TENERIFE

La ‘estatua’ de Santa Cruz se hace centenaria

La popular estatua ha visto crecer la ciudad a su alrededor durante estos 100 años, desde una rotonda en medio de la Rambla. | FRAN PALLERO
La popular estatua ha visto crecer la ciudad a su alrededor durante estos 100 años, desde una rotonda en medio de la Rambla. | FRAN PALLERO

La memoria de las ciudades se mantiene viva en su calles, en sus monumentos, en sus costumbres. La tradición popular y los hitos urbanos transmiten las señas de identidad comunitarias de generación en generación, como el ADN de un ser vivo. Aunque las ciudades modernas suelen caer en la desmemoria por efecto de los vicios del tiempo y, también, por la incultura. Santa Cruz de Tenerife es una ciudad con historia pero desmemoriada y, encima, padeció la amputación de gran parte de su patrimonio histórico y arquitectónico por el desarrollismo urbano que se extendió como una plaga a mediados del siglo pasado. Eso motivó que hoy en día apenas queden en pie algunos vestigios aislados del antiguo Santa Cruz: la pila, la Casa de Carta, el Castillo de San Andrés, la fuente de Morales, la Cruz de Montañés, el Castillo Negro, la iglesia de La Concepción, la farola del mar…

Otro símbolo, hoy olvidado pero que fue emblema de la ciudad en los albores de su configuración urbana y capitalina es la estatua. Así se denominó popularmente durante decenios al monumento al capitán Diego Fernández Ortega, emplazado desde 1915 en medio de Las Ramblas. Es un monumento sencillo y modesto, pero que tiene gran significación no solo por el ilustre personaje a quien honra, sino porque fue erigido por iniciativa y cuestaciones de sus compañeros, y además, fue el primer monumento de Santa Cruz; la primera estatua en una ciudad que empezaba a crecer. Hoy permanece camuflado en el denso entramado urbano, invisible y desconocido para los ciudadanos, que apenas reparan en su presencia en una rotunda viaria. Pues se da la circunstancia de que esta estatua está cumpliendo 100 años, justo en estos momentos, y tanto su historia, como la del capitán Fernández Ortega, merecen ser recordadas.

HOMENAJE A UN VALIENTE
El autor del busto del capitán Fernández Ortega es desconocido aunque el autor del pedestal es el madrileño Enrique Cuartero. Dicha obra surgió en 1915 de un generoso gesto, cuando los compañeros de armas del capitán de Infantería Diego Fernández Ortega decidieron testimoniar su admiración a la valentía con que el militar se había comportado en la guerra de África.

Según ha escrito Alberto Darias Príncipe, “el monumento en sí es el testimonio físico y palpable de la admiración de sus propios compañeros de armas, amigos y admiradores, quienes motu proprio decidieron abrir una suscripción entre ellos con el fin de inmortalizar la figura de Fernández Ortega en su ciudad natal. Recabando la cantidad individual de 5 pesetas se alcanzó un montante total de 4.300 pesetas. La comisión encargada de la ejecución de esta efigie estaba presidida por el general don Miguel Primo de Rivera y el coronel Francisco Zubillaga”.

monumento al capitán de Infantería Diego Fernández Ortega antiguo

El autor no se conoce, aunque el pedestal se atribuye al madrileño Enrique Cuartero

Emplazado en la actual Rambla de Santa Cruz y antigua Rambla XI de Febrero, se trata de un monumento de composición sencilla: un pedestal de piedra artificial, que decrece en su base, sobre el que se asienta un busto de bronce a cinco metros de altura. En los tres lados secundarios del pedestal figuran inscripciones con sus hazañas más importantes. En 2009 el Ayuntamiento sometió el monumento a un proceso de restauración y limpieza general, gracias a un convenio con la Obra Social de La Caixa y la ULL.

No deja de ser curioso y paradójico que este ya centenario monumento en memoria del capitán de Infantería Diego Fernández, un héroe santacrucero hoy desconocido, se hiciera realidad gracias a la iniciativa y la generosidad de sus compañeros de armas y, sin embargo, por esas mismas fechas de inicios del siglo XX, fracasara el proyecto de erigir un monumento en honor del famoso y prestigioso general Leopoldo O’Donnell, que iba a estar emplazado en la rotonda donde hoy está emplazada la plaza del 25 de Julio o de Los Patos. El Ministerio de la Guerra donó al Ayuntamiento un busto de hierro de este tinerfeño insigne para colocarlo en ese monumento, pero nunca se emplazó. El busto existe, pero sin el monumento pretendido. El santacrucero Leopoldo O’Donnell y Jorís fue un noble, militar y político español, Grande de España, I Duque de Tetuán, I Conde de Lucena y I Vizconde de Aliaga, que fue ministro y presidente del Gobierno durante el reinado de Isabel II. A pesar de todo ello, un siglo después, el ilustre O’Donnell sigue sin monumento en Santa Cruz, al contrario que el capitán Diego Fernández. Curiosidades de la historia…

UN HÉROE DE GUERRA
Según recoge Daniel García Pulido, Diego Fernández Ortega nació en Santa Cruz de Tenerife el 17 de febrero de 1889, aunque residió poco tiempo en la Isla. Hijo de un médico militar, quedó huérfano de padre a los 12 años y fue educado por su madre, junto a sus dos hermanos menores. Cumplidos los 15 años sentó plaza en la Academia de Infantería. Tuvo su primer destino en el Regimiento de Infantería de Gerona. Su primera experiencia bélica la vivió en 1909 en el batallón de Cazadores Arapiles Número 9. Sus acciones en combate en el Norte de África le labraron un historial de valentía y arrojo, principalmente en operaciones de rastreo e información, que se tradujeron en sucesivos ascensos y múltiples condecoraciones, entre ellas la Cruz de Primera Clase del Mérito Militar, con distintivo rojo. Su brillante carrera y su existencia tuvo su final el 5 de enero de 1915, mientras protegía un servicio de aguada en el reducto de Anyera. Según consta en su expediente militar, “estando en funciones de guarnición en la casa del Hach, en Benimesala, en las inmediaciones de Ceuta, salió para repeler una agresión y recoger las bajas habidas. Después de sostener fuego con el enemigo apostado en el bosque, se adelantó con un grupo de sus soldados, recogió el fusil de una de las bajas y cuando el violento fuego del enemigo arrastraba el cadáver de un oficial, recibió una herida de bala que le produjo la muerte a los pocos minutos estando al frente de la tropa”. Se le concedió a título póstumo la Cruz de Primera Clase de la Orden de María Cristina. Este triste episodio y otros gloriosos del capitán Fernández Ortega aparecen reflejados en los lados de la base del monumento en su memoria erigido en la Rambla de Santa Cruz en octubre de 1915. Diego Fernández Ortega, con apenas 26 años de edad, lucía en su pecho en el momento de su trágica muerte un total de siete medallas, cuatro de ellas por méritos de guerra, en lo que constituye uno de los historiales militares más brillantes y precoces del estamento castrense. Estamento que no olvida su cita anual con la memoria de este distinguido oficial, quien recibe en cada fecha señalada una corona conmemorativa depositada a los pies del monumento en su ciudad natal.