AVISOS POLÍTICOS

¿Todos somos París?

Los atentados conocidos por el numerónimo 11-M, perpetrados en Madrid el 11 de marzo de 2004 supuestamente por una célula de terroristas islamistas, ocasionaron casi 200 muertos y casi 2.000 heridos y lesionados varios. Su investigación estuvo viciada por múltiples irregularidades, y, todavía hoy en día, se desconocen sus aspectos fundamentales y las explicaciones y conclusiones oficiales y judiciales suscitan más que dudas razonables. A tres días de las elecciones generales de aquel año, el Gobierno del Partido Popular no supo gestionar correctamente la crisis, y, en un primer momento, llegó a atribuir la autoría de los atentados al terrorismo etarra. Fue la coartada para que una muchedumbre de gente del PSOE, de Izquierda Unida y de grupos radicales, convocados por mensajes de los teléfonos móviles de la época, intentaran asaltar numerosas sedes populares y agredieran a miembros de ese partido al grito de “¿Quién ha sido?” y “¡Asesinos!”. Los populares fueron culpabilizados de lo sucedido por haber apoyado la guerra de Irak; y, en definitiva, todos estos acontecimientos propiciaron el vuelco electoral que posibilitó el Gobierno de Rodríguez Zapatero, de infausta memoria. Era el objetivo de los atentados, porque muchos españoles suelen votar “en contra de” y no “a favor de”. Cosas de nuestra cultura y nuestros valores.

Los atentados del pasado viernes 13 en París tuvieron un origen ideológico y material incontestable, y produjeron la misma destrucción y el mismo dolor, aunque con un número inferior de víctimas. Sin embargo, su investigación está siendo impecable, y la reacción del pueblo francés, de los ciudadanos que sufrieron en primera persona los acontecimientos y hasta de los extranjeros, involucrados o no, fue muy diferente a la española de 2004. Fue una reacción ejemplar, que podríamos resumir en la multitud que abandonaba ordenadamente el estadio de Francia cantando La Marsellesa, que volvió a ser cantada unánimemente el martes siguiente en el amistoso Inglaterra-Francia de Wembley, cuyas pantallas gigantes proyectaron su letra para que todos los aficionados, la mayoría británicos, pudieran cantarla. Un himno cuya letra sería prohibida por la censura de la progresía española, porque llama a las armas a los ciudadanos, les pide que formen sus batallones y clama porque “una sangre impura inunde nuestros surcos”. Decididamente, España es diferente, y algunos estamos hartos de serlo.

Los líderes políticos, sus partidos y los ciudadanos franceses, sin excepciones, se han alineado con su presidente -socialista, por cierto- y lo han apoyado sin fisuras cuando ha proclamado que se trata de una guerra que Francia va a ganar; cuando ha anunciado que Francia va a intensificar sus acciones en Siria; y cuando, en consecuencia, ha ordenado bombardeos extraordinarios contra objetivos militares del llamado Estado Islámico. Lo que hizo Rodríguez Zapatero en 2004 en respuesta a los atentados de Madrid fue retirar las tropas de Irak, rompiendo así unilateralmente nuestros compromisos de Estado con nuestros aliados occidentales. A un mes de las elecciones generales, el pobre Mariano Rajoy se ha mostrado reacio a unirse al ataque contra los radicales islamistas y ha propuesto la siguiente simpleza: “La solución es un acuerdo entre las grandes potencias”. Y eso que un video de los islamistas afirma inequívocamente: “Queremos conquistar París antes de Roma y Al Ándalus”, y que han señalado repetidamente a España como uno de sus objetivos. Nuestro actual presidente del Gobierno no quiere que lo llamen asesino, como hicieron con Aznar, ni quiere perder más votos de los que entre él, Pedro Arriola y Celia Villalobos ya han perdido.

Es comprensible su actitud porque, en muchas partes, la gente de Podemos y otros radicales y antisistemas están guardado minutos de silencio por los combatientes islamistas muertos en Siria, a los que colocan al mismo nivel -o, incluso, en uno superior- que las víctimas de París. Y las inefables alcaldesas de Madrid y Barcelona califican la respuesta francesa de venganza. Se entiende, entonces, que Podemos e Izquierda Unida no quieran suscribir el pacto antiterrorista de populares y socialistas, pacto al que sí quiere unirse Ciudadanos. Y se entiende también que populares y socialistas no tengan ninguna prisa en que se una, mediante la correspondiente foto, para no darle más votos a la gente de Albert Rivera.

El presidente y el Gobierno francés están tomando las decisiones correctas y merecen ser apoyados como lo están siendo. Ahora bien, hay que reconocer que la guerra contra el Estado islámico y contra el islamismo radical y terrorista no se puede ganar militarmente, y que, salvo circunstancias extraordinarias, se perderá, como se perdieron las guerras de Corea y de Vietnam. Los actuales bombardeos de objetivos militares, con cazas y no con bombarderos, tienen una eficacia limitada. Y las operaciones terrestres masivas requieren un apoyo de la opinión pública que se perdería desde que empezaran a llegar en gran número los cadáveres de los soldados muertos. Ya pasó en Vietnam, en donde los norteamericanos llegaron a tener medio millón de soldados desplegados sobre el terreno, y, aún así, terminaron huyendo y abandonando a sus aliados vietnamitas. No, por desgracia París no somos todos. Y menos en España.