el charco hondo

Trastero

Sánchez ha decidido que Rajoy no acuda al debate con Rivera e Iglesias. Sí, ha sido él quien ha regalado a Rajoy el inmerecido lujo de, sentado en el sofá, ver qué tal se defiende Sáenz de Santamaría. Con su decisión, el candidato socialista animará a millones de almas a pensar que Sánchez es demasiado nuevo para abanderar lo viejo, pero demasiado viejo para liderar lo nuevo. Bastaba con rechazar un debate a dos, con eso habría sido suficiente para obligar a Rajoy a ir al otro. Al aceptar el cara a cara con el presidente (Rajoy habrá resoplado, cuando le confirmaron que Sánchez mordió el anzuelo) el líder socialista se reivindica como valedor del bipartidismo menguante y, peor aún, del binomio que simboliza lo viejo a ojos de sus potenciales votantes, no así para los feligreses que merodean las papeletas del PP, porque los milicianos o posibles del PP creen que lo que otros denominan lo viejo en realidad simboliza valores al alza como seguridad, orden y estabilidad. A Rajoy la foto del bipartidismo lo fortalece, a Sánchez lo envejece.

Se equivoca el candidato socialista si cree que con su decisión deja un paso por detrás a Albert Rivera, que lo deja fuera de plano. En primer lugar, porque el líder de Ciudadanos es una estrella de la televisión que puede permitirse tal ausencia; y, en segundo término, porque el maridaje Rajoy-Sánchez refuerza a Rivera como imparable exponente de lo nuevo. Con la disyuntiva centro-periferia abandonada en el trastero de lo que fue, y con el eje derecha-izquierda diluido por el creciente agnosticismo de los parroquianos en política económica, la decisión de Sánchez de ir al debate de Rajoy multiplica la percepción de que todo se reduce a elegir entre lo viejo y lo nuevo. La torpeza de Sánchez lo deja en tierra de nadie, entre dos aguas, demasiado nuevo para abanderar lo viejo, demasiado viejo para liderar lo nuevo. La factura de su error puede costarle que el veintiuno de diciembre amanezca repentinamente envejecido.