eL CHARCO HONDO

Todo esto

Realmente, queremos y creemos lo que queríamos y creíamos antes de todo esto, antes de la campaña. Pensamos lo que pensábamos antes de que los expertos en hipnosis se adueñaran de la realidad con eslóganes dirigidos a cerebro (propuestas), corazón (promesas) e intestino (demolición política o personal del adversario). Para votar hay que desandar mentalmente el camino. Debemos volver atrás antes de mirar hacia delante. Recapitular. Hacer memoria. Rescatar del olvido el catálogo de acciones e inacciones de unos u otros. Tenemos que recordar lo que estos o aquellos han hecho -o deshecho- durante los últimos cuatro años. Reconstruir lo verdaderamente ocurrido, lo que pasó, no lo que estos días nos dicen que pasó -unos u otros, sin distinción-. Entonces sí, una vez que hayamos hecho balance, toca decidir –sin miedo- qué país queremos, qué proyecto se acerca más a nuestro modelo de sociedad. Malo será que, a pocas horas de que abran los colegios electorales, no tengamos claro qué balance hacemos o qué país queremos. Raro. No es normal -respetable, pero extraño- que no sepamos de dónde venimos o en qué sentido queremos ir. La decisión, el voto, es el último paso de un proceso que no siempre resulta sencillo. El cerebro funciona de un modo bastante binario; le resulta fácil elegir entre dos opciones, pero bastante menos si -como es el caso- son más de dos. Por lo demás, no nos lo ponen fácil.

Cuanto más elaboradas son las campañas -y ésta lo ha sido- más trabajo cuesta tomar una decisión. Decidir exige claridad para discernir con acierto. Estos días de truenos -a mayor confusión, menor claridad- no permiten las condiciones de tranquilidad que una decisión requiere. Según Paul Valéry, política es el arte de evitar que la gente se preocupe de lo que le atañe. Nos atañe. De ahí la oportunidad de tener presente, a la hora de votar, que pensamos y queremos lo que pensábamos y queríamos antes de todo esto.