superconfidencial

El sueño

1. Por razones que no vienen al caso, y decidido como estoy a desnudar mi vida ante ustedes, a falta de otras cosas que contar, entre el lunes y el miércoles dormí una hora y media. El agotamiento fue tan brutal que saltaron mis propias alarmas y me asusté. Y entonces, en la cama, con el Ipad, me dediqué a repasar lo que había escrito en los últimos días, algo que no suelo hacer porque a los cronistas, una vez pasadas 24 horas o menos, no nos gusta lo que dijimos ni cómo lo dijimos. He comentado esto con algunos compañeros, durante mi vida profesional, y casi siempre coincidimos; yo, por lo menos, considero que lo que escribo es una mierda, con alguna que otra excepción más o menos genial. Mis más allegados no leen mis artículos porque se ponen nerviosos y porque casi nunca hubieran dicho lo que yo cuento en ellos. O sea, que se queda uno con un puntito de insatisfacción y de frustración, que serían mayores si no fuera por las cartas en las que la gente te pondera o te pone como un zapato, ambas cosas a celebrar por un servidor. Que hay de todo.

2. Yo resisto muchas horas sin dormir y sé que esto no es bueno. Hay que descansar al menos seis horas cada 24. Alberto de Armas, inolvidable y querido amigo, además de médico, me dijo una vez en Caracas, almorzando en la Embajada de España cuando Alberto era titular de la legación: “No dejes pasar un solo día sin dormir ocho horas; es la medida”. Y tenía razón. Cuando duermes ocho horas rindes el doble, te organizas mejor y pareces otra persona. Siempre recuerdo las palabras de Alberto. Si yo fuera capaz de no escribir de noche descansaría mucho más. Pero es tarde para cambiar los hábitos.

3. Uno echa de menos, en lo público y en lo privado, y ahora me entra la nostalgia, a personas como el doctor De Armas, Alfonso García-Ramos, don Luis Carrasco Casanova, Emilio Fresco, Juan Carlos Alemán, Víctor Álamo, Jerónimo Saavedra, Eligio Hernández, socialistas de la Transición. Si los comparo con este nuevo, el émulo de Zapatero, me dan ganas de llorar, pero es que a mí se me han acabado las lágrimas, así que no teman que pueda salpicarles con mi llanto.

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