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El caballero de la armadura negra – Por Luis Espinosa García*

El Sol salió, como de costumbre, por el este. Y como suele hacer casi siempre, iluminó y calentó la Tierra Medieval. Un extenso llano de arena ocre se escurría, seguro, desde las puertas del castillo hasta perderse en lontananza. Lontananza. “¡Qué extraño vocablo!”, pensó el caballero de la armadura negra. Jamás había entendido aquella palabra. ¿Por qué siempre los animales y plantas, incluso los caballeros, aunque fuesen sin armadura, se perdían por aquel lugar? Pero el trabajo había que realizarlo, fuese como fuese. No era fácil llevarlo a cabo, pues los enemigos eran muchos y estaban muy bien armados. El dragón de cola larga acechaba entre las rocas y cuando algún caballero, fuese o no con armadura negra, estaba a su alcance, se lanzaba sobre él. Si éste no tenía energía suficiente para correr y evitarlo, la triangular boca de la bestia se cerraba sobre su cuerpo y lo aplastaba como si de un huevo se tratase. También estaban los monstruos voladores. El diablo azul, como le llamaban los caballeros, llevasen armadura negra o no, era, además de fiero, un sádico. Atacaba a los despistados y a los no muy protegidos dentro de las paredes de los castillos, atravesándolos y matándolos o malhiriendo, si bien esto último era aún peor, pues entonces los ensartaba en una rama puntiaguda cualquiera, de cualquier árbol que encontrase a mano, para, al parecer, deleitarse en contemplar los espasmos y movimientos de su víctima hasta que ésta fallecía. Sin embargo, el peor de todos era el terrible dragón volador, de tonos ocres y marrones, con largas, larguísimas alas, que le permitían lanzarse en picado sobre su presa en rápido vuelo que casi nunca fallaba, dando lo mismo que el caballero fuese sin armadura o que la llevase y, además, de color negro. Era un gran sacrificio, pero no quedaba otra solución. De su trabajo dependía que los hijos y nietos de todas las familias, escondidos en aquellos bosques malolientes, llegasen a sobrevivir. Estaban ocultos, muy bien ocultos, dentro de la selva, guardados en aquellas redondas fortalezas que ellos mismos habían construido a costa de muchos esfuerzos y trabajo, ya que tras su fabricación tenían que empujarlas para ocultarlas entre los árboles. Sin pensárselo dos veces el caballero de la armadura negra emprendió la larga marcha mientras el sol dibujaba en su armadura dibujos y arabescos de colores iridiscentes (¡otra palabra incomprensible!). Y aunque el caballero de la armadura negra no la entendía, creía que era una especie de invocación para rechazar a los malos espíritus). Sudando y agotado completó su tarea. Durante la larga caminata no había comido ni bebido, por lo que sus fuerzas empezaban a fallar. Se apoyó contra la pared del castillo, ya a salvo de enemigos, y pensó: ¿Por qué los humanos llaman lagartos a los dragones de cola larga, pinzones a los diablos azules y cernícalos a los dragones voladores? Y la pimelia, el negro escarabajo pelotero de las cumbres, se durmió.

*MéDICO Y MONTAÑERO