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Barranco de Badajoz – Por Luis Espinosa García*

El valle de Güímar tiene muchos barrancos, pero existen dos de ellos, el del Agua y el de Badajoz que, pienso, si fuesen a un concurso de barranquismo, uno de ellos, o los dos, vaya usted a saber, obtendría medalla. Esta vez hablaré del segundo, el de Badajoz, y no precisamente por su fama esotérica, por sus brujas y sus historias de miedo, sino por su belleza estética, por su canal de la cota mil y por los madroños que adornan las lomas y valles. Vertiginoso el panorama que se contempla al iniciar la marcha, sobre el canal. Ante la vista de los caminantes se despliega todo el valle de Güímar en admirable perspectiva. Pero hay que deambular mirando donde se pisa pues a la derecha está el vacío. Una pared vegetal lo tapa y llegan los túneles. ¡Ay, los túneles! Las cabezas de los senderistas sufrieron algún que otro golpe al chocar contra el bajo techo de los agujeros, pues, ineptos ellos, carecían de linternas o cualquier otro instrumento que iluminase los oscuros tramos entre ventana y ventana. Porque, inteligentemente, los constructores abrieron huecos al exterior con lo que el paseante puede admirar el paisaje de vez en cuando. Estas son las famosas Ventanas de Güímar que en una cerrada curva de los contrafuertes del barranco, se pueden contemplar desde otra ventana. Entre perforación y perforación el sendero permite, a los más valientes, acercarse a su borde para examinar de una manera más amplia todo el cuadro que les rodea. Pasado un tiempo se dejan los túneles y se penetra en el monte bajo, donde los madroños dominan por goleada. Naturalmente, están acompañados por otros árboles, arbustos y matorrales que convierten el paseo en una excursión por unos grandes y bellos jardines. Lo malo viene después. Regresar a la ciudad. La vereda, estrecha y resbaladiza en ocasiones, no es peligrosa, pero la continua pendiente provoca en las rodillas y gemelos de los excursionistas un malestar que podría arrancar gritos de alegría entre los traumatólogos. Por no hablar de los años que algunos cargaban en el DNI.

Me pasaría mucho tiempo escribiendo sobre barrancos, pero pienso que, por ahora, ya está bien. Pero nombraré, para que no se enfaden otros, el de Añavingo, en los altos de Arafo, con su descomunal pared -dique que lo cierra por arriba-. El del Río, majestuoso, escalonado y perfecto que marcha al mar bajo la atenta mirada del Guajara. El de Juan López, que visto desde Abaches impresiona por los profundos tajos que propina a la tierra. Los innumerables barrancos de Anaga: el de Carboneras, el de Tamadite, el del Rey, el del Tomadero, el de Ijuana, el de Anosma…

Termino con uno cercano a mí, el de la Madre del Agua, en Aguamansa, donde, si mis amigos quieren, espero que depositen mis cenizas.

*MÉDICO Y MONTAÑERO