Análisis

La vulnerabilidad de las sociedades occidentales

Si algo ha quedado claro tras los atentados del viernes en París es la extrema vulnerabilidad de las sociedades occidentales. Junto a este hecho irrefutable -lo avalan también los atentados del 11M y 11S, los de Londres y Roma, los de tantos y tantos lugares más, incluso en países musulmanes-, se repite el extremismo religioso como eje legitimador de conductas que tratan de enfrentar al mundo occidental con la cultura islámica.

Francia se encuentra en situación de máxima alerta desde enero pasado como política de protección antiterrorista, lo que supone la presencia en las calles y en centros neurálgicos del país de unidades fuertemente armadas de la policía, la gendarmería y el ejército. Esta acción gubernamental preventiva y disuasoria no impidió este año el sangriento atentado contra la revista Charlie Hebdo, ni el perpetrado contra una planta de gas en el sureño departamento de Isere, ni otros ataques terroristas -además de los del pasado viernes en París-, caracterizados todos por la intervención de individuos vinculados a lo que impropiamente muchos denominan la yihad o guerra santa. En árabe se trata de un concepto bastante complejo, ya que tal palabra puede significar la lucha moral y religiosa contra uno mismo, la batalla por la expansión del islam y contra los infieles y el combate contra los tenidos por malos musulmanes.

Francia y el islam
Las sociedades occidentales, abiertas y confiadas, son objetivos fáciles para los grupos terroristas más o menos organizados y para los llamados lobos solitarios aliados del islamismo más radical. Una doble vida, los llamados comandos durmientes, junto a la permeabilidad de las fronteras, la compra de voluntades y el mismo fenómeno de la inmigración facilitan, llegado el caso, el cumplimiento de los objetivos criminales. Francia se halla desde hace tiempo en el punto de mira del terrorismo yihadista. Por su directa participación en la guerra contra el Dáesh o Estado Islámico (IS en inglés) en Siria e Irak y en los combates contra los islamistas radicales del Sahel y, sobre todo, de Malí, donde ya paró un intento de golpe de Estado y una invasión armada.

Como contestación a esta política de París, se calcula que cerca de dos mil jóvenes franceses, en su práctica totalidad de religión musulmana, están luchando en Siria y en países limítrofes en favor del Dáesh. Hay que tener en cuenta que alrededor del 8% de la población gala practica el islam, procede en parte de las antiguas colonias francófonas en África y su asimilación por la cultura local resulta problemática, dado su atraso en materia de formación y su escasa capacidad de integración, incluidos los magrebíes. En su mayoría, esta gente vive en barrios periféricos de las grandes ciudades y en zonas marginales sin apenas servicios.

Para entender el alcance real de estos entornos conviene tener en cuenta que “el peligro más grave que amenaza a las minorías musulmanas está constituido por el riesgo de asimilación”, según afirma Bruno Etienne, uno de los mayores expertos franceses en la materia. Para este profesor de Ciencias Políticas, la práctica oficial es proponer a los inmigrantes la integración, “lo que equivale de hecho -afirma- a pedirles que desaparezcan por fusión” hasta convertirse en franceses, republicanos y laicos. Y es precisamente esta laicidad la que no gusta a los islamistas radicales, hijos del paro y la delincuencia, pero también de la marginalidad cultural y social.

Islam vs. Occidente
La secularización y las contradicciones que ofrece el mundo moderno a ojos de muchos musulmanes practicantes estigmatiza a no pocos adolescentes partidarios de una especie de derecho a la diferencia, para la que reclaman educación específica, mayores facilidades religiosas, la práctica de la poligamia y aplicar las normas de herencia al modo tradicional musulmán. En este contexto no debe resultar difícil caer en las redes de quienes tratan de contraponer la pureza de los sueños religiosos y el integrismo musulmán con los vicios y problemas de la occidentalización de la vida y las costumbres. Más aún cuando la lectura sesgada del Corán da pie a procesos de radicalización o ideologización dentro de la estrategia global de los grupos seguidores de Al Qaeda, IS u otras a formas violentas que defienden el islam más integrista y tradicional y atacan a quienes consideran infieles y enemigos de la senda que ellos atribuyen a Alá y Mahoma.

Como apunta Olivier Roy, “el rechazo hacia la cultura de origen junto con la negativa a asimilarse a la cultura occidental circundante encuentra entre los jóvenes su expresión perfecta en el neofundamentalismo o salafismo, con el retorno a los verdaderos principios de la religión”, lo que atrae a la juventud bien educada, pero también desarraigada y contrariada y que manifiesta dudas sobre su fe y su identidad. Para los jóvenes idealistas impera la dimensión teológica y la destrucción del enemigo, de ahí la justificación terrorista y su lucha contra el desafío de la modernidad y el proceso secularizador de las sociedades occidentales.

No sé si los éxitos occidentales, desde las Cruzadas a la colonización de territorios musulmanes, pasando por los grandes progresos científicos y económicos desde el siglo XIX más la implantación de una serie de valores y visiones de la vida compartidos a raíz de la Revolución Francesa, tienen algo que ver con el atraso secular de muchos países islámicos o arabizados, nada respetuosos, por lo demás, con los derechos humanos y que, como afirma el profesor de Historia de la Universidad de Harvard Daniel Pipes, hacen suponer que “el islam es retrógrado, fatalista e irracional, una fe que desalienta el desarrollo económico, se opone al racionalismo y obstaculiza la modernidad”.

Unas medidas elementales
Creo de buena fe, como apuntan algunos estudiosos, que la religión del islam, su civilización y sus seguidores, más que culpables, son víctimas de las circunstancias y de una dimensión emocional y política que desconocemos en Occidente. Como todas las religiones, el islam predica la paz, el amor a Dios, la solidaridad y la justicia; pero el islamismo radical o yihadista, en una visión equivocada y fatalista, defiende la venganza, la opresión, el totalitarismo, el derrocamiento de los regímenes, incluso de los musulmanes moderados, a quienes considera enemigos, y todo ello lo justifica como el único camino lícito y posible para llegar a la creación de un califato universal y la desaparición, incluso física, de aquellos a quienes llama infieles y ve como enemigos irreconciliables.

La ideología religiosa lo es todo en el mundo islámico y viene a funcionar a modo de legitimadora del orden político establecido, hasta el punto de que penetra en todas las actividades de la sociedad. En este contexto, el Corán es mucho más que un texto religioso; en realidad se trata de un conjunto de normas que afectan a la política, la sociedad, la familia, la religión, las costumbres, etc. Es la palabra de Dios que ha descendido a la historia y la exaltación de los valores árabo-musulmanes frente a los occidentales, que se vinculan al imperialismo, el sionismo y el colonialismo.

Esta concepción del mundo es una especie de palanca revolucionaria y banderín de enganche para la lucha contra la modernidad y el odio a Occidente. La alta política, la demografía, el control riguroso de la inmigración y del islamismo radical en las mezquitas y la enseñanza en todos sus grados, la integración de las nuevas generaciones, islamistas o no, y su educación en valores -libertad, tolerancia, pluralismo, defensa de la democracia y los derechos humanos- constituyen hoy por hoy la mejor alternativa para, a medio plazo, asegurar -en Europa sobre todo, pero también en Asia y África- un futuro estable y en paz, alejado de fanatismos, odios y violencia de carácter religioso. Como afirma el embajador Gustavo de Arístegui, dada la componente estratégica de la seguridad de la lucha contra el terrorismo, es imprescindible la más estrecha colaboración multinacional y de Naciones Unidas para erradicar, incluso por medios militares expeditivos, una lacra que arrastra a otras. Porque en su incivismo y locura, lo mismo arrasa lugares que son patrimonio de la humanidad que “recluta, adoctrina, fanatiza y adiestra” a terroristas para llevar a cabo atentados o para dar salida a tráficos ilícitos de drogas, armas, explosivos e incluso seres humanos.