Domingo cristiano

Misericordia, esa mariconada

El pasado 8 de diciembre pasará a la Historia como el primer día de un tiempo nuevo. El papa Francisco abrió entonces una puerta, físicamente lo hizo en el Vaticano, y con ella se desplegaron de par en par los más intensos deseos de reconstruir la Iglesia al estilo de Jesucristo. Que sí. Que sabemos todos que la Iglesia es la misma ahora que antes. Que no hay una Iglesia nueva y que no se trata de empezar de cero. No es una cuestión de esencias, sino de acentos. Y el acento ahora es derrochar misericordia para desvelar el verdadero rostro de Dios. La Iglesia se siente orgullosa de tantísimos siglos de profundización teológica, de las grandes gestas culturales que ha promocionado, de la elocuencia y la sabiduría de tantos pensadores que han excavado túneles en el conocimiento para acercarnos más y más a lo que Dios es. Pero ahora es el tiempo de la misericordia: el momento de abrazar, de dar la bienvenida, de cambiar el gesto esquivo por la mirada comprensiva. Es el tiempo de sanar, de acoger sin preguntas, de aprender a llorar y de no temer a la risa. Es el tiempo de Dios hecho carne. Misericordia es tomar conciencia de la propia carne y desde ahí acoger la carne trémula del que busca la felicidad sin saber darle nombre. Esta apuesta cambiará el rumbo de la Iglesia. Por diversas razones, nuestra credibilidad está seriamente tocada. Y muchas de nuestras ofertas, definitivamente hundidas. No pasa nada. Es sólo que la Historia se va desarrollando y, con ella, el deseo de autenticidad de los pueblos. Y nuestra autenticidad pasa por elegir la misericordia a cualquier otra forma de acercarnos a los latidos del mundo. Por encima de la tradición y de la inercia cultural. Muy por encima del cuidado de las formas y de esa excusa para no ensuciarse las manos que muchos llaman “prudencia”. Mejor heridos que sin hacer nada, dice el papa. Es el momento de hacerlo. El mundo se pondrá del lado de la misericordia si la ejercitamos. El fracaso, pues, sólo puede nacer de nosotros. Sólo nosotros, los creyentes, podríamos dejar en nada esta oportunidad histórica. Misericordia, esa mariconada: parecen decir algunos comentarios y no pocos rostros de presuntos cristianos. Donde haya una buena misa, donde esté un buen rosario, donde se ponga un buen libro de teología… parecen decir. Mariconada es una palabra espantosa de connotaciones homófobas. No la uso en ese sentido, por supuesto. Sino en ese otro más coloquial con el que se le adjudica a las cosas que tienen poco valor, los inventos insustanciales del que experimenta con tonterías. Así ven algunos esta apuesta de la Iglesia. Pero resulta que en esta presunta mariconada nos jugamos ser lo que Dios quiere que seamos. Nos jugamos parecernos a Dios, que sale al encuentro de todos, que no olvida a ninguno. Así son las cosas. Lo realmente vacío es no arriesgar, no buscar el rostro de Dios que nos hace preguntas, que nos cuestiona por el rumbo que imprimimos a su Iglesia.

@karmelojph