nombre y apellido

Don Damián Iguacen

Ejerció la radiante jerarquía de la inteligencia, de la misericordia como parte de la justicia y de la piedad como muestra de la grandeza. Por esas razones, debuta en la columna el vocablo que, junto a la distinción y cortesía, expresa el bien ganado respeto. Monseñor Álvarez Afonso me recordó el centenario de don Damián Iguacen Borau y, desde ese momento, se agolparon los recuerdos y menciones de sacerdotes y laicos, que trazan la imagen cordial y la recia personalidad del aragonés que en un septenio al frente de la Diócesis Nivariense -del 14 de agosto de 1984 al 12 de junio de 1991 en que renunció por edad- dejó una huella inolvidable. Con su experiencia en Barbastro, cuya mitra ocupó en 1970, y Teruel y Albarracín, sucedió al largo mandato de Franco Cascón; reorganizó la administración, revitalizó las numerosas parroquias creadas en las islas occidentales e impulsó la vida religiosa; atendió con diligencia las demandas pastorales -tuvo trato directo y continuo con los clérigos, e incluso con sus familiares, y con cuantos feligreses se acercaron a su despacho- y atendió con celo la protección de los bienes histórico-artísticos; presidió la Comisión de Patrimonio Cultural de la Conferencia Episcopal Española entre 1984 y 1993 y organizó encuentros entre la iglesia y la sociedad civil de gran oportunidad y exigencia. Humilde y de talante cordial, fue riguroso en los análisis y activo en las soluciones; revitalizó Cáritas en todos sus programas y alumbró iniciativas ambiciosas y de radiante compromiso social; fruto de esos desvelos fue el primer estudio autonómico sobre las dependencias y el madrugador impulso por las dos diócesis canarias del Proyecto Hombre, que exigió el traslado a Roma y la formación y especialización del responsable de esta empresa solidaria que ya cumplió su primer cuarto de siglo. Antonio Hernández nos recuerda que, “desde la distancia, porque el primer Centro de Acogida lo abrimos el mismo año de su marcha, siguió y sigue nuestros pasos y, en las últimas circunstancias de dificultad material, no nos falta nunca su aliento y su consejo”. Mientras una afectuosa delegación de isleños celebra en su residencia de Huesca su cumpleaños, vaya desde aquí un mensaje de admiración, gratitud y alegría por la coincidencia con una persona excepcional y un firme referente de esperanza, la más necesaria de las virtudes teologales en épocas de miseria y desencanto.