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Anales – Por Luis Espinosa García

Cuando leyó por primera vez Crónicas marcianas tal vez pensó, “una novela más de ciencia ficción”. Ahora, pasados los años, se daba cuenta de que no solamente había equivocado ese primer diagnóstico, sino que también le había abierto su mente, cansada de leer novelas policiacas de ínfima categoría (siempre según él), a otros mundos, nunca mejor dicho. Entonces decidió escribir sus propias crónicas.

Naturalmente su protagonista no era un astronauta que surcaba los cielos y descubría y hollaba, por primera vez, mundos extraterrestres. Era un simple y modesto pensionista, aburrido de su más que rutinaria vida.

Se había lanzado a una palestra en la que los mejores dejaron los listones muy altos y escribió sus “crónicas” cantando las bellezas de su pueblo o de su tierra, porción minúscula dentro de un universo lleno de galaxias. Relató hechos insignificantes dentro de su cotidiana vida, como aquella ocasión en la que tropezó con un escalón (el clásico y maldito escalón que se camufla entre otros de su calaña para que el paseante pise dándose cuenta, después, de que “ese” no era el último peldaño) y cayó al suelo rompiéndose las gafas. Hecho menor si tenemos en cuenta la bofetada que recibió su orgullo.

Claro que se hizo especialista. Actualmente todo elemento vivo y humano del planeta se especializa. Dentro de su profesión, cuando estudiaba su carrera, pocas especialidades aparecían en los libros, lo cual no dejaba de ser una suerte, pues así tenía que estudiar menos. Ahora no solo se especializa la gente, sino que se subespecializa, se especializa sobre una determinada especialización a la que llaman “rama” para que quede más natural.

Sí, se dedicó a contar sus aventuras y las de sus compañeras y compañeros cuando caminaban por las montañas, lomas, llanuras y barrancos. Naturalmente se repetía, hablaba del pequeño valle lleno de retamas cuando ya lo había nombrado tres crónicas atrás. Narraba la anécdota del amigo desaparecido y hallado horas después, con ligeras transmutaciones, en más de una de sus parrafadas sobre los cuidados que deben tener los senderistas. Más de mil veces frases como el “nítido cielo azul” o la “verde naturaleza cubría las laderas” formaban parte de la crónica de turno.

Naturalmente él se divertía mientras los años pasaban penetrando cada vez más en su vieja carcasa, deteriorándola y provocando más errores aún en sus viejos cuentos de sus viejas andanzas de su vieja vida.

Pasaron décadas hasta que un buen día, reflexionando (cosa que ocurría veintisiete segundos cada mañana antes de ingerir su rutinario desayuno) pensó que no merecía la pena continuar con las crónicas. Al diablo “los pequeños valles y las misteriosas sendas neblinosas de las montañas”, al demonio los infumables y repetidísimos chistes acerca de “setas venenosas y rincones estrafalarios”, olvidemos las comilonas postcaminatas donde se recuperaban, con creces, las calorías perdidas en el trajín de la marcha por cumbres y cauces. Y se puso a leer una novela policiaca.

*Médico y montañero