Cuestión de grises

Inmortalidad – Por Indra Kishinchand

Si alguien me pregunta quién soy, diría que duda constante; incluso en las convicciones más firmes. Si alguien me pregunta quién no quiero ser, diría que contradicción; ni siquiera en las certezas más débiles.

Fue precisamente cuando estaba meditando sobre esa hipocresía de querer y no luchar, cuando me vi en una plaza rodeado de gente que gritaba mi nombre con ansia y desesperación. Intenté calmar a una masa ávida de respuestas con algunas palabras, pero no fue suficiente. Su indescriptible decepción con todos quienes habían ocupado aquel lugar antes que yo les llevó a gritar aún con más fuerza, aún con más rabia.

Me desperté sobresaltado y pensé que quizás me había convertido en líder sin saberlo. Sí, yo, el mismo que evitaba las victorias para no lidiar con ellas. Sin embargo, tan solo era un alucinación, más bien, una pesadilla sin gracia en la que todos me pedían explicaciones que yo no sabía dar. Me di cuenta entonces de que no me diferenciaba tanto de los personajes reales del momento, quienes aprovechaban el tiempo para matar al tiempo y la memoria, como si los últimos años pudieran ser eliminados por no pensarlos.

Al fin y al cabo, más importante que el error, era la capacidad de asumirlo. Eso pensaba yo entonces con la ingenuidad de quien nunca ha sufrido el vacío, con la esperanza de quien sigue creyendo en la política transparente, justa, coherente. A mis ojos, me había convertido en la antítesis de una realidad confusa y sin miedos.