la entrevista del domingo

“Vendemos millones de jamones Montesano en el mundo con oficinas en Japón y China”

Martín García Garzón. | FRAN PALLERO
Martín García Garzón. | FRAN PALLERO

Martín García Garzón coloca en el altar de los jamones el ibérico puro extremeño, “y si es Montesano, mejor”. Cuando hace ahora 50 años fundó su empresa de productos cárnicos en La Esperanza (de donde es hijo adoptivo), en Tenerife, no podía imaginar que, a la vuelta de los años aciagos de aquel sueño, se vería exportando a China, Japón y otros países de Asia y a la mayor parte de Europa y América. Es un empresario de éxito que predica dos divisas: el trabajo y la humildad. Esas dos máximas cree haberlas sabido inculcar a sus tres hijos, que han tomado el timón de la empresa familiar, creada, a su vez, bajo el espíritu que asimiló de los padres en su Salamanca natal, una niñez entre manadas de cerdos, “el animal más noble que he conocido”. Al cumplir las bodas de oro de su empresa, una de las punteras del sector en España, resultó distinguido este año con el Premio CEOE-Tenerife Rodolfo Machado von Tschusi a la Trayectoria Empresarial.

García Garzón lideraba la cúpula empresarial de la carne en España, integrada por 1.000 industrias, cuando a comienzos de siglo estalló la crisis de las vacas locas, y él diseñó una estrategia de comunicación que aplacó la alarma social. Por eso ahora, bajo el impacto del S.O.S. de la Organización Mundial de la Salud, que hace dos meses alertó sobre el efecto carcinógeno del consumo abusivo de la carne roja y la procesada, invoca el sentido común, como entonces: “Nadie come todos los días carne”, y enarbola el mejor consejo que legó aquel sabio de la nutrición, Francisco Grande Covián, fallecido hace ahora 20 años (lo que nos recuerda que se ha incurrido en un evidente olvido): comer con variedad, “pero en plato de postre”. Comer poco de todo y mucho de nada.

-Usted voló y puso el nido en Tenerife, hace medio siglo. ¡Quién se lo iba a decir!
“Mis padres no querían que me fuera de casa. El disgusto que les pegué fue monumental. Desde niño, yo compraba ganado con mi padre, me movía en este mundo; trasladábamos manadas de cerdos con herradores a lo largo de 50 kilómetros. Mi padre me lo enseñó todo, y mi madre para el negocio era una artista: vendía toda la carne que quería. Yo seguía sus pasos. Maté, desollé, despiecé y vendí carne detrás del mostrador. Una vez casi no lo cuento. Cortando carne, se me resbaló el cuchillo y se me clavó en la femoral, en la ingle. El médico se las vio negras para detener la hemorragia y coser la herida. Escapé. Cuando estudiaba en Salamanca, la guagua me dejaba a las seis de la mañana en la plaza del pueblo, donde estaba mi casa, bajaba, saludaba a la gente, me ponía el mono y ayudaba en el matadero y en la carnicería como uno más. Mi vida era el negocio familiar. Pero a los 26 años me tentaron con venir a Tenerife a montar una industria de embutidos, vi posibilidades y me lancé. Cuando me fui, al siguiente invierno, mi padre lo vendió todo y cerró. Fue una crisis familiar importante. Mi otro hermano -éramos dos varones y tres chicas- se dedicó a la banca. Pero después pasó algo curioso: mis padres se enamoraron de Tenerife y venían a pasar largas temporadas conmigo. Un día, estando en la Isla, le diagnosticaron cáncer (había sido fumador), la enfermedad que mató a dos de mis hermanos. Él llegó a los 80 y ella, si la dejan, casi llega a los 100. Si ahora estuvieran y vieran lo que estamos haciendo en Tenerife, en Extremadura y en medio mundo, cómo hubieran disfrutado mis padres, ya lo creo”.

-Y se trajo consigo la escuela de casa, la lección familiar bien aprendida.
“Ellos me lo dieron todo. La casa era una romería. Todos iban a nuestra casa a comprar. La Fuente de San Esteban, mi pueblo, era cabecera de zona. Había muchos ganaderos y terratenientes alrededor. Mi padre tenía mucho prestigio, hacía las cosas bien, era muy serio, daba buen servicio. Esa fue mi escuela: respeto, trabajo, sinceridad y no hacer el mal. Todos querían comprarle carne. Los domingos había mercado y, como iban a misa desde todas las fincas, todo el mundo terminaba en la tienda: si hacía frío, a resguardarse y a comprar, y si no, a esperar y conversar antes de marcharse. Una placa lacada en blanco recuerda el negocio familiar: Carnicería Martín García Ortega. Está intacta, es de 1922, el año que mis padres se casaron. Un sobrino la encontró en el pueblo y me dijo, ‘llévatela’, y le dije, ‘yo me la llevaría, pero dice más aquí, que es donde conocían a mi padre, este es su sitio”.

-El Grupo Montesano es un caso de laboratorio para entender la globalización. De carnicero de pueblo a vender carne en el mundo. ¿A qué países llega?
“Fuimos los primeros autorizados para vender en China hace unos 10 años. Ya estábamos en Japón. En Asia estamos también en Hong Kong, Corea, Singapur, Tailandia. Tenemos oficinas y personal nuestros en Japón y Shanghái. Mandamos jamones a Australia. En Europa, prácticamente desde Suiza, Checoslovaquia…, tenemos clientes en casi todos los países. En América mandamos bastante a Canadá y México; Centroamérica y casi toda Sudamérica. Me acaban de enviar una foto de Perú con los primeros jamones con hueso que entran procedentes de España: son de Montesano”.

-¿Que el islam prohíba la ingesta de cerdo le veda la entrada en África?
“No exactamente, porque exportamos algo a Mauritania y Senegal, pero es cierto que no hay cultura del cerdo. Sobre las posibilidades de Canarias en África, mi sector no se da por aludido. La prohibición musulmana de consumir cerdo es una cuestión de creencias y tradiciones, y contra eso no se puede ni se debe actuar”.

-¿Usted no cree que en Japón, donde conocen tanto el jamón español, acabarán llamándolo japón ibérico?
“Conocen tanto, no; conocen más del ibérico que los propios españoles. Lo aprenden todo rápidamente, saben cuándo es de bellota y cuándo de cebo”.

-¿Pensó montar exactamente este conglomerado o una empresa de andar por casa?
“Cuando vine a explorar las posibilidades de montar una industria cárnica en Tenerife, a sugerencia de un pariente que pasó por aquí procedente de Argentina, no podía trazar planes de esta envergadura. Nadie es capaz de hacer una hoja de ruta para 50 años. Las variables son tantas que es imposible. En el Punto de Encuentro de DIARIO DE AVISOS, el ministro de Economía Luis de Guindos nos dijo que hoy una empresa no puede estar solo en una comunidad; si no sale de su comunidad corre peligro. Y vi que habíamos hecho bien”.

-¿Cuál fue el momento más difícil?
“Los inicios fueron amargos. Yo bajaba muchas noches de La Esperanza, en un cochito que tenía, casi llorando. Y me decía, pues yo de aquí no me voy. Adaptarte a estas condiciones de fabricación, con productos congelados y materia prima distinta a la que había manejado toda mi vida, fue duro. La mano de obra no sabía ni lo que era un cuchillo, ni lo que era despiezar. Aquí hubo que enseñarlo todo. Y un día, a raíz de unos problemas con los socios, les dije, señores, yo dejo la empresa y me busco la vida. Entonces, Luis Zamorano, que era uno de los socios, dijo, ‘No, no, Montesano lo has hecho tú y es tuyo, así que el valor que tenga nuestra parte nos lo pagas y te quedas con la empresa’. Llegamos a un acuerdo, me quedé con Montesano y fue cuando de verdad arranqué”.

-¿Cómo ha hecho ahora la sucesión familiar?
“Mis tres hijos salieron a mí. Son de la cultura del esfuerzo. Raúl es director general; Jaime, director comercial, y Carmen, responsable de Marketing y Relaciones Externas. Tienen los sueldos que establece el mercado. Los dos varones son gemelos, y la chica tiene dos años menos. Los tres se llevan bien. El cambio lo hice con tiempo. Y di un paso al costado, ya no estoy en el día a día, pero estoy, sigo ayudándolos. Soy un convencido de que la juventud y la experiencia deben combinarse. Ellos hacen y deshacen, y yo meto las narices, me piden consulta y tengo la puerta abierta. Todavía sigo llegando todos los días a las ocho y me voy a las nueve de la noche. Yo siempre le he echado horas al trabajo”.

-¿Un estajanovista como usted, vive para trabajar o trabaja para vivir?
“¿Trabajo muchas horas? Sí. Pero me divierto y soy feliz. Me encantan otras cosas, como el senderismo, pero el trabajo es mi vida. Y me considero un privilegiado. Mis padres me enseñaron a trabajar, la cultura del esfuerzo. Trabajo en lo que me gusta y disfruto mucho con lo que hago. Para mí no es un trabajo, es un disfrute, y como mis hijos me han dado ocho nietos, yo les cubro cuando tienen obligaciones familiares”.

-Se cuentan versiones de su jubilación, algunas insólitas.
“Tengo 78 años. Y, ciertamente, la mía es una jubilación muy sui géneris. No cobro pensión alguna y sigo cotizando. Al hacer la transmisión, me quité el sueldo. Le vendí unas acciones particulares a la empresa, que me las va pagando mensualmente. Soy un caso atípico, porque podría dejar de cotizar. Pero no lo he hecho, me guío por mis principios, y si yo puedo pagarlo, pues en lo que pueda lo aguanto. Qué más da”.

Martín García Garzón. | F. P.
Martín García Garzón. | F. P.

-¿Cuál ha sido su secreto?
“¿En estos 50 años? La experiencia me dice que no es más que trabajo, trabajo, trabajo, rectitud, comportamiento honesto, la marca de mis padres, darle todo lo que el negocio te pida. Nunca he sacado dinero de la empresa, todo lo que ganaba lo reinvertía. Mi sueldo siempre ha sido discreto, para vivir. No me gusta alardear. Tengo lo que quiero, que es una vida normal. No necesito barcos ni grandes viajes, ni grandes coches”.

-En Navidades ustedes con el jamón tocan el violín.
“Es verdad que el jamón deshuesado o loncheado -no como pieza entera- se vende todo el año, pero en estas fechas, entre noviembre y diciembre, hay un gran aumento de las ventas. En dos meses se vende el 30-40% del total del año. Eso, es como para tocar el violín”.

-¿Cuántos jamones vende al año?
“Unos 300.000. Tenemos un stockaje permanente de medio millón de piezas”.

-¿Y en medio siglo cuántos ha venido en todo el mundo?
“Millones. Este año podemos haber exportado por valor de cinco millones de euros”.

-La noticia es que, pese a la crisis, Montesano continúe su expansión después de Extremadura, la meca del cerdo ibérico.
“Hace 20 años compramos en Jerez de los Caballeros (Badajoz) un matadero de cerdo ibérico con fábrica de jamones y embutidos. Extremadura, en efecto, es una región emblemática de la raza. Nosotros aquí, en la Isla, tenemos una fábrica en La Esperanza y trabajamos materia prima de cerdo de capa blanca (jamón serrano, cocido, fiambres, embutidos). Necesitábamos dar el salto de calidad, con una planta de ibérico. Ahora somos un conjunto industrial de lo más logrado que hay en España. Tenemos todo: matadero, fábrica y capacidad para realizar los procesos de curación dentro de la misma planta. Participamos también en una pequeña fábrica de hamburguesas en Barcelona. Y estos días pensamos crecer con otra planta de ibérico en la sierra de Sevilla. Necesitamos ampliar secaderos; no nos caben en la planta los jamones que tenemos”.

-¿Es cierto que la curación del jamón dura años?
“Primero se somete a un proceso de salazón en unas cámaras a cero grados con sal, que penetra en el jamón y extrae el agua. Es sumamente delicado, porque hay que evitar que la sal llegue al centro del jamón y lo descomponga. Después, se le lava y desala y permanece tres meses en otras cámaras a 4-6 grados, mientras la sal avanza lentamente hacia el centro de la masa cárnica del jamón. Cuando este haya perdido el 18-20% de agua, está fuera de peligro, y se puede llevar a temperatura ambiente en secaderos naturales, controlando humedad y ventilación, abriendo y cerrando ventanas, observando la velocidad del aire y la temperatura. Al jamón de bellota -de máxima calidad- lo trasladamos a unas bodegas, donde quedará dormido dos años más. Puede decirse que esperamos seis años por él, a que esté listo”.

-Una labor de bata blanca. ¿Quiénes son los galenos del jamón?
“Nuestros veterinarios e ingenieros, que hacen las analíticas. Pero el que más sabe es el que lo ha mamado. Yo lo mamé de pequeño. Me crie entre cerdos. Desde los 8 años yo ayudaba a mi padre en el sacrificio”.

-¿Sentía remordimiento?
“Antes, a la hora de matar se era más bruto, se les daba la puntilla con un punzón, como el descabello de los toros,detrás de la cabeza. Hoy, por suerte, el sacrificio es con anestesia eléctrica. Tras la descarga, el cerdo pierde el sentido, y muere instantáneamente. Antes sí sufría. Pero en aquellos años 40-50 el concepto del sufrimiento del animal no existía. El animal era un animal y desgraciadamente se le tenía para sacrificarlo, para alimentar al ser humano. Pero cuando lo habías criado tú mismo daba mucha pena. Porque les coges cariño”.

-Las protectoras vigilan que sea previamente aturdido.
“Claro, tenemos grandes controles para garantizar que no sufra. Vienen inspectores de Madrid y de Bruselas a comprobar si cumplimos el protocolo. La carne es mejor si el animal no sufre. Un toro de lidia en la plaza sufre tanto que la carne sale encendida, febril, roja, negruzca”.

-Del cerdo todo se aprovecha, pero todos los cerdos no son iguales.
“Hay dos tipos de cerdos, el de capa blanca, que vive en granja cerrada, y el ibérico, que vive al aire libre. El cerdo de calidad es como el que tenemos en Extremadura. Allí 400 madres producen 6.000 cochinos al año. Tenemos 5.000 hectáreas de fincas con bellotas para engordarlos, y un acuerdo con otras 600 cerdas madres, que darán 15.000 cochinos, ibéricos todos”.

-Permítame este tributo al Loco de la Colina: ¿qué le dicen los cerdos?
“Siempre llevo conmigo fotos en el móvil de cerdos en nuestras fincas de bellotas. Es un cerdo feliz. Yo lo veo y me digo, me gustaría reencarnarme en cerdo. Están en estos campos felices comiendo, bebiendo y durmiendo. A los dos años van al matadero. Los miro, disfruto mirándolos. Pero se necesita tratarlos mucho tiempo para alcanzar ese grado de conexión. El porquero lo consigue. Llega, da dos voces y aparecen cochinos de toda la sierra que van a su encuentro creyendo que les trae comida. El sí les coge cariño. Solo puedo decir, porque me crie con ellos, que son unos animales muy nobles”.

-¿Cuánto vivirán los de la foto que lleva en el móvil?
“Son de bellota puros, de 20 a 24 meses. Estos cerdos han estado un año en una finca en Portugal de pequeños correteando entre jabalíes, comiendo hierbas, un poco de pienso, haciendo esqueleto. Y en septiembre vinieron a esta finca al aire libre a comer bellotas, donde engordan antes de ir al matadero”.

-¿Se reencarnaría, en verdad, en cerdo?
“Hombre, son los niños mimados, los tratamos como marajás, comen bien, se les cuida, que no tengan enfermedades”.

-¿El cerdo ibérico una marca nacional?
“La raza ibérica es, en efecto, española; tiene mucha grasa y poquita carne. Por eso se buscó deliberadamente un cruce con el cerdo Duroc, pata negra, de Canadá, Estados Unidos y hasta de Rumanía”.

-¿El jamón pata negra es leyenda o es de ley?
“El ibérico pata negra (porque la pezuña es de ese color) es, sin duda, el mejor jamón del mundo. Cuando pruebas un bocado es como probar caviar”.

-¿Por qué otros países lo intentan producir y no lo consiguen?
“Por la bellota, que causa un aroma único y es básica en la alimentación de los últimos cuatro meses. La bellota en España solo se da en la franja oeste: Salamanca, Extremadura, Huelva, Córdoba y Sevilla. Esa es la clave”.

-¿Cómo ha encajado el sector el anuncio del panel de la OMS?
“Hubo un par de semanas que se mermó un poco la venta. Nosotros no hemos notado gran diferencia. Luego la propia Organización Mundial de la Salud quiso matizar tras el revuelo diciendo “sí, pero no, probablemente”. Grande Covián decía que hay que ‘comer poco de todo y mucho de nada’. Nadie come todos los días carne, a quién se le ocurre. A mí me gusta la comida variada”.

-¿Come carne o pescado?
“Carne y pescado, pero sin segundas, que la pregunta se las trae”.

-¿Un histórico de la carne como usted vende también pescado?
“Tenemos una sociedad que importa y distribuye pescado”.

-¿El jamón se come solo o con pan?
“El jamón me gusta comerlo solo, y si acaso con un poquito de pan. El jamón se puede paladear y se puede comer. Comer es una necesidad. Paladear es un placer. Estamos aprendiendo a comer jamón. En los años 60 cuando yo vine, aquí (en Salamanca tampoco) había un bar donde se comiera jamón”.

-¿En las grandes superficies nos dan gato por liebre?
“En las grandes superficies se vende un buen jamón; si es un serrano curado de gran reserva, es asequible y de calidad: la pata de siete kilos está entre 40 y 60 euros. Del ibérico hay tres categorías: Jamón de cebo (de granja, con 10 meses); el cebo de campo (de más de 12 meses, criado con pienso en libertad), y el de bellota (que puede ser el puro, 100% ibérico, o 75% ibérico, o 50% ibérico). El de bellota oscila entre 250 euros y 350”.

-Usted es un empresario especialista que en un momento determinado se diversifica…
“Creamos una sociedad con Francisco Gómez, Lanzateide Comercial. Empezamos en los locales de Coteba. Ahí empezó. Luego adquirimos el Supermercado Yumbo, que se lo alquilamos a Mercadona. Después nos metimos en unos frigoríficos en el Puerto de Las Palmas; aquí también tenemos dos frigoríficos. En hostelería, entramos con Marichal en el hotel Marylanza y hay nuevos proyectos. Participamos en una harinera de Las Palmas, en Vidrieras Canarias y en Hiperdino. Yo, a través de una de las sociedades, estoy en Contactel, una empresa de call center, con 800 empleados (un centenar de ingenieros)”.

-Usted y Francisco Gómez forman un tándem.
“Es una amistad que dura 40 años. Desde los 80 canalizamos muchas inversiones juntos”.

-¿El cochino canario no ha entrado en sus planes?
“Entró en su día. Tuvimos un plan con el Cabildo, pero nos dio de lado. Yo llevo mucho tiempo con ganas de poner una granja y no encuentro suelo, o hay una casa próxima, y el alcalde me dice que no o el vecino que tampoco”.

-¿La crisis le cogió con la despensa llena?
“Me cogió fuerte por esa política mía previsora de toda la vida. Y no hubo despidos ni reducción salarial. En los años 2007 y 2008 teníamos una cantidad de jamones carísimos que bajaron los precios. Vendíamos perdiendo 120 euros en cada jamón. Había jamones para dar y tomar. Así estuvimos un tiempo, aguantando, aguantando, aguantando”.

-¿Cómo ha visto evolucionar a España en medio siglo?
“Es otro país. De los años 60 en que vine, a la entrada en la Unión Europea, incluida la Transición, Canarias iba por delante de muchas zonas de la Península en infraestructuras y calidad de vida. Tras entrar en Europa, la Península dio un salto muy grande y aquí hemos ido más lento. La gente se dedicó a lo fácil. ¿Es negocio la construcción? Todos a la construcción. ¿El plátano? Todos al plátano. ¿El turismo? Todos a hoteles. Y cuando te vienen mal dadas, si te coge sin reservas, lo pagas caro”.

-¿Le vino bien a Canarias la UE?
“Yo digo que sí. Canarias, como puertos francos, hasta los años 70 era un oasis dentro de Europa, al que accedían productos de todos los mercados libres, sin aranceles, pero estos con la globalización fueron desapareciendo y de nada servía a las Islas quedar fuera de Europa”.

-El Régimen Específico de Abastecimiento (REA) trata de garantizar en Canarias productos esenciales como la carne. ¿Ha sido eficaz?
“Es una herramienta buena, pero insuficiente para la industria. Aquí se está produciendo una deslocalización industrial importante, y van a quedar pocas industrias”.

-¿Y la Reserva de Inversiones (RIC)?
“Para mí ha sido de las medidas más importantes que se han aplicado en Canarias. Ojo, para aquellas empresas que necesitan invertir; ha permitido capitalizar la empresa. Si no hubiera sido por eso, las empresas en las Islas no habrían aguantado el tirón de la crisis”.

-¿Cómo ve la situación de España tras el 20 D?
“Hay una gran confusión. Espero que esto se canalice de modo positivo, o no sería bueno para España”.

-¿Cómo sorteó el mal de las vacas locas hace 20 años al frente del sector?
“Yo era presidente nacional de la Asociación de Industrias de la Carne de España y me tocó vivirlo con los ministerios. Nos pilló desnuditos, sin previsión. Y a raíz de aquello, dije, señores, aquí tenemos que tener un gabinete de crisis formado por una compañía de comunicación y un soporte de unos catedráticos de nutrición y veterinaria que estén informando permanentemente. Ahora, cuando ha ocurrido esto de la OMS, la maquinaria ya estaba engrasada”.

-¿Qué sensación le producen estos 50 años?
“Los celebramos con un acto emotivo. Vinieron empleados de Extremadura, Barcelona, Gran Canaria, La Palma y Lanzarote. Éramos más de 300. Consiguieron emocionarme. Noté mucho cariño, que el personal me quería un montón. A un comercial de Las Palmas le dieron un premio y al recogerlo se me abrazo, se echó a llorar y me dijo: ‘Usted para mí ha sido más que mi padre”.

-¿En el altar de los jamones cuál pondría?
“¿El máximo? El ibérico puro denominación de origen Dehesa Extremadura. Y si es Montesano, mejor”.

“SI FUERAS MI HIJO, TE ATABA”
“¿Y ahora qué va a hacer usted?”, le preguntó el director de la Escuela de Comercio cuando Martín García Garzón se convirtió en profesor mercantil en Salamanca. “Pues volver al pueblo a ayudar a la familia”, le dijo. “Prepare la oposición a corredor de Comercio, no se meta en el pueblo”, le aconsejó. Garzón le dio vueltas en la cabeza a la idea de salir del pueblo durante cuatro años más. Regresó a la Fuente de San Estebany se puso el mono para atender el matadero y la carnicería, y enseguida compaginó los perniles de porcino con la corresponsalía de un banco. Estuvo entretenido. Pero a los 26 años lo tentaron: le propusieron montar en Tenerife, a 2.000 kilómetros del pueblo, una industria de embutidos de cerdo partiendo de cero, y contrarió la voluntad del padre de una manera cismática. “Si fueras mi hijo, te ataba a la puerta de la casa y no te dejaba ir”, le dijo un vecino, también ganadero. Pero el joven Martín García Garzón estaba decidido a cruzar el charco. En los años 60 Canarias tenía un plus de atractivo: era puerto franco. Tanto Martín García Ortega, el padre, como Pilar Garzón, la madre, acabaron más tarde seducidos por la Isla. “Se hicieron adictos a Tenerife”, cerca del hijo que montó sus reales en el monte de La Esperanza, desde donde iba a capitanear su pequeño gran imperio empresarial que hoy factura 75 millones de euros al año y da empleo a 400 trabajadores en la industria cárnica (un millar en todas las sociedades), con ramificaciones dentro y fuera de las Islas. Algo del olfato visionario del abuelo paterno, don Elías, había heredado Martín hijo. “El abuelo vivía en un pueblito agrícola, en pleno siglo XIX, y compró un terreno al lado del camino para montar una posada como las de las diligencias, con unas cuadras, para que se alimentaran y descansaran las mulas, mientras los ganaderos se detenían a comer antes de seguir camino hacia las fincas o Portugal”. El caravasar de don Elías no fue su única genialidad; también tuvo reflejos cuando los primeros coches imprimieron un tráfico incipiente: “El primer surtidor en 50 kilómetros a la redonda lo montó él”. Y era ganadero, claro. El día que Javier Pérez tocó a su puerta y le pidió ayuda para salvar al Tenerife con la megaidea de un sorteo de apartamentos, un coche y obsequios por el estilo -el Superlote-, le dijo que sí, y lo patrocinó con 10 millones de pesetas. No lo conocía de nada, le ganó por la pasión que ponía, y se adscribió al Tenerife y a un estilo de fútbol de balón educado que identifica con el Barça, pero su nómina de futbolistas no es excluyente: “Me gustan Iniesta, Xavi, Messi, Casillas, Isco, Busquets, Sergi Roberto…”. Cree este empresario próspero de Salamanca casado con María del Carmen Pascual -de Ávila- y radicado en Tenerife, con oficinas en Japón y Shanghái, que el mundo es una palabra humilde, un lugar donde la gente trabaja todos los días y a veces triunfa “sin necesidad de hacer el mal”. Fue instruido en la enseñanza de darse la mano. “Vamos a hacer las cuentas, Martín”. El ganadero que vendía los cerdos a su familia pasaba a cobrar los meses de marzo o abril, una vez sacrificados. “Y yo le decía: don Bernardino, usted las pone a un lado y yo en otro, a ver si coincidimos. Clavadas”. No habían hablado de precios, ni firmado papeles. Se habían dado la mano. Una filosofía ajena a la ley de la selva de los negocios donde todos quieren ser el león. En esta entrevista afirma que prefiere al cerdo y reencarnarse en el noble animal que conoce desde niño, la mejor mascota cuando escaseaban los juguetes, las pelotas eran de trapo y el que tenía un triciclo era un privilegiado. Todo era poco, “pero corríamos y jugábamos”. Le quedan cuatro amigos del pueblo con la misma edad (uno sigue allí; otro ha vuelto a Salamanca; otro es cura en Madrid, y otro cirujano en Barcelona) y se reúnen dos veces al año. “Lo pasamos fenomenal, no nos separamos durante días enteros”. Este año el alcalde lo invitó y fue pregonero del pueblo. Mucha gente se ha ido. Por eso él vuelve siempre que puede al sitio donde está la plaza de la infancia y la casa de los padres, que fue el origen de todo.