DOMINGO CRISTIANO

Te he preparado un cuerpo

Caminar hasta Candelaria, recorrer el Santuario del Cristo de rodillas, acompañar a la Virgen de las Nieves con los pies descalzos, llevar ofrendas a los templos que custodian a Guadalupe o a Los Reyes… Los más leídos siempre han mirado con recelo las promesas que se imponen los más sencillos. Existe la sospecha de que, más que entre los actos de fe, habría que ubicarlas en el capítulo de supersticiones y fetichismos que tan a menudo conviven con la genuina creencia en nuestro señor Jesucristo. Que hay quienes quieren comprar la voluntad de Dios con cargo a los dolores que se autoinfligen, ¡pues claro que los hay! Muchos menos de los que le pasan la manita por la cabeza al calvo de la lotería o frotan la chepa al vecino con la esperanza de que eso atraiga a la suerte. Muchos menos de los que ponen su confianza en los astros o en la hechicera de moda. Pero los hay. Quienes sí abundan y resultan incontables son las personas que en sus promesas sencillas, un tanto masoquistas si se quiere unificar diagnósticos, en esos simples actos ponen todo el corazón. Intuyen, creo yo, que la fe ha de expresarse con obras y que la confianza en Dios en medio de la adversidad tiene que ser mucho más que un sentimiento. Por eso se ponen en marcha y en su caminar sacrificado colocan toda la hondura de lo que son y de lo que necesitan. Yo leo profundidad en esos andares devotos.

Dicho esto, la Navidad nos trae el encargo de descontaminar la fe de todo aire rayano en la superstición. Es su mensaje: se nos ha dado un cuerpo. Y no es para torturarlo buscando que nuestro dolor llame la atención de un Dios sediento de sangre y de rodillas desolladas. Se nos ha dado un cuerpo porque un cuerpo fue suficiente para traer a Dios hasta la tierra. “Tú no quieres sacrificios ni ofrendas, pero me has preparado un cuerpo. Entonces yo dije lo que está escrito en el libro: Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad”. Así explica la carta a los hebreos el acontecimiento del nacimiento de Jesucristo, el cuerpo. Y de este ejemplo bebemos los creyentes para entender la Navidad: lo que nos acerca a Dios, lo que le agrada, es que sepamos estar. Que le agradezcamos lo que somos con una vida honesta, limpia y que mire de frente el misterio de la presencia de Dios en este mundo. “Te he preparado un cuerpo”, parece decir Dios en la Noche Santa. No necesitas más. Ni tan siquiera es imprescindible que esa carne temblorosa que se nos ha regalado funcione a la perfección. Es sólo cuestión de orientarla a Dios, de situar la propia vida ante sus ojos. Ése es el sacrificio que Dios quiere, no hace falta más. Dios no necesitó más. Estar. Eso y ponerse en marcha para compartir con los demás la experiencia irrepetible de disponer de toda una vida, un cuerpo entero, para buscar su rostro y descansar en él. Para luchar por quienes sufren en su cuerpo ajado los dolores que nadie merece. Feliz Navidad. Y serenas y responsables votaciones.

@karmelojph