Chasogo

El profesor

Hubo una época en la que di clases en un colegio. No lo pasaba mal, me divertía a ratos y preparar las clases no me resultaba excesivamente complejo. Dadas mis manías de hacer senderismo e intentar patear hasta el último rincón de la isla, en una ocasión convencí a mis alumnos, bueno a unos cuantos de mis alumnos (realmente a tres), para que me acompañasen a realizar un paseo por las cumbres haciendo dos noches al aire libre. Como yo era el que explicaba las Ciencias Naturales, aprovecharía la ocasión para enseñar en la propia naturaleza. Mejor o peor pertrechados llegamos a Las Cañadas en guagua. Allí me di cuenta de que la preparación de mis acompañantes era pura utopía. El que llevaba un jersey adecuado carecía de buenas botas; el que calzaba bien se había olvidado del saco de dormir y, en cuanto a la comida, la influencia de la vida actual, tan enlatada, dio lugar a un peso excesivo y el olvido de los dátiles, el chocolate, el gofio amasado con miel o los frutos secos. Aunque no soy creyente pedí a las instancias superiores para que me echaran una mano y no perdiera a algunos de mis escasos compañeros en el paseo propuesto. No quiero que este relato se alargue demasiado y no voy a indicar los puntos donde descansamos, o intentamos descansar, ni los comentarios que, a veces, salieron de la boca de los neófitos, pues algunos de ellos podrían ser motivo de prisión preventiva y no digamos ya sobre el resultado de los exámenes en la convocatoria de junio o, llegado al caso, la de septiembre.

Las noches se llevaron el oro en las olimpiadas de mi proyecto de enseñanza al aire libre. Que si hay una piedra bajo mi nalga, que si se metió un tronco que me pincha en la oreja izquierda, que si, que si… Menos mal que la temperatura ambiente era soportable y se podía contemplar las estrellas sin peligro de congelación. Dormir era una posibilidad muy lejana. Durante la segunda noche se inventaron mis alumnos un supuesto lagarto o lagartija que correteaba sin parar de uno a otro de los durmientes (es un decir), con lo cual se demostró que, como respetado profesor, yo dejaba mucho que desear. Se acababa el paseo, los morrales pesaban menos pero las piernas empezaban a protestar. Afortunadamente y ante mi sorpresa llegamos a puerto sin graves heridas, lesiones, pulmonías o similares. Uno de los alumnos cojeaba de una pierna pero aseguró, al despedirnos, que se trataba de un simple calambre y que ya se le quitaría. Así que nos despedimos, lo amigablemente que se pueden despedir alumnos y profesores, y quedamos en vernos en la primera clase que me correspondiese darles. Los comentarios posteriores no fueron muy halagüeños para con el que esto escribe, pero hay que pensar que siempre existen almas desarraigadas que no saben comprender la magnificencia de una luna llena iluminando la noche o el verdor de un bosque cuyos verdes apagan los sonidos del mundo.

*MEDICO Y MONTAÑERO