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La izquierda idiota

1. Hombre, yo podría ser más generoso, y en vez de llamar idiota a la izquierdona chunga, podría definirla como surrealista. Dos barrios de Madrid, ciudad que ahora es de izquierdas, han decidido que dos mujeres formen parte del trío de reyes magos, una por barrio. Una en San Blas y otra en el Puente de Vallecas. La confusión que pueden generar en los niños será tremenda: Melchora, Gaspar y Baltasar o Melchor, Gaspar y Baltasara, según el barrio. La estupidez de este país con el feminismo ramplón y panfletario está llegando a unos niveles de vómito. Desde que unos cuantos imbéciles proscribieron el benéfico género epiceno y empezaron con la cantinela de “ellos y ellas” y “compañeros y compañeras”, todo se vino abajo. El idioma castellano cayó en la distinción innecesaria, se hizo repetitivo y ridículo y dio pie a que aquella ministra analfabeta funcional, Bibiana Aído, dijera lo de “miembros y miembras”. Ahí se le acabó la paciencia al difunto Cervantes, quien en señal de protesta dio la pista para que encontraran sus huesos. También dijo Aído que “un feto de trece semanas es un ser vivo, pero no es un ser humano”. Glorioso, en el nombre de Dios. Y que iba a instalar un teléfono “para resolver las dudas de los maltratadores”. No sé, pudiera ser que los hijoputas llamaran a un número oficial para recibir consejo sobre si arrear a la víctima con un zapato o con un sacho.

2. Yo les digo a ustedes que estoy desolado. Ahora que van a reformar la Constitución podrían aprovechar para añadir un artículo que diga claramente que los Magos de Oriente tienen que tener pilila. Que no vale lo otro. Porque, la verdad, una mujer barbuda llamada Gaspara no cuela en los niños, que hoy en día son más listos que el hambre. Así que es mejor ponerlo en la Carta Magna para que la izquierdona no caiga en la tentación.

3. Les digo yo a ustedes que este país se ha vuelto completamente majareta. Ahora lo in, es decir lo hortera, está en cortarle el cogote al género epiceno, que era una solución neutra, breve y lógica. Ahora hay que decir lo que se dice, sin que les dé pudor caer en el ridículo, porque no tienen factores inhibitorios de la imbecilidad. Feliz Navidad. Y eso.
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