la entrevista del domingo

Braulio: “Se ha repartido mucho folclorismo, pero no se ha repartido nacionalismo”

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A Braulio, el cantante que disputó con éxito el mercado latino de los Estados Unidos y a quien Julio Iglesias llegó a ver como un rival suyo, le recuerdan siempre el escándalo que desató con la publicación de su Canto a Canarias a finales de los 70 y, en particular, su tema Mándese a mudar, dirigido a los “peninsulares arrogantes” tildados de godos, entonces,cuando en las Islas hervían consignas del estilo “¡godos, fuera!” o, con ánimo revanchista, “¡canario, escoge tu godo!, en plena olla cubillista. “Yo nací y moriré nacionalista”, afirma en su pueblo, Santa María de Guía (Gran Canaria), tras regresar por unos días y antes de emprender una nueva gira americana. Sin embargo, ahora que España vive en estado de shock la amenaza de independencia de Cataluña, aclara: “Nunca he sido independentista, porque tengo dos dedos de frente”.

Sobran las palabras. Con esta canción, hace 40 años, representó a España -formalmente, a TVE- en Eurovisión,tras ganar el voto de la audiencia, que en 1976 lo prefirió a él por correo. No fue su mejor noche aquella en La Haya, pues acabó decimosexto de dieciocho participantes, pero solo acababa de empezar una carrera que iba a tener largo recorrido, cuyo mayor éxito es haber cumplido 70 años con la voz intacta y sentido del humor. “Sigo cantando en el mismo tono, y una amiga me dice que la voz es lo que mejor conservo”. Al debutar, en el Festival de Benidorm, le pidieron que se cambiara el nombre -Braulio les sonaba rural- por el de Tony García, pero, por suerte, ignoró el consejo.
El autor de Patria canaria, el himno que no fue,recuerda que él sugirió al Parlamento la elección del arrorró como tema musical y elogia la letra de Benito Cabrera. “Sigo pensando que es fabuloso, pero le falta un arreglo más vibrante y emotivo que le dé fuerza”.

-Ahora se habla de nacionalismo, canario y catalán, y usted es un referente musical como autor del polémico Canto a Canarias y de esa canción que abrazaron los nacionalistas.
“Pero la realidad es que Patria Canaria se la canté primero a Jerónimo Saavedra, presidente socialista, y la letra dice que la patria es ‘un sueño sin bandera’, yo no quería hacer un canto de banderías. Pero él me dijo que le había encargado el himno a Falcón Sanabria. Después, lo escucharon los nacionalistas y lo apoyaron. Mi amigo Chago Melián contribuyó a que se popularizara. Es un tema que me nace de dentro, porque la España peninsular yo no la conocí hasta los 18-19 años, y a la edad en que se forja la identidad de uno, mi patria era Canarias. Mis referencias eran estas, las de mi madre. Por tanto, mi patria es donde me cantaron el arrorró”.

-¿A caballo de América y Canarias, su modus operandi, qué diagnóstico depara el 20 D al nacionalismo?
“Me he quedado preocupado. Coalición Canaria por un lado y Nueva Canarias por otro… Esa división no es buena. Acabo de estar en Fuerteventura y el 70% de la población es foránea. Eso representa la muerte del nacionalismo. Algún partido no tenía candidatos canarios porque solo hay un 30% que les podría votar. Y me inquieta cierto nacionalismo ultramontano que quiere hacernos aprender el tamazigh. Algunos independentistas han llegado a amenazarme. ‘Braulio, ándate con cuidado que a cada cerdo le llega su San Fermín’, me dijo uno, y le tuve que corregir, habrás querido decir su San Martín. Todo esto es una pena. Pienso que una fuerza nacionalista seria, con gente acreditada, de las universidades, y profesionales con credibilidad, está por nacer. Y sería maravilloso. Yo creo que no se ha sabido profundizar en el famoso hecho diferencial. Se ha repartido mucho folclorismo, pero no se ha repartido nacionalismo. Hay gente que entiende que, con que le den una dotación a cuatro viejitos para que se compren los trajes y los timples y hagan una agrupación, ya han cumplido. El trabajo es otro. No se nos ha enseñado nada en la escuela. No se sabe nada. Yo mismo no tengo ni idea. Yo lo único que sé es que tengo un sentimiento nacionalista, que a veces me produce dolor, cuando veo cómo se han hecho las cosas y cómo no se han hecho. Necesitamos un partido fuerte que luche por lo de aquí, porque, si no, siempre tendrán un problema que atender antes en Extremadura, y encima nos dirán aquello ‘¿de qué os quejáis?’, piensan que somos afortunados. Lo que temo es que rebrote el jodido insularismo”.

-¿Cree que ese es el peligro que asoma?
“Sin duda. Nos lo insuflan desde fuera y luego nosotros nos partimos la cara. Es una de las cosas que más nos ha fastidiado, ha sido una sangría continua. En Canarias,primero se sienten canarios y después españoles, pero a la hora de votar, lo hacen al PP. El pleito insular es algo que se fomenta mucho en el fútbol. Me entristece ver en los derbis, que, cuando el Tenerife y la Unión Deportiva Las Palmas se visitan,las aficiones son escoltadas”.

-¿Y el pleito catalán qué le parece?
“Si el trasfondo no fuera económico, me gustaría más. Pero es el que es. Ha habido errores a la hora de abordar ese conflicto en términos de solidaridad. Y vuelvo al fútbol. Creo que la fricción Madrid-Barcelona ha perjudicado, ha creado fobias y sentimientos de rechazo”.

-¿Usted se mandó a mudar a Estados Unidos porque le cerraron las puertas cuando editó el Canto a Canarias?
“En el 83, cuando decidí irme a empezar de nuevo, después de diez años en España, era mi única opción, ya que allí había sonado mi música y tenía alguna probabilidad. Aquí ya no podía esperar más, no solo por la polémica del Canto a Canarias, sino porque el gusto había cambiado y llegaba la música new wave. La balada estaba arrimada. Yo me acababa de divorciar. Y en efecto hubo cierto tipo de represalias por el Canto a Canarias, que saqué en el 79. La gota que colmó el vaso fue que un político de mi tierra me quisiera contratar gratis para poder pagar a Raphael y Rocío Jurado. Y ya no aguanté más. Eso era muy de aquí”.

-Comprenderá que el Mándese a mudar (“lárguese de aquí,/busque otro lugar/y olvide mi tierra,/¡pa usted se ha acabado/la hospitalidad!”) fuera una canción que escandalizara.
“Sí, fue fuerte. También había otras más amables en el disco, como Tenerife o Mujeres las de mi tierra. En Mándese a mudar yo quería denunciar al peninsular arrogante que venía en plan colonialista. Eso, por suerte,ha ido cambiando; de vez en cuando aparece alguno, pero godos quedan pocos. Para las islas mal llamadas menores, ahora los godos son los de las capitalinas”.

-¿Qué fue lo más desagradable que le pasó por esa canción maldita en aquel momento?
“Me condenaron al ostracismo. Gente que era asidua mía no me dirigían la palabra. Y hubo una pequeña agresión de una señora en un club. Puse tierra de por medio”.

-Que, en realidad, fue mar de por medio.
“Exacto. Me fui a América”.

-Y se le cayó un techo encima, según me contó en cierta ocasión.

“¡Ah, sí!, eso fue en el Waldorf Astoria. Llevaba poco tiempo allí. Es el hotel de más tradición en Nueva York. Ese día me había distinguido la Asociación de Cronistas del Espectáculo como el mejor cantante masculino del año (1987). Yo estaba durmiendo tranquilamente, y a las 8 de la mañana empezó un barullo en el piso alto. Me fui al baño a llamar a Recepción, y en ese momento cayó un trozo de techo justo donde yo había tenido puesta la cabeza. El operario me preguntó, “¿le pasó a usted algo?”, y yo fui tonto -hace falta serlo para no haber aprovechado esa circunstancia- y le dijo que no. Hoy me hubiese dado un golpe contra la pared. Es una broma. Me cambiaron de habitación y me regalaron una tabla de quesos y unos vinos como compensación. El de la compañía de discos, cuando vino a buscarme, me dijo, tú me lo dices, yo te pego cuatro trompadas y reclamas como mínimo medio millón. Ahora ya tienes la cultura americana de la indemnización. Pero yo era un pardillo. Y dije, ‘no, tranquilo, no pasa nada, estoy bien”.

-Acaba de llegar y ya se vuelve a América.
“Vine a pasar unos días y este fin de semana me voy a hacer una actuación rápida, una fiesta privada en República Dominicana. Ya en febrero haré una gira; febrero es el mes de nuestra zafra, el mes del amor (el 14, día de San Valentín). Vuelvo a República Dominicana y salto al norte, a Nueva York, Boston, etc. Sigo haciendo giras. Acabo de hacer tres actuaciones en dos días: en Nueva York, Nueva Jersey y Massachusetts. Pero me he impuesto otro tempo, porque, oye, ya son siete décadas. Seguramente, ese va a ser el título de mi próximo disco”.

-¿Y cómo lleva la balada de 70 años “a la grupa” de esta moto?
“De maravilla. Con una gran serenidad. Siempre hay algo que te solivianta un poco. Pero uno a esta edad pone otra marcha, y me digo que hay que disfrutar de determinadas cosas. Primero, del hecho de estar vivo. Al chico que me dirigió la banda en octubre le dio un derrame cerebral. Tenía un aspecto súper saludable y una sonrisa permanente, era un hombre fuerte, no te lo explicas. Como decían en el campo, para morirse solo hace falta estar vivo. En mi pueblo había una anécdota. A uno que era muy conocido se le muere su mejor amigo, y estaba en la puerta de la casa haciendo una jaula de pájaros con caña, y le dicen, ‘¿pero, hombre, no va a ir al entierro de su mejor amigo?’, y contesta: ‘coño, ¿y él va a ir al mío?”.

-¿Cómo se siente físicamente?
“Si me dejan, hago hasta ballet clásico. Cuando algo pasó hace dos décadas, suelo decir: hace 20 años y 30 kilos”.

-Y todo empezó en la rondalla de Chanito el Practicante…
“Sí, señor, el Practicante”.

-¿Tocando el timple, no?
“Tocando el timplillo. A mí me dio clase el afamado Mireles, que era barbero y enseñaba timple. Yo no sé por qué siempre entre los barberos había grandes músicos, uno tocaba el laúd, otro la guitarra… En las barberías se gestaba la mayoría de las agrupaciones”.

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-¿Cuándo el timple cedió su lugar a la voz?
“Yo mandé una canción al Festival del Atlántico del Puerto de la Cruz, en una sección destinada a ensalzar las bellezas del Puerto y la Isla. Y el padre Adán, el cura guapo, me la transcribió. Vino a cantarla Cristina, la de los Stop, de Tres cosas hay en la vida. Yo había estado en pequeños festivales locales desde el 71, pero esa fue mi primera incursión internacional. Dos años después envié otro tema, A mi guitarra, con la misma intención, al Festival de Benidorm. Para entonces estaba en Inglaterra cantando en un restaurante de la cadena Trattoria Portofino, mi función era amenizar para que los turistas comieran y bebieran. Pero la persona que iba a cantar mi canción, al final no podía ir, y cuando me preguntaron, ‘¿y quién va a cantarla?’, los compañeros me animaron, me hicieron creer que iba a ligar como un loco, aunque luego no me comí un rosco, y dije, pues yo mismo. ‘¿Usted canta?’, me preguntaron, y dije, sí, yo estoy cantando en Inglaterra. ‘¿Y cómo se llama usted?’ Braulio García. ‘Pues vaya cambiándose el nombre, porque ese no sirve’. Braulio les parecía un poco rural. Querían que me llamara Tony García. No les hice caso”.

-¿Vivía en Inglaterra a saltos, como se hacía entonces?
“Sí, iba en mi Seiscientos, que nunca me dejó tirado. Una noche de boncho lo cambié sin querer por un Aston Martin. Me sirvieron gin tonics, que yo no sabía lo que era, y, al día siguiente, me fue a buscar el propietario del Aston Martin, que me traía el Seiscientos para que le devolviera el coche y la novia, que se había venido conmigo sin enterarme ni tocarla, pues yo no estaba en condiciones. Era una historia de celos entre ellos dos. El mejor coche que he tenido era aquel, que me llevaba a Londres vía España y Francia. La verdad es que al principio yo solo me veía cantando en restaurantes Cuando calienta el sol, hasta que me tocó la varita del destino. Fue ir a cantar a Benidorm, quedar segundo, y todo dio un giro. Ahora miro hacia atrás y comprendo que es increíblemente complicado lo que me ha pasado. Los artistas nuevos tienen una trayectoria más efímera, sin industria y con piratería. Yo siempre les digo, mejor tener otra profesión opcional por si acaso”.

-Nunca ganó Benidorm, pero le catapultó…
“Participé tres años y me llevé un segundo puesto. La última vez renuncié en mitad de la actuación, al detectar un medio tongo, y se armó la de Dios”.

-En Benidorm Julio Iglesias cantó La vida sigue igual, no ganó Eurovisión y se mudó a Miami, igual que usted. ¿Una vez allí, él ya estaba consagrado?
“Sí, estaba muy bien situado, y debo decir como un halago que hasta llegó a considerarme un rival suyo. Luego he comido en su casa. Él y su esposa Miranda son personas muy agradables”.

-¿Frank Sinatra era inaccesible para grabar un dueto?
“El mercado hispano y el norteamericano son concéntricos, no se tocan. Y las discográficas mandaban a Gloria Estefan o Julio Iglesias con Sinatra”.

-¿Como intérprete latino, algún presidente estadounidense lo tanteó?
“Fui invitado a cantar en la Casa Blanca por George Bush padre. Era una cena de recaudación, y excusé mi ausencia porque, por suerte, ese día tenía trabajo. He colaborado con republicanos y demócratas sin marcharme. La cena del presidente era carísima, creo recordar que cada comensal pagaba 10.000 dólares”.

-¿Le piden canciones los grandes?
“Marc Anthony, cuando empezaba, me pedía canciones, y es verdad que, con tantas cosas, yo me olvidaba, eso que pasa. También es cierto que te piden el 50% de la canción. Sigo componiendo por encargo. A Yolandita Monge, una de las celebridades de Puerto Rico, cantante y actriz de telenovelas, le hice el tema Este amor que hay que callar, y se armó un revuelo porque ella tenía un amante, con el que se casaría, que luego falleció”.

-Cuando Kraus cantó su Tenerife con Los Sabandeños…
“Fue una de las satisfacciones más grandes de mi carrera y siempre le estaré agradecido a Elfidio Alonso”.

-Ganó el Viña del Mar (Chile), pero no sé cómo consiguió abrirse paso en Miami, capital de la latinidad, y acariciar, incluso, un Grammy.
“Hubo una señora providencial, Betty Pino, la reina de la radio en Miami, con una gran influencia en toda América Latina. Confió mucho en mí y en otros,nos ayudó. Saqué En la cárcel de tu piel, y pegué muy duro. Y después La más bella herejía, con más de cuatro millones de visitas en YouTube. Sony se quiso apoderar de todo mi material, cuando solo eran mi distribuidora, y le planté cara. Fue un pulso con un gigante; acabaron indemnizándome de manera insuficiente,y me tuvieron engavetado seis años en un limbo. Hacerse un espacio en Miami no era fácil, empecé cantando en sitios donde pegaban tiros en el parking, porque era la época dorada de la droga”.

-¿Cuántas generaciones van a sus conciertos?
“La juventud se incorpora abducida por la familia que pone tu música en el coche de forma machacona. En mis conciertos, les pregunto, pero qué hacen aquí, si yo no soy Chayanne, y me dicen que me oyen desde pequeños por influencia de sus padres. Es una gran suerte, porque hoy los artistas aparecen y desaparecen”.

-Y Braulio lleva más de 40 años.
“43. Pero la música está cada vez peor”.

-A usted también le han dado llaves de oro y tiene su día en Miami (el 24 de agosto). Al final, América se le rindió.
“Es algo gratificante, muy bonito. Yo he seguido una carrera discreta, de mitad de tabla, y no me he metido en problemas, he estado en lo mío, y eso la gente lo percibe; a veces me asombra cuando me ponen de ejemplo y todo. Y una cosa que me molesta mucho es que me llamen maestro. Pero lo acepto, lo tomo a lo canario. Una amiga me dice que la voz es lo mejor que conservo”.

-Siempre tuvo éxito con las mujeres?
“No me puedo quejar, pero también me han dado palos”.

-Está el gran Braulio de las telenovelas. ¿Llegó a ser actor?
“He compuesto mucho para telenovelas. Me hicieron una prueba en Amándote, de Univisión, en Argentina. Intervine en un capítulo como cantante en un club, pero necesitaban que estuviera seis meses y no podía por motivos de trabajo. Si no, ¿quién sabe? Me hubiese convertido en un Puma”.

-De las 300 canciones que ha compuesto, cítenos tres.
“Yo tengo preferencia por La más bella herejía, En la cárcel de tu piel y En bancarrota. Y tengo un tema, Quién dijo que eso no es amor’ que es la historia real que me contó un matrimonio homosexual en Las Canteras. Se me acercó un individuo de 70 años, y me dijo: ‘¿No te acuerdas de mí?’. Nos habíamos examinado en Madrid de artistas. Luego Franco desvirtuó el carnet dándoselo a las vedettes. Me presentó a su acompañante, ‘mi marido’, me dijo. Los invité a sentarse y me contaron su calvario: vejaciones, violaciones, ley de vagos y maleantes, ley de peligrosidad social… Llevaban juntos 40 años, más del doble que yo con todas mis historias de amor. Y entonces escribí esa canción”.

-¿Cómo ve la situación política española?
“Muy confusa. En el extranjero se tiene una visión más catastrofista. Estando aquí las cosas parecen menos graves. Tengo esperanza de que se produzcan cambios para bien, que se controlen las tropelías de quienes van a la política a llenarse los bolsillos, y se arreglen muchas cosas. Yo creo que tiene que haber un acuerdo para echar esto p’alante. No es momento de crear más confusión de la que hay. Pero me da un poquito de miedo. Cuando te haces mayor, te vuelves más conservador”.

-¿Y cómo está la parienta: Canarias?
“Cada equis tiempo necesito volver y llenarme los pulmones del aire de aquí. Voy en el coche con la ventanilla baja cogiendo el frío por la carretera y me agarro unos resfriados del carajo, pero es que lo necesito. El otro día me decía un amigo médico, ‘vas a trancar una neumonía, cierra la ventanilla”.

-¿Entonces el nacionalismo no le tiene contento?
“Está de capa caída. Hace falta ilusión, y ellos me lo reconocen, no han ilusionado, cada cual se ha dedicado a su reino de taifas y a tirarse los trastos a la cabeza. La gente es capaz en política de cortarle el cuello a cualquiera por seguir en la poltrona. Las disensiones y los personalismos están acabando con el nacionalismo canario. Me parece que por no haberlo sabido aprovechar en su momento, que fue una extraordinaria ocasión, o ahora lo renuevan totalmente o va a desaparecer. No estamos hablando de un nacionalismo vasco o catalán, con acervo y tradición detrás. Nosotros tenemos cuatro señas de identidad y poco más. Tiene que hacerse una labor muy grande. Si ahora hubiéramos tenido cuatro diputados en Madrid, lo que habríamos sacado. Han dejado que otra gente ocupe su lugar. El nacionalismo es necesario. Cuando mejor hemos estado es cuando jugábamos el papel de bisagra y obteníamos mucho para Canarias. Aquellos tiempos. Ahora mismo es un sueño recuperar eso”.

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-¿Le ofrecieron entrar en política?
“Alguna vez me hablaron, pero eso no es lo mío. Yo no sirvo para eso. Los políticos se meten siempre en su torre de marfil y se llenan de soberbia, y entonces se olvidan de los problemas cotidianos de la gente”.

-¿Volvería a hacer el Canto a Canarias o se arrepiente?
“En algún momento me he arrepentido de la canción más conflictiva, porque, caramba, fue una cosa muy desagradable. Me quisieron hacer el chivo expiatorio de no sé cuántas cosas. Pero después me reivindico y creo que es una canción que está ahí, está escrita en condicional. ‘Si usted ha venido/pensando encontrarnos/aún con taparrabos/y ve que no es fácil/volver a engañarnos/como en el pasado…’. Si no ha venido con esa actitud, es bien recibido, porque nosotros estamos obligados a ser un pueblo hospitalario. Vivimos en buena medida de la gente que nos visita. El que se olvida de eso está loco perdido. No se puede ofender ni menospreciar, pero tampoco dejarse acogotar. Hay encuestas que han determinado que la comunidad más querida y que más ha gustado al turista español es Canarias, cosa que me extrañó, porque mira que se ha reído del chiquillo del Cola Cao. Yo tengo la esperanza de que antes de que me vaya vuelva a haber algo muy nuestro, un partido nacionalista compacto y fuerte”.

EL HIJO DE PEPITA LA DEL ‘TELÉFANO’
Cuando el padre, de niño, se fue a Cuba con los suyos, el barco estuvo a punto de zozobrar, y, en medio de la tormenta, juraron en el camarote no volver a salir del país si llegaban bien. Pero durante el machadato -Machado, el militar que preconizaba “agua, caminos y escuelas”-, Antonio García del Pino, el padre de Braulio, se significó políticamente, y simpatizó con el tiempo, como Fidel, con el ortodoxo Chibás, que murió joven disparándose un tiro tras un programa de radio sin haber conseguido las pruebas contra un rival acusado por él; era un político impulsivo y honrado que agitaba el lema Prometemos no robar con una escoba para barrer la corrupción. Por eso, Braulio Antonio García Bautista, nuestro cantante,nació en Santa María de Guía (Gran Canaria), de donde es hijo predilecto, porque su padre volvió al pueblo natal, desdiciéndose, con treinta y pocos años y ya curado de espanto. Atrás quedó la venta familiar que llamaban La Argentina, en Güira de Melena, cerca de La Habana. “Estaba situada en la esquina de Cuba y Santiago; en ese lugar y en Alquízar quedaron mis raíces. Mi padre me pidió que fuera a conocer a mi familia, una deuda que tengo pendiente”. Braulio, con tres hijos y cuatro nietos, quiso también tener un negocio y abrió un restaurante en el sur de Miami, el Braulio’s Concert Hall, donde las papas arrugadas y el conejo en salmorejo eran todo un reclamo, junto a las garbanzadas dominicales que cocinaba el propio artista, “pero cuando no estaba yo, las cámaras de seguridad no daban abasto, y como se volvía un latrocinio, lo cerré”. Antoñito el del Molino, como apodaban al padre, murió en la gloria, a los 61 años, de un infarto que colapsó en mitad de una siesta. Lo encontraron en la mecedora con el periódico, sin un mal gesto. La madre, Pepita Bautista, también natural de Guía, no tardó en acompañarle por el mismo procedimiento. “Oí decir a mi tía, Pepa, voy a la farmacia, ¿te traigo algo?”, y como noté que no respondió fui corriendo a su cama y ya se había ido”. Braulio, que, consciente del Talón de Aquiles de la familia, se revisa el corazón periódicamente, cree que ese modo de perecer tan parecido de los dos sugiere que “soñaron que soñaban con la muerte mientras dormían”. Sin reconsiderar su agnosticismo, admite que entrar en una iglesia, desde entonces, le conforta. “Si le pides una audiencia al papa, te la concede”, le dijo el periodista peruano Jaime Bayly en Miami. Le contaría que vio cerca la muerte en el terremoto de México de 8.1 (1985) con las ventanas abiertas bajo una nube de polvo y creyó que era “un artefacto nuclear”, y que otra vez, volando a Nueva York, se incendió un motor del avión, y que le asustan los truenos matutinos de Miami y que los gallos le despiertan como si fueran el despertador de Dios; que cría palomas, tiene perros bulldogs y es enamoradizo, reincidente en divorcios, y una vez de joven fumó marihuana, “y una y no más Santo Tomás”. El padre no solo trabajaba en el molino de gofio con un hermano, sino que tuvo el ingenio de inventar un aparato muy rentable para filtrar los lubricantes de los motores de los pozos. Padre e hijo viajaban con el invento al encuentro de los clientes en un Renault Pato, sin que, salvando las distancias, evitemos recordar escenas de En busca de la felicidad con Will Smith y su pequeño vástago vendiendo escáneres portátiles. “Llegábamos a Fuerteventura, cuando Puerto del Rosario era Puerto Cabras, y las carreteras eran de tierra, y mi padre instalaba su artilugio en la finca y se ganaba unas perras”. La madre era Pepita la del teléfano, porque la familia tenía la central telefónica del pueblo. “Era de manivela y se encendía una luz con la clavija puesta. Póngame con Juan Tranquilo, le pedían. Todos los abonados tenían nombrete”. Que rima con retrete, un sitio infalible, según Braulio, para componer, por la sonoridad del alicatado. “Yo soy un cantamañas”, suele decir, “amigo del dolce farniente, pero no un ocioso literal. Braulio es más escancioso, de a sorbos y canción pausada. Incluso , en sentido cachondo y salaz, es un fenotipo de artista que predica con el ejemplo: un romántico empedernido con vis cómica cuando a veces sus canciones se vuelven humoradas que dan en el blanco, como Chulo playero o Ay, qué le pasa ar nota. Cuando José Antonio Pérez y Juan Ramón Hernández, dos reporteros en Nueva York, fueron a cenar con él en Manhattan tras cantar el baladista de Guía en un teatro abarrotado en Long Island, corroboraron su leyenda: aquella gente de esmoquin se levantaba de la mesa para aplaudirle y saludarlo. Todo un ídolo en la ciudad de los rascacielos. Mucho antes, cantó en Alemania Oriental y Japón, pero el granero latino estaba al otro lado del Atlántico. Hace treinta años, formó parte de una élite coral de los mejores cantantes latinoamericanos, que grabó en Los Ángeles la respuesta latina al célebre We are the world (Somos el mundo), de Michael Jackson y Lionel Richie, que produjo el mítico Quincy Jones, para paliar el hambre en Etiopía, tras la estela de Bob Geldof, con su Live Aid en el Reino Unido. El creador de canciones de amor es un enamorado de estas “siete carabelas”, como canta en Tenerife, que estudió ingeniería técnica agrícola en La Laguna hasta que la música lo raptó. “Nací y moriré nacionalista. Era lo que respiraba en casa”. Y este fin de semana levantó vuelo, como de costumbre, hacia América, que es el sitio donde los canarios van a echar de menos los peñascos.