al margen

Bescansa – Por Rafael Torres

La cuestión no es que Carolina Bescansa no quiera separarse de su niño por nada del mundo, sino si es bueno y saludable para éste pasarse cuatro o cinco horas en un local atestado de adultos con sus correspondientes toses, voces y trasiegos. Carolina Bescansa puede hacer lo que quiera en beneficio de sus necesidades, de sus ideas o de sus intereses, pero el niño no, razón por la cual la sociedad extrema mancomunadamente, o debería extremar, las atenciones que requieren las criaturas de pecho en orden a su confort, su seguridad y su bienestar. Precisamente en el Congreso de los Diputados existe un servicio de guardería que permite hacer compatibles las actividades de los adultos que allí laboran con las necesidades de los niños chicos, y que para sí quisieran las mujeres trabajadoras que no gozan de ese privilegio de los diputados. Pero es que, encima, la señora Bescansa se postulaba nada menos que para presidir la Cámara, lo cual que, en principio, habría de requerir de ella un plus de atención al desarrollo de las votaciones por hallarse particularmente concernida por sus resultados, atención que en ningún caso debería menguar la dirigida al bebé que tenía en sus brazos y que, como toda madre y todo padre sabe, hay que situar constantemente en máximos.

No quiere decir esto, por supuesto, que doña Carolina pudiera haber hecho dejación de sus deberes de madre, sino que su acción, que algunos califican de performance, pudiera compaginarse regular, tirando a mal, con sus deberes como diputada.

Diríase que Carolina Bescansa prefiere expresar con gestos y teatralizaciones lo que en la política y en la vida misma se expresa con las obras, con los hechos y, en el Congreso, con la palabra.

Naturalmente que puede, y debe, dar el pecho a su bebé donde sea si éste así lo requiere, pero, por favor, que no le tenga toda una santa mañana en un local atestado de adultos con sus correspondientes trasiegos, sus voces y sus toses.