El dardo

Yihadismo

La detención en Fuerteventura de una joven de 19 años y origen marroquí acusada de pertenecer a la estructura organizativa del grupo terrorista Dáesh o Estado Islámico pone de relieve que ninguna parte del territorio nacional está libre de la influencia del yihadismo ni de la mundialización del terror, más aún con las facilidades que proporciona internet para todo tipo de divulgaciones e influencias. No se trata de generalizar ni de poner bajo sospecha a nada ni a nadie, pero las más recientes detenciones relacionadas con Dáesh se han practicado entre islamistas radicales y personas de origen marroquí, tanto en Francia como en España, sin que las familias de los arrestados estuvieran al tanto de las actividades de quienes se dedicaban a divulgar las esencias revolucionarias de la organización a la que pertenecen, así como a captar, adoctrinar y reclutar yihadistas.

Como opinan los expertos, el islam más extremista se ha convertido en instrumento de movilización de masas y se diría que ninguna política tiene posibilidades de imponerse si sus promotores no aplican las tesis susceptibles de darle forma. En estas condiciones, resulta muy destacable la labor callada, y hasta ahora muy eficaz, de los servicios policiales y de inteligencia españoles a la hora de abortar desde la raíz el nacimiento de grupos interesados en protagonizar acciones terroristas apoyadas en un mesianismo revolucionario propio del islam más radical. Lo sorprendente es que, aun siendo consciente del peligro real que supone tamaña fanatización religiosa, la sociedad canaria no se muestre partidaria de la adopción de medidas drásticas contra estos grupos intolerantes que promueven guerras y conflictos no sólo en Siria, Irak, Libia, el Sahel y otras zonas de África, sino que incluso han llevado su lucha de conspiración, odio y violencia a Europa mediante atentados salvajes y asesinatos indiscriminados. No quiero ni imaginar las consecuencias de un eventual ataque yihadista en Canarias, por su repercusión en el sector turístico, de ahí la necesidad de respaldar las políticas preventivas que adopten las autoridades y, llegado el caso, colaborar con ellas en la medida de las posibilidades de cada uno. Están en juego nuestra seguridad, nuestra libertad y nuestro sistema de valores.