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La moda de las palabras

1. El pueblo, la gente, sigue todas las modas posibles, incluida la de la palabra. Quiero decir que ponemos de moda expresiones y palabras que llegan a ser, por lo repetidas, agobiantes. Y gran culpa de ello la tienen quienes se dedican a la política y al periodismo y están siempre en los medios de comunicación. Expresiones como “poner negro sobre blanco”, “no es de recibo”, “plataforma de diálogo” y otras gilipolladas dan paso a palabras que se convierten -como también diríamos ahora- en virales. Una de ellas es “potente”. Ahora todo es potente. Un discurso, un evento -¡Dios mío, otro palabro impresentable!-, una iniciativa parlamentaria o empresarial, a todo eso se le acompaña con el calificativo de potente, lo que convierte lo definido en otra pollabobada. ¿Cómo van a ser “potentes” un discurso, una iniciativa empresarial o un evento? Pero la palabra ha irrumpido, como si de un obús se tratara, en los diálogos de más de medio país, probablemente -no lo sé con certeza- tras ser repetida por los medios de comunicación, tantas veces escasos de vocabulario.

2. No he contado las palabras del DRAE, pero son millones. Si se repite una de ellas con tanta contumacia como “potente” la convertimos en abominable y ninguna palabra del castellano merece serlo. Seguimos latiguillos memorables, incluso yo caigo alguna vez en ellos, aunque procuro evitarlos, como los del futbolista. El futbolista analfabeto funcional siempre comienza su respuesta al reportero tontorrón con esta frase: “La verdad es que…” y luego lanza el rollo. “La verdad es que” supone otra forma de expresión a exterminar, que nos convierte en idiotas a los que hablamos y escuchamos cada día el discurso nacional.

3. El español es bello porque también es difícil. Hablar bien, y qué decir de escribir bien, requieren cultura y, sobre todo, mucho sentido común, además de cierto “oído”. No todo el mundo lo logra. Pero si huyéramos de las reiteraciones y de las modas peligrosas que turban el idioma se nos haría a todos más fácil protegerlo. Una de las palabras que se ha flagelado con mucha dedicación en los últimos años, es “obsoleto”. Nuestro mago la usa para todo, hasta para pedir un bocadillo en un bar. Le suena bien, sencillamente, y eso que lo que se dice “oído”, el mago no tiene. Oreja, sí.