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¿Por qué odio los domingos?

1. Yo recuerdo, de chico, los domingos felices, la misa de 11, la tertulia por fuera de la iglesia con las familias amigas, los reclinatorios mullidos y reservados en una zona del templo. Había un respeto. Pero desde que el changa arrasa, todo ha cambiado. El changa tenía, antañazo, cierto respeto a la hora de bajar al centro y ahora cada vez que doy marcha atrás con el coche me encuentro a una doña con un carrito, que parece que cruza a propósito para que le des un golpe y montarte la bronca. Yo achaco todo esto al carnaval. El carnaval juntó a las clases sociales, e hizo bien, pero a mí, que soy bastante particular en cuanto a roces, me jodió vivo. Ni aguanto a la masa, ni aguanto al changa y es sabido que tampoco aguanto a las murgas. Me aburren. No sé si mi amigo y compañero de aquel jurado, Nicasio Ramos, comparte conmigo este criterio. Si había una orquesta elegante y afinada era la suya, la Nick and Randy, que luego se llamó Nicanrandi. A mí me gustaba más el primer nombre y daba gusto oírlos tocar, acompañando a Antonio Machín.

2. No olvido la anécdota del chachi que había ido al Tabares o al Copacabana, ya no recuerdo, a escuchar a Machín y como el maestro no arrancaba con su Dos gardenias, el grifa empezó a ponerse nervioso, se arrodilló en medio de la pista de baile y, a voz en grito, suplicó, juntando sus manitas: “Don Antonio, don Antonio, Dos gardenias, por favol”. Me cuenta Nicasio que una vez Machín se quedó sin orquesta, los llamaron y él desconfiaba que pudieran acompañarlo con calidad. Cuando los oyó tocar, sorprendido y sonriente, dijo: “Se acabó el ensayo, con ustedes no hace falta; parecen mi orquesta”.

3. En fin, que les hablaba del domingo y he hecho una disquisición un tanto metafísica de la jornada. No me gusta. Ni siquiera voy a misa, ni hay familias a las que saludar porque no conozco a nadie ni quiero conocer a más gente. Tengo el cupo cubierto. Además, ya no vivo en el Puerto, en donde la gente tenía más respeto. A ver si hoy puedo ir al rastro, a comprar una máquina de escribir por cuatro perras. Me encantan las máquinas viejas para alimentar mi cierto síndrome de Diógenes. Y eso.
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