el charco hondo

Selfie

De oficio -por defecto- hay quienes ven en la soledad un fracaso o penitencia, desechando que sea -como a veces ocurre- una opción cargada de fortaleza. La desvalorización del otro, como apuntan algunos psicólogos, puede incrementar el bienestar. Aceptado. Nada que objetar. Se comparte. Pero, ojo. A veces la soledad condena a experiencias puntuales -o reiteradas- que tienen en el palo selfie su ejemplo más canalla a la par que triste. El uso del palo selfie es la línea que separa las bondades de los demonios que la soledad abarca, es ahí, en el momento de tener que utilizar el palo cuando los beneficios de la sociabilidad e interdependencia dan un zarpazo a los lobos solitarios o, en otro supuesto, a la pareja sin amigos. El palo selfie retrata a quienes algo han hecho mal o regular en la vida, a aquellos que, por lo que sea, han perdido por el camino la consideración, el cariño y la complicidad de amigos o familiares que han dejado de estar para hacerles la foto. No es irrelevante. Es dramático. El selfie, sin palo, ya da pistas sobre el escaso carisma de quien lo necesita. El selfie, con palo, más que fotografiar radiografía a un sujeto -o pareja, a veces- que no tiene -o tienen- quién carajo les haga una foto y, empeorándolo, dado que no se fían de quienes pasan por los alrededores su cuadro clínico se completa añadiendo a una despilfarrada inteligencia emocional síntomas de paranoia -incipientes, de acuerdo- porque eso y no otra cosa es pensar que absolutamente todos los que pasan por la calle te robarán el móvil si se lo das para que te saque la foto. Cabría creer que usar el palo selfie es, por ridículo, humillante y triste, una muestra de personalidad consolidada por parte de quien lo utiliza, pero la tesis decae porque él o ella son inconscientes respecto al ridículo que sí están haciendo. Muy mal han hecho las cosas, muy mal se han gestionado afectos y convivencias cuando atrapado en el lado oscuro de la soledad tu único amigo es un palo.