nombre y apellido

Calixto Ochoa

Once días después de su muerte, la Unesco elevó el vallenato -“el amor y el compromiso” que justificó su vida- a la categoría de Patrimonio Inmaterial de la Humanidad “para premiar su originalidad y popularidad mundial y para conjurar las amenazas que se ciernen sobre sus valores intrínsecos”. La columna vuelve a la clave colombiana porque mi viejo compadre Alexis Varela me remitió un escatológico episodio del culebrón que, durante este año que finaliza, evoca, y magnifica, la figura grande y polémica de Diomedes Díaz; y, también, porque un álbum viajero retrata las felices horas caraqueñas en las que, junto a Nilsy Medina y su esposo, el eminente profesor Gonzalo Castro Fariñas, conocimos al negro Calixto Ochoa (1934-2015) y oímos, por primera vez, la pícara pregunta sobre los deseos del salido moreno. En las décadas de los sesenta y setenta, y al frente de Los Corraleros del Majagual, convirtió la música costera en la favorita de las Américas, “en competencia libre con los sones cubanos”, y en sus repletas alforjas metió más de mil canciones, acompañadas por el imprescindible acordeón y los elementos de percusión criolla.
En sus creaciones, las exigencias para la voz -clara, brillante y aguda que, a veces suena a llamada, y otras tantas a grito- hizo que los mejores cantantes

-incluido Diomedes- se pelearan por interpretar sus variados temas, atraídos por su inspiración, buen gusto y estructura armónica y, sobre todo, por la calidad de sus letras, que abordaron con lirismo y ternura lugares, costumbres y oficios y por el sano humor campesino con el que relató situaciones cotidianas convertidas, por su ingenio, en peripecias hilarantes. Compuesta años atrás y celebrada en la vecina Colombia, al conjuro de una acelerada introducción y, a la vez que se vaciaron las mesas, la sala se llenó de parejas y los clientes de la barra emigraron como espectadores hacia el espacio de baile. El Africano se escuchó con ávida atención mientras los bailarines disputaban en ritmo y figuras y, llegado el estribillo, todos corearon la pregunta, o como nos dijo el propio Ochoa, la duda metódica: “Mamá, qué será lo que quiere el negro”. Regresé de Venezuela con dos versiones de un tema que, poco después, cruzó el Atlántico y fue un hit en España; la primera incluyó una selección de temas románticos y una dedicatoria cariñosa de Calixto; el segundo vinilo contenía doce temas grabados por Wilfrido Vargas, acaso el mejor representante actual de un estilo que es, por justicia, patrimonio mundial.