nombre y apellido

Proyecto Hombre

Después de un cuarto de siglo, esta iniciativa justa y solidaria que da los mejores timbres y créditos a las diocésis isleñas, tiene y luce la sana personalización del nombre y apellido, y la vinculación visual a un hombre enteco, inteligente y voluntarioso, trapero del tiempo -en la popular definición del doctor Marañón y en cuanto cumple cabalmente con sus numerosas responsabilidades sociales y pastorales- que siembra y cosecha amistades con su cordialidad y optimismo, con la vocación de servicio y la bonhomía que trasunta en todas sus actuaciones. Carlos Cabrera, en nombre del Partido Popular, con el asentimiento entusiasta de las fuerzas políticas con presencia en el gobierno insular, presentó la moción que dio luz verde a los expedientes para la concesión de la Medalla de Oro al benéfico proyecto y el título de Hijo Predilecto de La Palma a su fundador, el clérigo fuencalentero Antonio Hernández Hernández.

Del mismo modo que hemos denunciado olvidos lamentables, saludamos un acuerdo que hace justicia, en hora y forma, a un paisano preocupado durante toda su vida “por remediar y aliviar la pobreza y la desigualdad” y comprometido en cuerpo y alma en la lucha contra las dependencias que tuvieron, y tienen, en el Archipiélago Canario cotas alarmantes pero, también, y gracias a la Fundación Cesica, éxitos notables en su lucha. Nos alegra también que sea el Cabildo palmero la institución más madrugadora en el reconocimiento del trabajo abnegado y bien hecho por profesionales de magra y aún escasa remuneración, y por el voluntariado que, en tantos y tan variados frentes, nos devuelve la confianza en la condición humana; y que, además, premie la ilusión y el desvelo, la ética y la eficiencia del sacerdote que asumió con decisión un difícil cometido y, durante veinticinco años, de puerta en puerta y de institución en institución, lo cumplió con tanto rigor técnico como vocación integradora. Como cuantos escribo, este artículo tiene incuestionable signo de parte, pero su argumento se ampara en una circunstancia gozosa porque en la fundación y en el hombre que la dirige concurren la voluntad de justicia social -que debe alentar en los poderes públicos y las personas- y la ejemplaridad evangélica que edifica los creyentes.