acabo de llegar

Palabrotas gordas – Por Carlos Acosta García

La relectura de un libro puede deberse, según unos, a simple manía; según otros, a que algo quedó oscuro la vez anterior. Y como quedó oscuro por esto, aquello o lo de más allá se vuelve a tomar el libro y… aquí estamos. Son ya varios los artículos que les he ofrecido en fechas recientes en esta sección. Casi siempre sobre asuntos gramaticales aunque sin que los temas se parezcan demasiado entre sí. El libro al que aludo se titula Lección pasada de moda y su autor es don Javier Marías, académico de la Española, como ya dije en su día. Hoy me he detenido en tres capítulos en los que se habla de palabrotas, insultos, zafiedades, improperios y un largo etcétera; más largo de lo que ustedes suponen.

De niño solo conocí tres palabrotas: coño, carajo y puñeta. Lo de coño continúa impertérrito, imperturbable. Las otras dos palabrejas han pasado a mejor vida. También recuerdo, aunque un tanto desgastadas por el tiempo, las voces mamarracho, mentecato, desgraciado…pero eran palabrejas tan débiles que en pocos años -¿pocos?- se han ido con la música a otra parte, donde no se sabe cómo habrán sido acogidas. Dice el señor Marías que los tres sectores más aficionados en nuestros días a las palabrotas e insultos a nuestros semejantes son los camareros, los taxistas y las rameras. Si el señor académico lo dice, sus razones tendrá. Pero creo que hoy dicen palabrotas más o menos gordas -¡y blasfemias!- señoras y señoritas de muy buen ver.

Al citar ahora la palabra blasfemia he recordado, como si hubiera ocurrido hoy, que la última multa que se impuso en España por blasfemar fue una contra el famosísimo bailarín Antonio. No me refiero a Antonio Gades, que fue también un artista espléndido en este arte de la danza, sino a Antonio el de Rosario. ¡Qué pareja de bailaores! Lo cierto es que pagó Antonio las diez pesetas de la multa y todo terminó. A partir de entonces, la blasfemia se emplea libremente; no hay pena material contra ella. Y como si se hubiera abierto la veda, comenzaron a circular como Pedro por su casa.

En cada esquina se oye eso de ramera, hijo de…, macho cabrío en aumentativo…. O sea, que a nadie se le ocurrirá decir que en esto de las palabrotas estamos en lo más bajo de la clasificación mundial. Por el contrario, da la impresión de que somos casi campeones. Pasa lo mismo con los insultos contra Dios, su Madre, los santos y, especialmente, contra la Hostia. Es algo así como un deporte que se practica un día y otro. Y que no es exclusivo de los varones. Uno conoce mujeres, muchas, muchísimas que, a la hora de blasfemar, no se cortan un pelo. Una cosa así como el pan nuestro de cada día, que ya es decir.

Nadie pierde el tiempo en decir cositas leves como machango, estúpido, mentecato, cretino, desgraciado, idiota, miserable, canalla, mequetrefe, inepto, cochino, cerdo, cínico, ignorante, chulo… Por supuesto que las palabrotas, dedicada a Pedro o a Juan, parecen tener abonado su terreno en esta época. Una época en que la educación o ha desaparecido del globo o se ha ido a vivir a lugares lejanos como la selva amazónica, el desierto del Sahara… O a la Isla de Pascua, a hacer juego con las tremendas piedras que esta última nos ofrece.

Finalizo con una leve anécdota. Hace pocos meses fui a la consulta de un médico capitalino. Había siete personas en la sala de espera. Tres hombres y cuatro mujeres. Al entrar se me ocurrió decir buenas tardes. Nadie me contestó; pero, además, dos de las señoras se pusieron a cuchichear mientras me miraban. Es posible que dijeran:

-Se ve que es un tío de campo. Mira que saludar a unos desconocidos.

Así están las cosas, amigos.