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Rouget de l’Isle

En la última semana se atacó a la democracia y la cultura y, bajo el traicionado nombre de Alá, se manchó con la sangre de ciento veintinueve ciudadanos que vieron roto su viernes de asueto. Con burdas excusas de deudas y errores viejos y la provocada pulsión del crimen -degeneración que sólo alcanza a los humanos- las hordas de Isis lograron su propósito que incluyó, junto al duelo y el miedo, la rauda reacción militar, la acción policial y el debate sobre la concertación internacional para acabar con un cruel enemigo capaz de todas las atrocidades.

La secuencia terrorista tuvo respuestas solidarias y una sintonía que, eco de valores civiles, jamás sonó con más necesidad y emoción. Poco después de la matanza y, de modo espontáneo, La Marsellesa sonó con la multitud que, sin saber la medida de lo ocurrido, abandonaba el estadio de Saint Denis; y con acongojante brillantez por el coro y orquesta de la Opera de Nueva York, con la batuta de Plácido Domingo; en recintos y calles, en Wembley y Versalles, en la primera sesión conjunta de las cámaras tras la II Guerra Mundial. Jamás soñó el modesto capitán y compositor Claude-Joseph Rouget de l’Isle (1760-1836) que la marcha estrenada para “los forzados marselleses” en julio de 1792, amenizara la caída del Antiguo Régimen y la proclamación de las libertades y derechos de la Revolución y, sólo proscrita durante el Imperio y en la Francia de Vichy, llegara hasta hoy con tanta vitalidad y predicamento.

Nativo de la comuna de Lons-le-Saunier, en el departamento del Jura, no hizo carrera ni en la milicia ni en el arte y tras su retirada del servicio vivió sólo con la pensión adscrita a la Legión de Honor. En 1915, durante la Gran Guerra y en un acto de exaltación patriótica, sus restos se trasladaron desde Choisy-le-Roi -en las afueras de París, donde los vecinos enseñan su sepulcro vacío y la estatua erigida en su honor- hasta Los Inválidos, donde convive curiosamente con su censor Napoleón Bonaparte.

En las secuelas de la masacre, cuando al dolor terrible y al miedo consecuente le cuelgan ciertas diferencias y matices por meros intereses políticos, oigo las duras estrofas del himno nacional en la voz de Edith Piaff durante la Resistencia -letras que destacados literatos no lograron reformar- y recuerdo que, al igual que contra el nazismo, la razón y la justicia imponen hoy la lucha sin tregua y sin fisuras contra la ferocidad sin excusa, contra la incultura atávica de un terrorismo que no entiende ni admite la felicidad la aspiración que nos redime en la tierra.