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Una noche, en Mexico

1. Paseaba una noche, con una amiga, por la plaza Garibaldi, de Ciudad de México, en una escapada que hice en la noche de los tiempos. En esa plaza tocan los mariachis. Me llamó la atención la actuación de uno de ellos, en el que cantaba una mujer bellísima, que lucía un traje imperial. Le di al jefe 20 dólares y le pedí que me cantara La Paloma. La interpretaron de maravilla, ella con una voz prodigiosa, arrastrando las palabras, como a mí me gustan las canciones mexicanas. Cuando terminó la actuación, me dijo: “Esta canción turba los sentidos, te calma, te emociona; ¿quieres que te cuente una historia?”. Asentí. Cuando Benito Juárez, el indio que fue presidente de México, amigo de Lincoln, derrotó al emperador Maximiliano, la noche que iban a fusilar al noble le preguntó por su última voluntad; y el emperador, que era un valiente, un hombre digno, al que metieron sin comerlo ni beberlo en este callejón de México, le contestó: “Me haría feliz que un mariachi me cantara, durante toda la noche, La Paloma”. Y Benito Juárez se lo concedió”.

2. “El emperador ya en capilla, y a través de la ventana de su celda, escuchó, sentado en su camastro, a aquellos músicos que tocaban La Paloma y a una bella mujer que interpretaba la letra. Cada vez que la canto pienso en él, en su agonía, en su emoción y en la voz de ella interpretándola”, concluyó. Aquella historia se me quedó. Y posteriormente comprobé que era cierta. Incluso hay una película cuya escena final es la del mariachi interpretando la canción.

3. Esta noche, la noche en que escribo el puto folio, lejos, tan lejos, de la plaza Garibaldi, he ido a la Internet a escuchar La Paloma, en las voces no de un mariachi sino de Julio Iglesias y Nana Mouskouri. Preciosa. Si las canciones se las lleva el viento, y si el viento llega tan lejos, puede que el emperador Maximiliano, que se fue a México tan engañado como iluso a hacer monárquico el país de Pancho Villa, de Juárez, de Antonio López de Santa Anna, se vuelva a deleitar, como yo esta noche, con La Paloma, allá donde esté. Todo ocurrió una noche, en la plaza Garibaldi, mientras yo escuchaba la música de los mariachis.
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