DESPUÉS DEL PARÉNTESIS

El color

Una de las cotas a las que el pensamiento del Renacimiento llegó fue al privilegio de lo blanco. Digamos, la gran conquista del Renacimiento fue el saber; sin conocimiento el hombre se pierde. A ello se sumó la alquimia, que daría la química, la lógica, las matemáticas o las otras ciencias a la grupa de los gigantes de la antigüedad, de los famosos griegos a algunos romanos. Y en ese convencimiento vivieron las observaciones anatómicas y las constataciones raciales. De lo cual se dedujo que el color de la piel de los hombres fijaba la distinción de los hombres. El fervor radicaba en la ecuación hombre-Dios. Ahí el cristianismo dio el callo. Porque si el supremo Dios había elegido a Israel para encarnar al Hijo-Dios-Hombre como blanco, blanco era la cifra: los níveos, o lo que es lo mismo, la posición de los elegidos en el planeta aseguraba la primacía. El recado que se obtuvo de los griegos, aquí cabía: bárbaros son los que no hablan griego, los que no cumplen con la polis, con la política, con la dialéctica. Así Aristóteles sumó el punto: guerra justa contra los bárbaros, que dio desde la iglesia la guerra justa contra los infieles. De manera que los mal llamados “indios”, en lo que luego se conoció como América, iban a pagar su precio en sangre: más de tres cuartas partes de la población originaria desapareció. Lo enunció Colón en su llegada al continente desconocido: no son de nuestro color (dijo); son del color de los canarios. De donde canarios e indios en su posición, frente a los legítimos conquistadores y colonizadores, por la piel. Y estaba justificado, ya digo, en razón de lo que eran los que se movían; la Santa Madre Iglesia y Católica, repito, lo confirmó. Esa es la trama que Colón adujo: pálidos en su firmeza frente a los oscuros en el suyo. De lo cual se deduce que el color lo es por la separación de la centralidad; los negros en su ardor por ser los más alejados del espacio supremo.
Pero el tiempo suele ajustar las confirmaciones (o las supuestas) y he aquí que un tal Richard Neave, científico de la Universidad de Manchester, propuso hace unos días darle la vuelta al calcetín. Porque de lo “probado” por él se deduce que el Cristo de Zeffirelli o el de todas las iglesias del mundo no es real, es falso: Cristo era negro y más corpulento de lo previsto. Es decir, cabría más en el perímetro de un tal Michael Jordan o de un Shaquille Rashaun O’Neal (pongamos), que en la de un blanquito tipo, por ejemplo, Michael Jackson. ¿Caben dudas tras las investigaciones de un científico que se dedica con denuedo a la antropología forense y que dio rostro, por ejemplo, al gran Filipo II de Macedonia, el padre que fue del fastuoso Alejandro Magno? Si las pruebas de Neave resultaran irrefutables, el mundo se retorcería sin remedio. Habría que revelar la estela de los apuestos occidentales de otro modo; asumir la esclavitud como un pecado manifiesto contra Dios, porque Cristo era Dios, o los creyentes habrían de deplorar que solo haya existido un presidente negro en los EE.UU., o que jamás nadie haya sido elegido papa con ese pigmento divino. ¿La iglesia se removería y mandaría pintar los rostros de las figuras dichas de ese matiz o aclamaría para la ocasión, como ocurre con la Sábana Santa, que en los asuntos de fe los hombres -por más científicos que sean, por más carbono 14 que se le aplique- no mandan? Ante las pruebas que Richard Neave plantea nos toparíamos contra una verdadera revolución, como ocurre con el motín digital. ¿Si Cristo es así, cómo juzgar a los xenófobos y racistas que conocemos?, plantearíamos. Acaso ya se sepa, acaso otra cruz refulja contra el moreno. Los alaridos del discernimiento, la ética o la moral no pueden inhabilitar las infalibilidades del mundo. Así lo sufrió un tal Galileo, aunque aceptemos hoy que el sol no gira alrededor de la Tierra. Al revés. ¿Y qué?