tribuna

Los olvidados de los olvidados – Por Andrés Aberasturi

El pasado jueves se celebró uno de esos “días de…” dedicado en esa fecha a la discapacidad. Y no resulta nada fácil abordar este tema y tratar de clarificar un mensaje que puede desorientar porque los medios de comunicación -y es lógico- dedican algún minuto a la no exclusión, a la defensa de los derechos de todos, a la necesaria y urgente integración etc. Pero no sólo los medios. Muchas organizaciones inventan hermosas frases como “está bien ser diferentes” “dis-capacidad no es in-capacidad”, o apelan a los derechos que tienen todos los seres humanos. Y naturalmente tienen razón y suscribo cada una de estas iniciativas. Pero hablar de discapacidad es generalizar demasiado y cuando en esa generalización se muestra sólo parte del problema, la parte más posibilista e incluso puede que la mayoritaria, la realidad de muchos otros corre el peligro de quedar silenciada. Todos deseamos que se cumplan esas obligaciones legales de dar trabajo a un número de discapacitados -precepto que no cumplen la mayoría de las administraciones- y todos queremos talleres y pisos tutelados y la mayor independencia posible para quien pueda disfrutarla. Y ahí está precisamente el agujero negro que en conciencia necesito denunciar. Porque no todos los discapacitados, por desgracia, están esperando un trabajo, un piso o la integración plena en una sociedad que sigue haciendo diferencias. No es el caso de todos.

He dicho que generalizar es siempre peligroso y la sociedad debería saber que también hay otra forma de calificar -mucho más coherente desde mi punto de vista- a los que genéricamente se les denomina como discapacitados: el grado de dependencia de terceros tan solo para llevar una vida digna. Y siempre son los grandes dependientes, los que se califican de severos o profundos, los mas invisibles, los que pasan desapercibidos porque nunca podrán batir un récord o escribir una página heroica de superación. Son los grandes olvidados de los olvidados cuyo único objetivo -y ni siquiera ellos lo saben pero sí quienes les aman- es seguir un poco más en el mundo con todas sus carencias, con sus patologías asociadas, con sus miradas inocentes, con su simple “estar” -mucho más que “ser”- embelleciendo la vida. De ellos no se habla y cuando la Administración reparte sus ayudas los divide -créanme- en “lotes”: lote 1, lote 2, lote 3. Es el lenguaje que utiliza la burocracia, se excusan avergonzados y uno se pregunta de qué sirve tanta celebración si quienes legislan aun no han sido capaces ni siquiera de cambiar la palabra “lote”. Es naturalmente una anécdota triste porque detrás de los “lotes” hay un precio, una subvención -que no una caridad- tan absurdamente repartida en el Acuerdo de la Comunidad de Madrid que coloca en el “lote 1” (el que le sale más barato, claro) a los discapacitados físicos y a esa minoría de “profundos” cuya vida depende las 24 horas de un tercero. Con esta sensibilidad y esta falta de coherencia (denunciada) ¿qué podemos esperar? Solos, en un mundo sin palabras, sin comunicación, el silencio de los que administran nos llena de pesimismo y de vergüenza.