domingo cristiano

Un Dios sin chistera – Por Carmelo Pérez

Cuando los creyentes decimos que Dios es un misterio, no apuntamos a que habita en esa esquina de la realidad donde han echado raíces las fantasmadas, los cuartos milenios, los caballos de troya y los espectros informes.

Respeto que cada uno alimente las fantasías que le apetezcan. Pero nunca compartiré, porque atenta contra la solidez de la fe, que Dios juegue a hacer magia potagia. No forma parte de lo que creemos que la divinidad se muestre ora en forma de nube que imita la silueta de tal o cual santo, ora en lengua de lava que lo destruye todo pero respeta la imagen de mármol de la Virgen, ora en rayo de sol que cae sobre el Papa para señalar su santidad.

Pues no. Y que nadie recurra a tiempos pretéritos para justificar sus paranoias. Los israelitas, nuestros padres en la fe, aprendieron a leer en los acontecimientos del día a día la mano protectora de su Señor, lo cual es muy distinto a interpretar literalmente que Yahvé quebrantaba las normas de la naturaleza con tal de tener entretenidos a los suyos. Siempre he pensado que la superstición religiosa y el circo que le acompaña son el reducto de los que no han madurado en la fe. Las reliquias utilizadas como amuletos, las visitas a los cuerpos incorruptos con la esperanza de arrancarles un milagro que Dios no concede… La superchería, que tantas veces hemos alimentado, nos instala en la infancia permanente de la fe, allí donde los ejemplos inocentes y la realidad se confunden.

La fe es mucho más. Este domingo de la Transfiguración trae ese mensaje. La fe es una relación con Dios, mirándole a los ojos, no a la chistera de donde salen los conejos mágicos. La fe adquiere su solidez cuando deja a Dios ser Dios, sin contaminarlo con el animalario de diocesillos, supersticiones, milagritos, apariciones en la pared, cálices que destilan sangre y toda esa fauna publicitaria que tanto hace ganar a tan pocos.

“Éste es mi Hijo, el escogido, escuchadle”, fue el mensaje que los tres apóstoles oyeron de parte de Dios en la montaña. La nube, el brillo de su ropa, la presencia de Moisés y Elías… no son el atrezo de una función de circo, sino una referencia a la profundidad del momento. Jesús es Dios. Y punto. No hay más, en eso consiste el misterio. No hay apariciones por el camino, ni fuentes que manan agua bendita, ni escapularios que garantizan la salud eterna aunque uno sea un mal bicho.

Hacer limpieza. De eso va la Cuaresma. Abrir las ventanas para que el olor a rancio desaparezca de la fe. Desprenderme de arritrancos que enturbian la honda sencillez del cristianismo. Y si alguien prefiere una fe llena de efectos especiales, pues que pregunte en Cataluña. He oído que una poetisa se ha inventado un padrenuestro que lo mismo encaja mejor con quienes prefieren una fe a base de mamarrachadas.

@karmelojph