Después del paréntesis

Darío

Es incondicional que un país proclame a los próceres que lo representan. Cervantes, por ejemplo, aunque en vida lo pasó regular. Ocurre que, por lo general, dos condiciones se suman a semejante figura: la gloria después de la muerte o que en vida la fama descuelle. Quiero decir, por más que Mario Vargas Llosa no alcanzara ser presidente del Perú, es un emblema nacional, tanto que habría de reconvenírsele algún pormenor respecto a su relación con Isabel Preysler; o García Márquez, que hubo de correr por este mundo delante de los esbirros de su patria y luego se convirtió en el fundamento de Colombia. El poder siempre se arrima a la fama, porque una de sus armas es atraer hacia sí el éxito de aquellos que considera suyos. Unas veces con intenciones loables, otras no tanto. Recuerdo una de las primeras. Ocurrió en el MoMa de New York. El que fuera entonces presidente del Cabildo de Tenerife, el nunca olvidado Adán Martín, se acercó a un cuadro de Óscar Domínguez que allí se expone. Y vio: Óscar Domínguez es francés; así consta en la ficha correspondiente que se lee. Y lo es, por voluntad del pintor. Mas ni por penas. Era imprescindible rescatar para Canarias al magno artista del Surrealismo mundial. Compra de cuadros, una colección excelente y meritoria para un proyecto que funcionó muy bien políticamente, eso que se llamó Instituto Óscar Domínguez de Arte y Cultura Contemporáneas. Hasta que otro prócer del mismo partido (acaso porque la fortuna institucional de su compañero no le venía bien) deslució la imagen que se había logrado y la colección de Domínguez desapareció de los muros del museo. Ya no era necesario. Por eso lo que se conoció como IODAC hoy se nombra Tenerife Espacio de las Artes. Mejor, más nacionalista.

Quiero decir que no siempre las acciones de esa índole cuentan con apoyos culturales, o incluso con sensatez. La prensa dio la noticia de manera anonadada. En este mes de febrero se cumplen los 100 años de la muerte del Rubén Darío. Y aunque el poeta vio fortuna en Argentina (fundamentalmente), Chile, Madrid y dejó huellas de su ingenio en París, Nicaragua es el lugar. Los tardos sandinistas se suman a esa celebración. Y como sostienen la autoridad y pueden exponer sus iniciativas por la maquinaria publicitaria del estado, la esposa del deudo presidente, Rosario Murillo (que es poeta, al parecer), intervino; Daniel Ortega firmó. Una perorata alucinante, con faltas de ortografía y las gratificantes arrobas (@) para confirmar el feminismo. Se cita ahí al “liróforo celeste” y se redime a Darío en el presente por la labor “fecunda, generosa, cristiana, socialista y solidaria del estado nicaragüense”. En estos casos, los distinguidos no son lo que son, son lo que los fraudulentos usurpadores hacen que sean.

Así es que no estaría por demás recordar al Darío de principios del siglo XX clavado en el alcohol y en sus diabólicas alucinaciones, sumido en el abandono y en la penuria, perseguido por el suicidio, arrastrado como un cadáver, ese que promovió acciones que lo deslucirían como persona (por ejemplo el abandono hasta la miseria de su mujer española Francisca y sus dos hijos) y ello sin que Nicaragua se moviera.

Tardo delirio, se dirá, y es cierto: una cosa es el ingenio y otra muy distinta es quien tenga ojos para ver y en qué momento lo ven.