tribuna

El mamotetro como fetiche – Por Ramón Afonso

Con este “vulgo municipal y espeso” que nos gobierna, no es extraño que las sesiones plenarias del Ayuntamiento santacrucero nos deparen de vez en cuando situaciones insólitas y francamente estrambóticas. Recuerdo el último pleno del mandato pasado, en el que intervino la Plataforma por el Derribo del Mamotreto, a invitación del grupo Ciudadanos de Santa Cruz -no la franquicia actual de C’s, del españolísimo Albert Rivera- en una moción que pedía la demolición del semiderruido edificio de aparcamientos de Las Teresitas.

A medida que avanzaba el debate la inquietud y el desasosiego hacían presa en los miembros y miembras del grupo Popular que, demudada la color, lanzaban miradas desesperadas a las puertas del recinto, ansiosos por salir de la sala a todo correr. Esto fue motivado por el miedo que generó en las filas peperas la referencia de Guillermo Guigou al “caso Arona” y las fatales consecuencias que trajo al multiimputado grupo de gobierno de aquel Ayuntamiento.

La difícil situación fue salvada por la proverbial astucia del alcalde Bermúdez, que dando un nuevo ejemplo de su escaso talante democrático, encontró el Fortasec para tanta cagalera y de paso la postergación de una derrota anunciada: por la cara y sin mosca, suspendió la votación de la moción y sanseacabó.

Estos días el mamotreto ha irrumpido de nuevo en la vida municipal. En realidad nunca se había ido pero ahora, a finales de noviembre, un grupo de ciudadanos ha reavivado el fuego democrático, personándose en la fase de ejecución de la sentencia firme sobre el caso para exigir que se haga justicia. Y otra vez ha ocurrido algo insólito en el pleno que tuvo lugar el viernes 27 de noviembre. Se discutía una enrevesada y retrancada moción del grupo de Ciudadanos -esta vez sí, la franquicia de Don Albert Rivera- sobre el mamotreto, cuando Carlos Garcinuño, a la sazón concejal de Urbanismo por el PP y mucho más arriscado que sus colegas de antaño, tomó la palabra para declarar su amor al adefesio, al que llamó cursilonamente amo-treto, y con supina arrogancia y chulería amenazó con reconstruirlo si por fin se hace justicia y se derriba. El amor no conoce barreras.

¡Qué compleja es la mente humana! El fetichismo de algunas personas las convierte en rehenes de irrefrenables pasiones. El edil ultraderechista -arquitecto él, Dios nos libre, tiene como objeto de pulsión sexual un edificio horripilante, inservible, denostado por la ciudadanía y condenado por la justicia. Más que un amor puro el suyo es una aberración sexual, de las que antaño acarreaban la hoguera a quienes la consumaban.

Señor Garcinuño, lo que usted denomina amo-treto ha nacido y crecido en un lodazal de corrupción y va a ser destruido, a pesar de los intentos del gobierno municipal, del que usted forma parte, por impedir la ejecución de la sentencia al efecto. Otra cosa es el mensaje que debe dar a sus deudos -los corruptos y sus corruptores- y que fantasee con reconstruirlo desde sus cenizas. Ya se verá. El alcalde Bermúdez aplaudió la osadía y, aunque esta vez no repitió la tontería de decir que estaría prevaricando si derribaba el edificio, sí afirmó -en su línea de “monstruo de las galletas”- que no es lo mismo legalizar que mantener en pie el adefesio, reformulando por tanto la gansada: “Se nos podría acusar de malversar fondos públicos si tiramos para volver a levantar aparcamientos, sabiendo de antemano que teníamos que construir lo mismo”. Como dirían Les Luthiers, se ve que la inteligencia le persigue, pero usted, señor alcalde, sigue demostrando ser más rápido que ella.
Pues lo primero que hay que poner en cuestión es que el lugar de Las Teresitas que hoy ocupa el inconcluso esperpento esté de fijo destinado a aparcamientos. Léanse bien lo que dice el Plan vigente, señores míos, y no traten de confundir a la opinión pública con interpretaciones forzadas y tendenciosas. En el señor Garcinuño es comprensible, pues ya se sabe que el amor es ciego; pero en usted, imponderable alcalde, el sostenella y no enmendalla limita asazmente con esa prevaricación a la que tanto parece temer. Puede engañar a algún sector no informado de la ciudadanía, pero a los jueces es más difícil. Reflexione y deje de meter la pata, que con un alcalde empurado tenemos bastante.