De puntillas

Y llegó el cambio – Juan Carlos Acosta

Las elecciones generales del domingo han dibujado el retrato de una España tan madura como diversa. En realidad ha sido la foto final de un panorama anunciado desde las autonómicas con leves alteraciones. Ya se hablaba del epílogo del bipartidismo, que habría que analizar en sus justos términos, pues en líneas generales seguimos en un escenario de dos ideologías contrapuestas solo que atomizadas en varias formaciones. Pero está claro que tanto el Partido Popular como el Partido Socialista han llegado a cerrar ese círculo de pérdida de sus propias aspiraciones como marcas mayoritarias.

La campaña ha sido dura y, lo que es más novedoso, ha implicado a una gran cantidad de votantes que han hecho de su intención un estandarte público en esa plataforma de todos que es internet y las redes sociales. Dimensión especial cobra el apoyo que ha generado Podemos y su líder Pablo Iglesias. Las mofas y desprecios del estamento político tradicional al parecer no han hecho sino agrandar sus expectativas, a tenor de los resultados. Ciudadanos, aunque también es hoy en día una opción sólida y poderosa en el espectro de la gobernabilidad del país, impensable hace tan solo algo más de un año, sin embargo decayó en sus últimas semanas, quizás por algunas controversias, como la de la legislación contra el maltrato de género, o por las contradicciones y ambigüedades de Albert Rivera y su equipo.

En cualquier caso, los españoles han dicho que no quieren mayorías absolutas y que basta con el periodo de gobierno de Mariano Rajoy y sus mayestáticas reformas económicas y laborales para detraer de la próxima legislatura decisiones unilaterales y sin consenso. España quiere debate, y debate limpio, en las Cortes. También quiere abordar el inicio de un nuevo camino crítico hacia una Europa neoliberal que no logra constituirse como una comunidad política, económica y social integrada y, por ende, tantear la oportunidad de frenar la deriva del capital como dueño y señor de los ejecutivos y de las soberanías nacionales.

El país ha votado inequívocamente cambio y, con él, honradez, transparencia e igualdad de derechos y deberes. No a una nueva Constitución, no a nuevas propuestas, no a ninguna locura involutiva, sino al respeto claro de la voluntad ciudadana ejercida cada periodo legislativo en las urnas, y a la lealtad política con el pueblo que elige a sus dirigentes para que garanticen el bien común.

En las Islas ya es un hecho incontestable la caída de Coalición Canaria, como la de los socialistas y populares, víctima también del espectacular ascenso de las siglas emergentes. Es el momento de analizar ese desapego hacia una fuerza nacionalista tan necesaria para ser la voz del Archipiélago en Madrid y para trabajar por las especificidades de la Autonomía. Los canarios han optado por dar la señal de alarma, equivalente a las cifras del paro que padecemos. En realidad lo vienen haciendo desde hace tiempo porque quieren renovación y entrega. Está por ver si este aviso cala en un partido que cuenta con nuevos políticos jóvenes y suficientemente preparados y asume otra forma de gobernar más acorde con los tiempos que corren. Canarias quiere gestión y resultados, no a simples administradores de los dineros que vienen del Estado o de Bruselas.