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La noche en que Sinatra entró a trompadas en el chalé de Ava Gardner en Madrid

Ava Gardner y Frank Sinatra. Ava Gardner y Frank Sinatra. Ava Gardner. Frank Sinatra.
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Ava Gardner y Frank Sinatra.

Frank Sinatra, del que se cumplió ayer el centenario de su nacimiento (Hoboken, Nueva Jersey, 12 de diciembre de 1915), ardía en celos por Ava Gardner, con la que contrajo un matrimonio azaroso de seis años sin tregua(1951-1957), salpicado de continuas rupturas y reconciliaciones, y de asedios del cantante tras los pasos de la actriz de un continente a otro, cuando la diva voló a España a beberse las noches y ponerse el mundo por montera.

“Yo vi entrar con la cara desencajada a aquel hombre, a pocos metros de mí, borracho y loco de celos”, relató en ¡Viva la radio! Alfonso Soriano, político y escritor tinerfeño, que presenció en su juventud una de las escenas de cólera de Frank Sinatra a la caza de Ava Gardner. Él y dos compañeros de carrera habían sido invitados por la protagonista de Venus era mujer, a mediados de los años 50, a una de sus sonadas fiestas en Madrid. Ese episodio es prácticamente desconocido por los biógrafos de Sinatra y Ava Gardner. Soriano fue uno de los pocos testigos.

“Yo vi con la cara desencajada a aquel hombre, a pocos metros de mí, borracho y  loco de celos”

 “Había comenzado Derecho en la Laguna y lo terminé en Madrid, y ese año nos encargamos tres alumnos de organizar la fiesta de fin de curso del Colegio Mayor”. Soriano recorrió con sus dos colegas los cabarets de la época y reclutó algunos artistas de moda para el espectáculo estudiantil. “Los colegios mayores competíamos por hacer la mejor fiesta en la Ciudad Universitaria”. Junto al Diego de Covarrubias, de Soriano, que se llamaba entonces Santa María del Campo, rivalizaban otros dos colegios, el Nebrija y el Cisneros. “Ese año ganamos por goleada”.

Uno de los comisionados conocía al productor artístico Martín Avisanda, que les recomendó a Conchita Velasco, “un bombón de Valladolid, de 17 o 18 años, que actuaba aquellos días de bailarina en el Teatro Alcázar”. El humorista Gila fue el único que quiso cobrar. “Le hicimos ver que éramos estudiantes y no teníamos un duro, pero él no cedió, y a mí, que lo tenía en un pedestal, se me vino abajo”. Avisanda les quiso dar ánimos con una idea descabellada. Comentó que andaba por Madrid una celebridad de Hollywood, Ava Gardner, afín a las fiestas, pero añadió: “Es un objetivo prácticamente imposible; está fuera de mi alcance”.

Alfonso Soriano.
Alfonso Soriano.

“Ese maldito país”
Ava Gardner, que se había mimetizado con Madrid y creía que España era como ella, voluble y apasionada, tenía fama de mujer fácil, pero también de distante fuera de su círculo íntimo. El flechazo de la actriz por la España franquista (en contraste con el rechazo de Sinatra, por los desaires de Ava: “Nunca volveré a ese maldito país”) se produjo en 1951, cuando llegó con 29 años a rodar en la Costa Brava Pandora y el holandés errante, una película de Albert Lewin. Tenía entonces una aventura con el torero Mario Cabré, compañero de reparto, y en Estados Unidos era público su romance con un Sinatra casado que la seguía a todas partes. La Voz no tardó en viajar a España en su avión privado y lanzó una doble amenaza: si seguía con el torero los mataba a los dos.

Ava y Sinatra se casaron al año siguiente. Pero no tardaron en entrar en una espiral de infidelidades y recomienzos, y ella volvió a España por Navidades en el 53, tras estrenar en Nueva York La condesa descalza, de Joseph L. Mankiewicz, atraída por otro diestro, Luis Miguel Dominguín (una alianza que novela Nieves Herrero en Como si no hubiera un mañana), y para recuperarse de un aborto provocado en sus desencuentros con Sinatra.

“Dudo que el incidente se haya reflejado en las biografías, porque lo vio poca gente y yo estaba esa noche allí”

Tuvo tres casas en Madrid, y una de ellas era La Bruja, en La Moraleja. Fue mudándose de nido en nido, hasta refugiarse en un dúplex de la calle del Doctor Arce, donde su vecino de abajo llegó a denunciarla por exceso de decibelios. Era el exiliado Juan Domingo Perón, expresidente de Argentina, que sentía fobia a las fiestas nocturnas de la actriz. Ella bebía tequila, jerez y bourbon. No lo ocultaba, estaba en brazos del alcohol y los amores taurinos. “Joder es un buen deporte”, decía. Sinatra, en Estados Unidos, estaba lejos y arruinado, poco antes de ganar un Óscar y remontar en su carrera. Ava permaneció en Madrid, con entradas y salidas, hasta 1967. Los dos monstruos del espectáculo americano se amaban y odiaban, se buscaban y repelían, hasta la muerte. Él, que murió en 1998, sobrevivió ocho años a ese amor terrible, y ninguno de los dos logró arrancarse en vida el vicio de quererse sin límites.

“Conseguimos la dirección y no lo dudamos, con un exceso de optimismo”. La Bruja era el primero de los dos únicos chalés que en ese momento había en la Moraleja (le había costado 66.000 dólares de entonces), hoy una urbanización de élite en la capital del Reino. Y los tres intrépidos estudiantes de 20 años fueron a buscar a la “mujer más deseada”, Ava Gardner, en La Moraleja, al chalé que tenía en el tejado una veleta con una bruja encima, “y tocamos en la puerta”. Estaban tocados por la suerte. La actriz se encontraba en casa y los recibió. “Apenas chapurreaba el español y para nuestra sorpresa aceptó la invitación. Nos dijo: ‘Ah, pues me gusta, voy al colegio mayor’. Y fue así de sencillo, le dijimos el día y la hora y quedó acordado en el acto”.

El animal más bello del mundo

A la pregunta de rigor, ¿cómo era físicamente en persona la mujer calificada, con reverencia machista, como el “animal más bello del mundo”, Soriano todavía recuerda el impacto que le produjo tenerla frente a frente: “Era, sin duda, una mujer impresionante, un cuerpo perfecto, un rostro bellísimo. No tenía una pega, ni su fama se resentía de cerca. Yo creo que después de Cleopatra, no ha habido otra mujer con su hermosura. A los tres nos dejó eclipsados, no dábamos crédito: estábamos con ella y aceptaba ir a la fiesta”.

Hasta que llegó el momento, nadie les creyó. “Pensaban que se trataba de una coña nuestra, y los colegios de los alrededores fueron a comprobar si era verdad”. Aquel día, a la hora convenida, Ava Gardner se presentó en la fiesta universitaria de Soriano y sus compañeros. “Fue la sensación”. La Gardner se sentó en la mesa principal junto al director del centro, Juan Iglesias Santos, “un personaje siniestro, gran romanista, que no se había visto en otra”. Eran mesas de ocho y diez alumnos. Soriano y los otros dos artífices del logro de la estrella se sentaron junto a Ava Gardner y disfrutaron de su compañía y de sus comentarios felices durante el almuerzo inolvidable. “El bombazo vino después”, recuerda todavía incrédulo el jurista y exdiputado que sería primer presidente de la Junta de Canarias un cuarto de siglo más tarde. Quedó tan satisfecha de la velada, que antes de despedirse les dijo a los tres: “Les invito a una cena que organizo en mi casa en La Moraleja”. Eran los días fogosos de ella y Dominguín, aquel de la legendaria anécdota, según la cual tras la primera noche juntos en el Hotel Hilton, Ava le preguntó a la mañana siguiente al verlo salir de la cama: “¿A dónde vas?”, y él le confesó: “A contarlo”. Entre Ava Gardner y Dominguín se fortaleció la relación el día que él la llevó a un hospital dolorida con piedras en el riñón. El idilio no estaba exento de obstáculos. Ava se lo ocultaba a Sinatra, que era un celoso fiero. También trató de interferir entre ambos Howard Hughes, obsesionado con conquistarla, al que en una ocasión le tiro un cenicero de ónice a la cabeza.

“El bombazo fue que la actriz nos dijo: ‘Les invito a una cena en mi casa en La Moraleja”

“Había una piscina en el centro y estaba rodeada de mesas. Era una cena por todo lo alto”. Los tres estudiantes acudieron a la cita llenos de entusiasmo. De pronto, “nunca me olvidaré de aquel rostro desencajado”. Soriano relata que hacia las tres de la madrugada irrumpió en el chalé Frank Sinatra. “Yo estaba a pocos metros de él, lo vi entrar borracho. Es verdad que allí todo el mundo ya lo estaba a esa altura de la noche. Él se presentó con varios acompañantes. Y lo único que recuerdo es ver volar las sillas sobre la piscina y una trompada por aquí y otra por allí. Nosotros, tres pardillos, éramos los más jóvenes, carne de cañón para aquel hombre enfurecido, y salimos como un tiro. No recuerdo más. La imagen de Frank Sinatra fuera de sí pasando cerca de mí no la olvidaré nunca. Y dudo que este incidente se haya reflejado en las biografías que se han escrito sobre ambos, porque la vivió muy poca gente y yo tuve la oportunidad de estar esa noche allí”.