nombre y apellido

Laurent Fabius

En el clima de desconfianza y miedo causado por el terror y barbarie yihadista y dentro de las reservas que, en cuanto a cumplimiento efectivo, suscitan los conciertos internacionales, el pacto sobre el cambio climático supone una llamada de esperanza en cuanto a su carácter vinculante e, ítem más, a la garantizada provisión, desde 2020, de 100.000 millones de dólares anuales -revisable al alza tras el primer quinquenio- destinados a paliar los daños provocados por el calentamiento global. De los 195 firmantes del tratado, que entrará en vigor en el inmediato 2016, sólo ocho renunciaron a anunciar y presentar proyectos para reducir las emisiones de dióxido de carbono, invocando distintas razones; mientras la inmensa mayoría se obligó a determinar cada cinco años sus objetivos territoriales y, además, en el acuerdo de mayor calado, los estados ricos mantendrán y, si las necesidades lo demandan, incrementarán el apoyo técnico y financiero a los pobres -“para evitar que la temperatura media supere los dos grados centígrados y para dotar las medidas de protección ante el aumento del nivel del mar”-, aunque en ese capítulo concreto no se fijaron los montos económicos ni se aseguró la participación voluntaria en las donaciones de las potencias emergentes. Tildado de insuficiente por las organizaciones ecologistas, el convenio fue saludado como “un gran acontecimiento histórico” por el optimista anfitrión -François Hollande, presidente de la República Francesa- que manifestó ante los asistentes: “Siempre podréis decir que el 12 de diciembre de 2015Ó todos estuvisteis en París, participasteis en los debates y estampasteis vuestra firma en este trascendente protocolo; y podréis sentiros orgullosos ante vuestros hijos y nietos”. A la espera de la ratificación por cincuenta países, causantes de la expansión de la mitad de los gases de efecto invernadero, el pacto se logró gracias a los buenos oficios del veterano Laurent Fabius, francés de origen judío, doctor en derecho por La Sorbona, cuadro socialista de la confianza de Mitterrand, con el que ocupó varias carteras y el cargo de primer ministro (el más joven de la historia), entre 1984 y 1986. Desempeñó el ministerio de Finanzas con Lionel Jospin y, desde 2012, Asuntos Exteriores; con su agudeza y paciencia proverbiales, cuajó una atmósfera de entendimiento y consiguió “las verdaderas bases para salvar nuestro planeta, sin excusas para los incumplimiento y sin triunfalismos ante una actuación unitaria, responsable e imprescindible”.