NOMBRE Y APELLIDO

Agustín Henríquez

En estas fechas surge el recuerdo entrañable de mi mejor compañero de infancia, cómplice en correrías y travesuras, condiscípulo en la escuela primaria, competidor en los juegos de temporada -boliches, trompos, tablas, fútbol -y, claro está, en las lecciones musicales del barbero Panchín mientras aguardábamos el turno de pelado. La relación se mantuvo en la distancia y, en mis viajes por vacaciones o trabajo, los casuales o programados encuentros duraron hasta el aciago 9 de diciembre de 2004, cuando por deberes de oficio, cubrí una lamentable noticia. Una avioneta del tipo Cessna, modelo 172, tripulada por Agustín Henríquez Gómez se estrelló, después de advertir a la torre de control del aeropuerto tinerfeño de un fallo mecánico y la necesidad imperiosa de intentar un atraque de emergencia en el embarcadero del barrio de Añaza. Pese a su condición de instructor de vuelo y su experiencia de doce mil horas, no logró su propósito y el aparato se precipitó al mar; falleció mientras intentaba rescatar a su esposa -Rosa María Abrantes, otra buena paisana y amiga, que le acompañaba a El Aaiun- y que, pese a los esfuerzos de los sanitarios desplazados al lugar, murió recién ingresada en La Candelaria. Este mes me trae también el recuerdo lejano de un rodaje en La Palma, interrumpido cuando nos avisaron del accidente de un avión norteamericano P-3B, Orion P-38, para vigilancia y lucha antisubmarina, que se estrelló en la Curva de los Mocanes – kilómetro 35 de la carretera de Valverde a Frontera, al mediodía del domingo 11 de diciembre de 1977 en el que perecieron catorce militares. Cerrado Los Rodeos a causa de la niebla y suspendidos todos los servicios, la única alternativa de viajar a El Hierro era desde La Palma y el único medio, la avioneta Piper Cherokee de cuatro plazas, propiedad del Aeroclub. Costó trabajo obtener los permisos preceptivos y fue necesario pedir la mediación de Madrid -porque las televisiones de Usa pedían sin parar imágenes del incidente- pero, al fin, sobre las cuatro de la tarde, con Agustín como piloto, viajamos y, gracias a su decisión, pudimos rodar las imágenes del suceso que, al día siguiente, Tve sirvió a todo el mundo. No aceptó remuneración ni regalos por aquel servicio que afrontó con decisión y riesgo; sólo le quedó el honor de las cartas de felicitación de la Embajada de Estados Unidos y la amistad admirada del cámara Miguel Hernández y el ayudante Juan Carranza. Fue un tío de una pieza, valiente y humilde. Inolvidable.