sobre el volcán

La paz política llega a la carrera

Voy a tocar madera, pero parece que, por fin, vamos a llegar a una Transvulcania en la que se va a enterrar el hacha de guerra política con la prueba deportiva más importante que se celebra en la isla de La Palma, que ha vivido salpicada desde hace varias ediciones de agrias polémicas sobre su gestión. La ultramaratón, durante su corta pero prodigiosa trayectoria, ha servido como campo de batalla para las más encarnizadas disputas políticas. Afortunadamente, los cruces de acusaciones y críticas de toda clase que se fueron sucediendo a lo largo de los años no llegaron a empañar el prestigio que la carrera ha conquistado a pulso en las siete ediciones que se han celebrado. Es muy probable que no se haya producido este deterioro porque, al contrario de lo que ha sucedido en el terreno político, desde su inicio se fraguó un consenso social sobre la bondad de esta iniciativa que arrancó a finales de julio de 2009, en aquel verano que estuvo marcado por uno de los incendios más graves de los últimos tiempos, que sembró el terror entre los vecinos de Fuencaliente. Entonces, cuando no llegaban a 300 los corredores que se agruparon en el Faro del municipio sureño, en una madrugada muy ventosa, para participar en la primera Transvulcania, nadie imaginaba las dimensiones que iba a tomar la ultramaratón, que al poco tiempo empezó a figurar en el calendario del campeonato del mundo, ni mucho menos en el incendio político que se iba a generar en su entorno.

Cargada de infinidad de aciertos y muy pocos errores, la prueba llega a la octava edición hablándose sólo de deporte y del rendimiento turístico que puede tener para la Isla. Es una buena noticia para la persona que le toca ahora estar al frente de esta carrera, Ascensión Rodríguez, la consejera insular de Deportes, que no es ajena a la organización de este tipo de eventos y que afortunadamente no tendrá que estar pendiente sino de apagar los fuegos que se produzcan en la prueba, que no son pocos. La Administración hace una apuesta económica muy fuerte en la carrera, que se ha intentado ir equilibrando con la entrada de nuevos patrocinadores, aunque todavía está lejos del objetivo que sería deseable. Pero estoy convencido de que la apuesta merece la pena. El impacto de Transvulcania dentro del mundo cada vez más amplio de la práctica de este deporte y de todos aquellos que están relacionados con la naturaleza es brutal. Es difícil de cuantificar, pero sin duda se ha convertido en un signo de identidad de la Isla Bonita. Es verdad que todavía se escuchan voces que cuestionan la rentabilidad en términos económicos de su celebración. Afortunadamente son minoritarias. Hay, además, un valor inmaterial que ha traído consigo la realización de esta carrera en la isla de La Palma: la promoción de la práctica de esta actividad entre multitud de personas. Un espectáculo deportivo, que dinamiza la economía local y que además ha animado a la gente a practicar deporte son motivos más que suficientes para mimar la Transvulcania.