güímar

“Mi primer deporte fue una azada”

Antonio Plasencia
Antonio Plasencia. / FRAN PALLERO

“Mi primer deporte fue la azada”, le comenta a una de sus nietas poco antes de entrar en la sala 6 del Palacio de Justicia en la apertura del juicio por el caso Áridos, el pasado 15 de enero. Antonio Plasencia Santos, tranquilo y sereno, se enfrentaba a un juicio donde se le acusaba de delito medioambiental en los barrancos de Güímar y a una condena de 5 años de cárcel y 66,4 millones de indemnización por el daño causado.

Se mostraba tranquilo y sereno, porque ya era sabedor de que la Fiscalía y la Acusación Popular habían atendido su petición de llegar a un acuerdo de “culpabilidad”, a cambio de rebajar la pena a 15 meses de prisión -que nunca significaría su entrada en la cárcel- y un pago de 52 millones de euros, la fianza que había presentado con avales inmobiliarios, más el compromiso de regenerar el daño causado en el suelo por las canteras de Áridos del Sur SL.

El acuerdo, del que su abogado Esteban Sola no era inicialmente partidario, se trasladó a los otros tres acusados por los mismos hechos, (José Enrique Morales, Pedro Sicilia y Francisco del Rosario Fuentes) y, finalmente, el jueves fue firmado en la Fiscalía por Plasencia, Morales y Sicilia. Quedó fuera del mismo el hoy administrador de la cantera El Fregenal, porque entiende que en la etapa que se juzga, desde los 90 a 2008, él no era el administrador de la cantera, lo que le exculparía. Una opinión que también comparte el fiscal del caso, Jaime Serrano Jover, que entiende que hubo un error en la instrucción en el caso de este acusado.

¿Por qué el acuerdo? Se entiende que los tres acusados que lo firmaron eran conocedores del delito, a sabiendas de que continuaron extrayendo áridos sin licencia municipal, a pesar de los favores repetidos que hicieron al Ayuntamiento de Güímar y otras administraciones que, como reconoce el fiscal, “miraron para otro lado”, dejando caer que también deberían haber estado sentadas en el banquillo.

Además, tal y como les recordó el pasado día 15 el juez presidente del tribunal, Joaquín Luis Astor Landente, “no se olviden de ilustrarse con la sentencia dictada en 2008 sobre este caso”, en clara indicación de que el acuerdo propuesto era lo mejor para todos ellos.

En el auto quedó probado que “desde la década de los años 90 hasta, al menos, el año 2005 (denuncia que hoy se juzga), los acusados venían desarrollando la actividad de extracción y tratamiento de áridos, operando casi de manera simultánea y continua, sin cobertura legal por no contar con la totalidad de los títulos que legitimasen estas actuaciones”.

Pese a esas evidencias, el letrado de Antonio Plasencia insistía en que tenía confianza en demostrar la inocencia de su representado, entre otros motivos, porque las sucesivas administraciones eran conocedoras de la actividad y, además, Plasencia contaba con un plan de rehabilitación del suelo. Una defensa que se ha quedado por el camino, tras el acuerdo alcanzado, aunque seguirá adelante ese plan regenerador. El ideado por el expresidente de Fepeco consiste, entre otras cosas, en la plantación de olivos, “el futuro de la agricultura en la Isla”, según comenta quien en el Valle de Güímar ya dispone de grandes invernaderos con plátanos y aguacates, destacando asimismo la excelencia de sus mangas, “los mejores de la Isla” proclama.

Antonio Plasencia Santos (Playa de Santiago, 1934) se trasladó con 14 años a Venezuela, reclamado por su padre. Allí se casó e hizo dinero. Regresó en 1963 a Tenerife, donde se introdujo en la construcción, siguiendo los pasos de su padre, que antes de gestionar una granja en Venezuela era “un albañil muy apañado en La Cuesta”, comentan sus allegados. Todo comenzó con la compra de una gran finca en el camino de Las Mantecas y con el transporte de materiales de construcción, hasta que empezó a hacer obras públicas y aterrizó en Candelaria, donde se hizo con casi todo el suelo desde Las Caletillas hasta El Pozo.

Ahí creó el imperio de Promotora Punta Larga, apoyado por canteras desde la que se han construido vías y edificios en media Isla. Unas canteras a las que nadie puso coto y que han llevado a las puertas de la cárcel a quien no ha dejado de utilizar la azada, cada fin de semana en su finca de Arafo.