los periódicos, la serena reflexión en el cielo, la charla distendida con la azafata ociosa, la visión de una película en el ordenador o la ocasional escritura de un artículo en una improbable ráfaga de inspiración. El pesado aéreo puede ser un individuo con mal aliento y entonces se produce un valor añadido al infortunio, ya que al rollo macabeo hay que unir la terrible halitosis -si es de sobaco sería alitosis, de ala-, que te deja turulato para los restos del viaje. En Venezuela, el cerco sobaquero recibe el nombre de violín, no me pregunten por qué. Yo he sufrido ambos ataques químicos, por boca y por ala, y les aseguro que son de lo más desagradables.

2. El pesado de avión sabe que no tienes escapatoria, una vez que se cierran las puertas de la aeronave. Y creo ver en sus ojos una expresión de satisfacción porque es consciente de que te ha atrapado, de que no puedes huir. Te considera, en suma, su presa. Nunca había escrito sobre este personaje, a pesar de, ya digo, haberlo sufrido en algunas ocasiones con una mortificación infinita. Qué decir si la fila de asientos es de tres y te toca en el del centro, sin poder escaparte al retrete ni por la izquierda ni por la derecha. Te entra un sudor frío insufrible mientras el tipo mueve el alerón, te lanza el efluvio bucal y te coloca el discurso infame sobre un tema estúpido que no te interesa un carajo. Si es de la escuela clásica, al tiempo que habla te da golpecitos con el codo en el costado, como buscando complicidad.

3. Cuando las ruedas del avión tocan la pista sientes una especie de liberación, pero el otro, erre que erre, acelera la conversación para que no se le quede nada en el buche. Estás verde de la peste que exhala el personaje, pero te queda la esperanza de la apertura de puertas, que parece tardar una eternidad. Cuando llegas al edificio terminal, corres y rezas para que el tipo no haya facturado una maleta, porque tú sí lo has hecho. Sólo te ves salvado cuando te despatarras en el taxi, respirando con dificultad.