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Igueste de San Andrés – Por Luis Espinosa García*

Todos los barrancos cantan canciones de piedra. En primavera todos pintan de colores sus laderas. Siempre que pueden se mimetizan en todos los tonos del verde conocidos. Algunos llevan agua, algunos incluso se atreven a organizar pequeños saltos y cascadas. Los más modestos únicamente se presentan con charcos y fangales que cubren con tapices vegetales como intentando pasar desapercibidos. Unos han sufrido la cirugía, pues los bisturíes de los humanos han perforado sus laderas con túneles enormes, como sinuosos y enormes gusanos de mortecina luz. Otros esculpen sus paredes con arcos, esculturas y dibujos cabalísticos.

Todos son iguales pero son distintos. Ninguno es feo y si existe uno de esa clase lo disimula cubriéndose con tabaibas, laurisilva, artemisa o brezo. Unos pocos, muy pocos, tapan sus vergüenzas con alfombras de flores de todos los colores que se puedan pensar.

Pero hablemos un poco del barranco de Igueste de San Andrés. Tras dejar atrás el barrio del mismo nombre por la pista de la Hoya de los Juncos entramos de lleno en el verdor y las maravillas de este barranco. Podríamos empezar por citar plantas como las tederas, las tabaibas, las cerrajas, cardos y artemisa, pero estaría feo no citar a dos elementos claves en la botánica tinerfeña: los cardones y los dragos. Los primeros llenan casi todo el espacio libre en las colinas mientras que los segundos puntean estratégicamente las crestas y las lomas.

Existe además, en esta zona, una Reserva Natural de almácigos, algarrobos cuyas ramas parecen afectadas por algún virus que les llena de nódulos y un eucalipto que sombrea el paso de un pequeño cañón y que lanza una gruesa rama en dirección a la pared del barranco como si quisiese asirse a ella.

Dejando a un lado la flora, debemos indicar que, casi a la vera del camino, fluye un regato de agua. A veces corretea entre la arena, a veces salta de piedra en piedra, escalonadamente. Otras veces el agua descansa en pequeñas pozas y charcos que colonizan las ranas y se deja oír, rumorosa tras los cañaverales, o pasa en silencio bajo los sauces, pero sin dejar nunca su cauce.

Los paseantes que se acercaron a estos parajes pudieron contemplar, también, la llamada Piedra de Fuego, gran mole de roca que cayó de las alturas y se durmió en el fondo del barranco. Y fueron testigos de la labor del hombre convertida en casitas ajardinadas, huertas no muy grandes con papas, verduras, cebollas y cercadas por árboles frutales. Pasando junto a grupos de cañas se podía oír trinar a los pajarillos. No me pregunten de qué especie eran. Mis conocimientos de ornitología son más bien escasos. En una ocasión varias lomas parecían estar pintadas de amarillo, debido a la gran concentración de cerrajas con sus grandes flores abiertas cubriendo extensas superficies de terreno. Y subieron por el Lomo del Bucio y, más y más arriba, intentaron tocar el cielo, aunque solo consiguieron alcanzar la carretera asfaltada que, algo más allá, termina en Chamorga.

*Medico y montañero