El dardo

Momentos excepcionales

Vivimos momentos de excepción. Con el país sumido aún en una crisis económica que podría agravarse, si siguen soplando desde Oriente los nuevos vientos de crisis. Con un Gobierno en funciones y limitado por tanto a gobernar el día a día. Con una importante parte de España que quiere poner término a una rica historia común de 600 años. Con unos resultados electorales que no facilitan las cosas para formar un Gobierno fuerte, creíble y de segura estabilidad. Con una hermana del rey sentada en el banquillo y acusada de corrupción. Con nuevas y sorprendentes revelaciones sobre la misma cuestión que afectan a los principales dirigentes del PP y a antiguos mandamases del PSOE. Con una clase política oportunista, desnortada, mediocre, incapaz de percibir la imperiosa necesidad del pacto, el diálogo y la transacción. Con un partido emergente, Podemos, lleno de demagogia, manipulación y sin sentido nacional, con una ideología comunista ya superada y con planteamientos políticos revolucionarios y antisistema que no casan con nuestros valores tradicionales, entre ellos el humanismo cristiano, ni con nuestra proyección europea y occidental. No trato de dramatizar ni de pintar un panorama preocupante, sino de realizar un ejercicio de puro realismo desde el que en algún momento convendría partir para llegar luego a la adopción de las mejores soluciones en esta coyuntura de incertidumbre e intranquilidad. En realidad, necesitamos altura de miras, personas con talante de Estado y sentido de la responsabilidad, ciudadanos conscientes de que es la hora del compromiso y la defensa a ultranza de todo lo que nos une como ciudadanos del país más viejo de Europa. Si con la que está cayendo ni siquiera somos capaces de defender el imperio de la ley y la Constitución vigente, que son la base del Estado de Derecho, será que merecemos lo que tenemos: unos dirigentes que anteponen los intereses partidarios a los nacionales, la ideología y el odio al adversario a la generosidad, la grandeza y la defensa del bien superior. Decía Napoleón que “un hombre de Estado debe tener el corazón en la cabeza”. Y, en defensa del diálogo, Santa Teresa apuntaba que “la tierra que no es labrada llevará abrojos y espinas aunque sea fértil; así es el entendimiento del hombre”. Pues eso.