Ahora en serio

A salvo

Resulta que una se cree joven y a salvo. Mira a la gente con la que se relaciona y la encuentra sana, activa y vital. Ve a sus padres con ganas de llegar a la jubilación para dedicarse, con un poco de suerte, al dolce far niente. Se mueve en un rincón pequeño del mundo en el que ahora no hay guerra y las cosas se pueden tener con relativa facilidad. Un lugar en el que una deja propinas por las que en otro lado matarían para poder comer. En el que no hace mucho frío en invierno, ni mucho calor en verano. Así que una se cree afortunada y a salvo. Pudo estudiar. Tiene un trabajo; incluso, a veces, dos, y le pagan por ello. Sus compañeros la respetan. No es demasiado guapa, ni demasiado alta y sabe disimular todas las cosas que sabe, así que no está expuesta a la envidia de quienes se sienten amenazados por todo. O sea que una escribe y cree que con ello está a salvo. Insiste en seguir volcando, casi a diario, lo que le pasa por la cabeza en columnas, en servilletas, en memorandos, en discursos, en cajas de pastillas para conciliar el sueño. A veces, hasta se lo publican. Otras, amontona letras en el cajón de la ropa interior, como para hacerlas más íntimas e inaccesibles. Una respira y cree que está a salvo. Hasta que un día se levanta raro el otoño y el padre se le pone malo, malo no, muy malo, que malo ya estaba desde hace mucho, y empieza a tambalearse todo lo que estaba sujeto aunque fuese con hilo muy fino, que se rompe. Y empieza a levantarse un viento espeso y se lleva al padre por delante, sus ojos azules, su amor, sus poemas, sus ganas de dedicarse al dolce far niente. Y una hace de tripas corazón, se levanta, sigue caminando, trabajando, escribiendo, sonriendo y cree que está a salvo. Hasta que en otro golpe maldito de viento de ese otoño, inmisericorde, sí, desgraciado, se marcha un amigo que se estaba yendo, pero una no quería saberlo, no quería darse cuenta porque los amigos, como los padres, no pueden irse tan pronto.

Los amigos a los que una encontró en esa edad en la que ya no se hacen amigos, tienen que estar siempre cerca, para que una no piense que el tiempo aquel en el que no se conocían, es tiempo perdido. Los amigos, si una los quiere, pertenecen a una y no se van así. Se quedan, porque hay que seguir hablando y bebiendo y riendo y conociéndose, que nunca termina una de conocerse sino a través de los ojos de los amigos. Pero se cierran esos otros ojos azules y entonces una, que se creía joven y afortunada y fuerte y a salvo se da cuenta de que todo lo que la rodea es de cristal finito, de ese tan frágil de las copas que había en casa de abuela y que nadie podía tocar, ni siquiera rozar con los dedos. De ese con el que un día se cortó un dedo y aquello no paraba de sangrar, como advirtiendo a una de lo que pasa cuando se hace lo que no se debe. Y una no sabe ya qué hacer, ni sabe si cuando llora, de noche, para que no se entere nadie, ni una misma, llora por el padre o por el amigo, o por su familia, o por todo junto. O porque cuando una se sabe querida y la gente que la quiere empieza a irse, se da cuenta, por fin, de que no es tan joven, ni tan afortunada, ni respira. Ni siquiera está a salvo.
A José Luis Reina.

@anamartincoello