el charco hondo

Jugador

Jamás abandonó el fondo de la cancha para subir a la red. No lo hizo durante su infancia, nunca. No lo intentó siquiera en los años desconcertantes de la adolescencia; tampoco en el inacabable viaje a la madurez se le ha pasado por la cabeza adentrarse en otros espacios de la pista. Siendo estudiante, y más tarde, cuando aprobó las oposiciones, convirtiéndose en registrador de la propiedad, hizo del fondo de la cancha su hábitat, una forma de vida, su manera de ser o actuar, una irrenunciable zona de confort desde la que fue construyendo, paso a paso, con la perseverancia grisácea que retrata a los opositores, el relato de su trayectoria personal y, sobre todo, política. Golpe a golpe, de revés o derecha, sobre la línea de fondo, usando toda la superficie de la cancha para forzar un error del adversario, convirtió el fondo de la pista en su fortín, en la baza que debía abrirle las puertas del poder, en el modus operandi que le facilitaría, y permitió, un asiento en las mesas de decisión de los asuntos de Estado. Sometiendo a sus oponentes de dentro y fuera del partido a una presión sostenida, cuidándose de no regalar puntos, aprendió a controlar el peloteo, a jugar cruzado para ganar tiempo con el supremo afán de afianzar una regularidad monótona pero efectiva, sin forzar, dejando la iniciativa a los demás. Moviéndose en diagonal, respondiendo tímidamente con golpes planos o liftados, llegó a presidente del Gobierno basándose más en el control que en la potencia. El jugador de tenis tuvo durante años en la previsibilidad su golpe más certero, pero algo falló cuando las urnas lo arrojaron en brazos de un match ball parlamentario. Desconcertado, optó por dar demasiados pasos atrás. Alejándose de la línea de fondo como nunca antes lo había hecho, retrocedió de tal forma que, sin pretenderlo, entró en el túnel que lo condujo al vestuario, y allí, en la soledad de su despacho, febrero fue desdibujando a Mariano Rajoy, amenazándolo con hacerlo caer en el olvido.