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Hugo Ball

Se cumplieron hoy ciento treinta años del nacimiento de Hugo Ball (1886-1927) y cien del Cabaret Voltaire (Zurich), templo de la vanguardia para la que el creador alemán exigió primitivismo y contradicción. En la Gran Guerra surgió otro frente fuera de la política y la economía, y una firme y confabulada milicia contra todo, liderada por un fallido alumno de filosofía y sociología, actor excéntrico y soldado excluido por problemas mentales. Radicado en Suiza desde que proclamó que “la guerra se basa en un error evidente: los renegados se confunden con las máquinas”, junto a su compañera Emmy Hennings, abrió un antro destinado a profetas airados, pregoneros del ruido y la profanación, en el que, al socaire del Manifiesto Inaugural, fustigó los nacionalismos y las filosofías idealistas, se celebraron tertulias y conciertos y se presentó Karawane, el primer poema fonético de la historia. Llamada Caballito de madera, según el diccionario Larousse, que evocaba un retorno a la torpe inocencia de la infancia, Dadá fue una república sin leyes, una rebelión sin patria a la que se unieron de inmediato el rumano Tristan Tzara, lírico y ensayista -“el único sistema aceptable es no tener principio alguno”, proclamó- y sus compatriotas Ion Barbu, poeta y matemático, y el arquitecto Marcel Janco, de origen judío; los germanos Richard Huelsenbeck, escritor y músico y el cineasta Han Ritcher; y Jean Arp, pintor y escultor alsaciano. La atracción de la rebeldía y el desacato prendió en otras personalidades como Guillaume Apollinaire, cultivador de todos los géneros literarios, paladín y teórico de las vanguardias artísticas, y en Pablo Picasso, creador torrencial que burlaba las calificaciones de los críticos; en el ideólogo y editor Filippo Tommaso Marinetti y en Vasili Kandinski, precursor de la abstracción. Con la academia herida de muerte, las convenciones arrumbadas y el imperio de la libertad desaforado y extendido por las capitales de Europa y Estados Unidos, Ball se cansó, aburrió o arrepintió de su aventura, que apenas duró dos años; se ocupó de tareas corrientes (el periodismo y la traducción), volvió a la práctica del catolicismo y dejó como memoria del Cabaret Voltaire sus acciones espontáneas y atractivos excesos, que se unieron a Siete sonetos y el drama La nariz de Miguel Ángel, de 2011; el libro de memorias El vuelo desde la hora, y el ensayo Vida y obra de Hermann Hesse, publicados el mismo año de su muerte cuando, en lontananza, y en clima y ambiente idóneos, gateaba y balbuceaba el surrealismo.