El dardo

No hay que engañarse

Canarias podrá cubrir con renovables hasta el 21% de la demanda energética. Todo es cuestión de que entren en servicio los 45 proyectos de parques eólicos y 422 megavatios de potencia, una vez desbloqueada la instalación de estas nuevas infraestructuras eléctricas merced a los acuerdos alcanzados entre el Gobierno de Canarias y el Ministerio de Industria. Ya es hora de que por fin se puedan poner en marcha unos viejos proyectos que aportarán más de 510 millones de euros de inversión y permitirán a las Islas cumplir el Protocolo de Tokio al reducir en 17,4 millones de toneladas la emisión de gases contaminantes y en 2.100 millones la factura de producción eléctrica. Todo esto es magnífico, por supuesto, pero no conviene olvidar que llega con una veintena de años de retraso -por la negligencia de nuestros dirigentes políticos y los escándalos que algunos perpetraron desde instancias oficiales- y que este impulso a las energías renovables no termina con el uso del petróleo, antes bien éste va a seguir siendo imprescindible en Canarias durante los próximos 40 o 50 años, como mínimo.

Los reiterados incumplimientos de los planes energéticos, cuya responsabilidad alcanza a todos los gobiernos autonómicos, han demorado en exceso la puesta en marcha de las energías alternativas (eólica y solar principalmente, aunque también la geotérmica, de biomasa y procedente del oleaje), así como la introducción del gas natural licuado. Este resulta particularmente interesante no sólo por su menor poder contaminante en comparación con otros combustibles fósiles o sintéticos, sino imprescindible para las centrales de ciclo combinado de Granadilla y Jinámar y muy recomendable para los sectores industrial y turístico e incluso para su utilización en los hogares de las grandes capitales: Santa Cruz, La Laguna, Las Palmas y Telde. Pero no cabe duda que el futuro de Canarias, que por sus condiciones naturales debe ser un ejemplo de sostenibilidad y desarrollo, pasa por las energías renovables, su enganche a la red eléctrica, los programas de ahorro energético y de agua, la implantación de centrales hidráulicas y, en fin, todos aquellos programas que potencien la progresiva sustitución de los combustibles fósiles por el uso de fuentes eficientes basadas en la naturaleza.