Respeto contra la exclusión

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Fotos ANDRÉS GUTIÉRREZ

Hay gente que piensa si se cierran los ojos ante una realidad que no les gusta o que si giran la cabeza para que deje de estar dentro de su campo de visión, esta simplemente desaparece. Sin embargo, afortunadamente hay gente, colectivos, que por el contrario miran de frente, que se empeñan en poner en su campo de visión y en el del resto de la sociedad a los más desfavorecidos, a esa parte que todo el mundo sabe que existe pero que fuera de su campo de visión dejan de hacerlo. El Centro de Orientación y Promoción a la Mujer La Casita, es uno de esos colectivos que pone el foco de atención sobre un colectivo, el de mujeres en exclusión, y especialmente el de las mujeres prostituidas. “Nuestro trabajo es el de acompañar a la mujer desde el respeto. Que quiere dejarlo, a saco con ella para que lo deje; que quiere seguir, intentamos apoyarla el tiempo que esté para que no se rompa a nivel personal, que no lo viva mal, y si se está rompiendo, buscar soluciones alternativas”.

Esther María Castro (Tersi), es trabajadora social de La Casita y es uno de los pilares en los que se apoya este centro que gestiona la orden de las Hermanas Oblatas, que desde 1988 ofrece apoyo a las mujeres en exclusión desde su sede ubicada en pleno centro de Santa Cruz, en la calle de Carmen Monteverde. Explica Castro que el apoyo a las mujeres se ha ce a través de los tres programas que tienen en marcha: Alongándose a la calle (salidas a las zonas de prostitución de Santa Cruz), el SIVO (un plan de integración) y Antonia (formación), además del programa de Voluntariado. En 2015 atendieron a más de 200 mujeres que por distintos motivos se acercaron hasta La Casita.
El trabajo con estas mujeres se inicia con una entrevista con la trabajadora social, “valoramos sus necesidades, les ofrecemos ayuda, y si quieren seguir viniendo les hacemos un seguimiento y si no se las deriva a otro recurso”, detalla Castro que insiste en que “es un proceso consensuado, no queremos que nadie venga obligada”. Se trabaja con ellas desde distintos ámbitos como la salud, la vivienda, el jurídico o el empleo. Solo el año pasado dieron 130 ayudas económicas para el pago de alquileres, tasa de extranjería, alimentación…

Cuando se le pregunta a Castro si la crisis ha hecho que haya más mujeres que se han visto obligadas a ejercer la prostitución, reconoce la trabajadora social que “hemos notado que gente que ya estaba insertada ha tenido que volver a la prostitución porque no tienen trabajo y se han visto abocadas a volver”. La trabajadora social de La Casita cita un dato que refleja claramente lo que esta crisis ha supuesto para muchas familias, “hay una franja de edad que antes no estaba y que ha vuelto, gente incluso de más de 60 años que se ha visto obligada a volver a esto porque con una prestación de 370 euros tiene que afronta r un alquiler, hijos que vuelven a casa, nietos…”.

Los datos de atención de La Casita también reflejan otro fenómeno que ha provocado la situación económica, el mayor número de mujeres prostituidas de nacionalidad española. En 2014 el proyecto de Oblatas atendió con el programa en la calle a 123 personas de 17 nacionalidades distintas, siendo la mayoría colombianas (43), españolas (31) y nigerianas (16). El año pasado, la atención llegó a 104 personas de 12 nacionalidades distintas, con un cambio en el orden de las mayorías atendidas, que encabezaron las españolas (52), seguidas de nigerianas (15) y colombianas (9).

Voluntariado

Junto a las trabajadoras sociales, las voluntarias son la otra pata fundamental de la atención que proporciona La Casita. Este es el caso de Carmen Juanes y de Carmen Luisa Marrero, dos voluntarias que se han comprometido con unas mujeres de las que dicen, reciben más de lo que ellas dan. “Nosotros no atendemos con el afán de que abandonen nada. Por encima de todo respetamos y acompañamos, la decisión es de ellas, no juzgamos y sí respetamos, todas las que se acercan son aceptadas de la misma manera”, explican.
Detallan que los procesos son muy personales. Hay mujeres que se acercan porque se sienten solas, abandonadas, que no tienen recursos, “todos los casos son muy diferentes y dependen de las redes, apoyos o posibilidades de trabajo que tengan”. Añaden que “cada mujer es un mundo, quitando biografías muy duras, en el fondo los problemas que tienen son los que tenemos todos, soledad, miedos, falta de habilidades, depresiones…”.

Aseguran que cuando no se logra la inserción la parte más dura la viven las trabajadoras sociales, “da mucha impotencia cuando te enfrentas a situaciones en las que no puedes hacer gran cosa, situaciones en las que por el cariño, el respeto a la persona, por el camino que te gustaría que tomara, hacen que puedas sentirte en algún momento decepcionada por su elección final, pero no te queda otra que respetar su decisión y continuar el acompañamiento”.

Problemas de trata

Trata y prostitución son dos caras de la misma moneda. En un mundo tan sórdido, reconocen estas voluntarias que encontrarse con mujeres que están en él contra su voluntad es altamente probable. El año pasado, La Casita atendió al que fue su primer caso de trata, “se trabajó con una chica, lo habíamos visto en jornadas, a través de la formación, pero nunca le habíamos puesto cara”, explican. “Nos sobrecogió a todas”, añaden. Ambas voluntarias reconocen la labor de la trabajadora social que la atendió, que actuó muy rápido y muy profesional, y en colaboración con la Policía Nacional, se consiguió meterla en un programa especial para estas personas que se detecta que están tratadas, “se la sacó de la Isla y se fue a un piso de acogida”. A penas 18 años, sacada de su casa y entregada a un proxeneta.
En otros casos se sospecha, pero hay que ir despacio, acumulando pruebas, “son difíciles de detectar porque ellas mismas cuando llevan un tiempo tratadas niegan la situación por miedo, por el propio lavado de cerebro, porque a quien conoces es al tratante que las somete con historias de rituales que pesan en ellas y también se pueden convertir en tratantes. Con ellas, los procesos de integración son mas difíciles si cabe”, concluyen.

Ayuntamiento

La Casita cuenta con el apoyo de distintas asociaciones, entre ellas la del Ayuntamiento de Santa Cruz a través del Instituto Municipal de Atención Social (IMAS). La semana pasada el edil de Asuntos Sociales, Óscar García, visitaba La Casita para conocer más de cerca el trabajo de las Hermanas Oblatas. El IMAS apoya el trabajo con la mujer prostituida que realiza La Casita con una subvención anual de 20.000 euros.

Luci: “No puedo decir que no vaya a volver”

Es brasileña y lleva nueve años en Tenerife. Con 31 años, nunca pensó que acabaría en el mundo de la prostitución, a donde, asegura, llegó por necesidad. Luci (nombre ficticio) conoció La Casita de mano del abogado que la estaba ayudando a legalizar su situación. “Tenía que sacar un curso de derechos humanos y no tenía el dinero. Entonces él me dijo que me llevaría un sitio donde me iban a ayudar y me trajo a La Casita donde conocía a Tersi”, relata. Esta joven brasileña cuenta que cuando llegó a Tenerife lo hizo acompañada de su pareja, “entonces conocí a otras chicas de Brasil que me decían, que era joven y guapa y que podía ganar mucho dinero, que dejara el trabajo de limpiadora que tenía”. “Yo decía, ¡estás loca!, nunca, tengo mi pareja, trabajo…”.
Pero las dos cosas se acabaron y “me vi aquí sola y sin nada y pensé, voy a hacer lo que me dicen mis amigas y empecé”. Dice que no estuvo mucho, “unos dos años de forma intermitente”. Gracias a La Casita ahora, “estoy trabajando”. Cuando se le pregunta si volvería responde que no puede decir que nunca va a volver, “estoy preparándome para la universidad, gano 400 euros limpiando y tengo un niño. Si quiero seguir estudiando tengo que pagar una matrícula y con 400 euros no da para todo”.
En La Casita intentan sacarle de la cabeza esa idea. “Lo que me gusta es que ellas hacen de todo para que no tengas que volver. Siempre están ahí apoyándome” afirma Luci que duda entre estudiar Derecho o Antropología Social y Cultural cuando apruebe el acceso a la universidad para mayores de 25.



María: “Un día no pude más”

Frente a la juventud de Luci, la experiencia de María (también un nombre ficticio). Ella con 61 años ejerció la prostitución durante 17. Ahora reconoce que está pasando por una situación “un poquito mala” pero en La Casita la están apoyando para evitar que regresar al mundo que estaba antes. La decisión de abandonar no es fácil, máxime cuando se ve complicada con otras circunstancias, “es un mundo bastante oscuro en el que pasan muchos momentos malos y llegó un día en el que dije hasta aquí, no puedo más”.

Esta mujer que ya es abuela cuenta como además de ser una mujer prostituida, tenía que recurrir a un mundo más negro todavía como el de la droga para “poder soportar estar con una persona que no conocías de nada”. Llegó a La Casita a través de los comentarios de la calle y al igual que Luci, María fue y volvió unas cuantas veces antes de dar el paso definitivo, “me costó mucho porque pasas de tener dinero en el bolsillo a no tenerlo, era un hábito, una adicción más”, reconoce. “Poco a poco con el apoyo de ellas -continúa-, haciéndote ver que otro mundo existe, logré salir hace casi cinco años ya”. Dice que llegó a la prostitución a través de otra persona, “siempre pensé que no iba a tocar ese mundo pero a través de esa influencia, acabé en él”.

“Es un mundo asquerosísimo, eso es lo que es, no solo por la relación con los clientes sino con lo que te metes en otros mundos, y en otras cosas, nada es bueno para tu cuerpo y tu mente”, concluye. Ahora solo espera poder cobrar una pensión y que le den la casa por la que lleva años esperando.