superconfidencial

Bulgari, Via Condotti

1. Yo, de más joven, era fanfarroncete -me viene de familia- y osado. Y a pesar de no haber tenido nunca un puto duro me las arreglaba para viajar como un príncipe y comprar los caprichos más estúpidos, como por ejemplo un pesado bolígrafo Bulgari, que Bulgari escribe siempre Bvlgari. Dice mi compañera en la radio Marlene Meneses, un encanto como persona y una buena profesional, que a ella le han dicho que yo tengo fama de seductor. Agradezco el halago, pero yo lo que he sido siempre es medio chafalmeja, un tipo que amaga pero no da. Bueno, pues entro en la joyería Bulgari, en la Via Condotti de Roma, número 10, y enseguida me ponen la alfombra roja y se acerca a mí un mariconcete atildado y saludador, con unas reverencias hasta mi rodilla que me producen cierta desazón, porque cuando un varón se inclina hasta la rodilla de uno, a uno le entran escalofríos y, al menos yo, incremento mis defensas, por si acaso.

2. Yo lo que quería era el repuesto de mi bolígrafo Bulgari que había comprado en Madrid y cuya tinta original se me había acabado, del uso. Cuando le pedí el repuesto del boli, a aquel mariconzón atildado le cambió el color de la cara y me dijo, naturalmente en italiano, el idioma que mamó: “Señor, usted puede comprar el repuesto en cualquier kiosco de Roma, no hace falta que venga a Bulgari”. A lo que yo, muy ofendido, le dije, naturalmente en castellano, idioma que también mamé: “Pues yo tengo un boli Bulgari y usted me trae el repuesto de la casa”. Y me lo trajo, a regañadientes, y el muy cabrón me cobró, al cambio de las liras, como quinientas pesetas por el puto repuesto. Yo tiré de tarjeta y pagué.

3. Salí de allí jurando en arameo y lamentándome por haberme echado los pedos más altos que el culo. Cada vez que recuerdo al mariconcillo aquel me dan ganas de volver a Roma y darle un piñazo en el pedazo de nariz que llevaba puesta. Estas cosas me pasan por fanfarrón. Veo el bonito -porque bonito sí que es- bolígrafo de Bulgari, que todavía conservo, y me acuerdo de aquel viaje a Roma en busca del repuesto más caro de la historia, al que todavía, después de más de veinte años, le queda tinta porque ahora ahorro mucho. Y más con esos precios.

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