eL CHARCO HONDO

Gordo

Cuenta Savater en un ensayo que la envidia es la insoportable presencia del bien ajeno, esa tristeza que invade a quienes no soportan que a otros les vaya mejor. Una lectura generosamente democrática (exculpatoria, cabría decir) sitúa en el deseo de que otros no tengan lo que no tenemos un ánimo virtuoso, un comportamiento bienintencionado que persigue igualar las pertenencias equilibrando así las bazas que construyen la felicidad. A la vista está, el lobby de los envidiosos ha construido un discurso que les dé cobertura o que llegado el caso valga como atenuante. Nada escribe Fernando Savater -lástima- sobre la incontestable teoría de que la envidia es el motor que provoca la decisión de adquirir décimos para El Gordo. Nadie -qué pena- ha analizado suficientemente el binomio que une a la envidia con el décimo de lotería que compramos con los compañeros del trabajo. Sin perder de vista las aportaciones de los clásicos -Platón emparentó a la envidia con un catálogo de emociones de similar composición-, es razonable concluir que de entre los males que oxidan el carácter es la envidia el que hace que compremos. La estadística no deja espacio a la duda, sabemos que jamás nos va a tocar, pero compramos porque no descartamos que caiga si otros ya han adquirido ese décimo (cuando la suerte se conjuga en segunda o tercera persona asoma un problema de autoestima, que merece un análisis específico). El diagnóstico es difícilmente rebatible. Siendo El Gordo el sorteo menos atractivo del año -en otros pagando menos puede ganarse muchísimo más- gastamos porque la hipótesis de que caiga en la oficina y no hayamos comprado convierte al décimo en el impuesto revolucionario que alivia la pesadilla que la envidia incuba. Dijo Nietzsche que la envidia silenciosa crece en el silencio; y es así, en silencio, discreta e inconfesablemente, como arrastra de décimo en décimo hasta los telediarios del 22 de diciembre, en los que siempre salen los mismos diciendo lo mismo.